Cambio climático: ¿batalla perdida?

Los escépticos del calentamiento global provocado por el hombre ya han ganado, dice Martin Wolf; pese a su victoria hay medidas que aún se pueden adoptar, opina el experto.
calentamiento global  (Foto: Getty)
Martin Wolf

La humanidad ha decidido bostezar y dejar que los peligros reales y presentes del cambio climático se acumulen. Ninguna de las respuestas a ella debilita esa conclusión. En todo caso, la refuerzan. A juzgar por la falta de acción del mundo, los escépticos del cambio climático han ganado. Eso hace que su sentimiento de agravio sea más notable. Para el resto de nosotros, la pregunta que queda es si todavía se puede hacer algo y, si es así, ¿qué?

Al examinar esta cuestión, una persona racional seguramente debería reconocer el grado de consenso que los científicos climáticos han logrado en la hipótesis del calentamiento provocado por el hombre. Un análisis de los extractos de 11,944 artículos revisados por pares científicos, publicados entre 1991 y 2011 y escritos por 29,083 autores, llega a la conclusión de que el 98.4% de los autores que tomaron una posición respaldaron el calentamiento global provocado por el hombre (antropogénico), 1.2% lo rechazaron y 0.4% no estaban seguros. Proporciones similares surgieron de análisis alternativos de los datos.

Una respuesta posible es insistir en que todos estos científicos están equivocados. Esto es, por supuesto, concebible. Los científicos han estado equivocados en el pasado. Sin embargo, destacar esta rama de la ciencia para el rechazo, simplemente porque sus conclusiones son demasiado incómodas, es irracional, aunque comprensible.

Esto lleva a una segunda línea de ataque, que es insistir en que estos científicos están corrompidos por el dinero y la fama. Para esto, mi respuesta es: ¿en serio? ¿Es posible que toda una generación de científicos haya inventado y defendido un engaño obvio a cambio de (modestas) ganancias materiales, sabiendo que sería descubierto? Es más plausible que los científicos que rechazan la visión típica lo hagan por tales razones, ya que los intereses de los poderosos se oponen al consenso climático y los académicos en su lado del debate son muchos menos.

Desafortunadamente, sin importar cuán racional pueda ser tratar de reducir el riesgo de resultados catastróficos, esto no es lo que está sucediendo ahora o lo que parece probable que ocurra en el futuro previsible. Los datos acerca del consumo de combustibles fósiles desde la mitad del Siglo XVIII muestran un aumento constante en las emisiones anuales de dióxido de carbono. Estos datos, es cierto, muestran una desaceleración en la tasa de aumento de las emisiones anuales en las décadas de 1980 y 1990. Sin embargo, esta desaceleración se revirtió en la década de 2000, a medida que la quema de carbón por parte de China se incrementó. Hoy en día, el 30% de CO2 en la atmósfera es producto directo de la humanidad.

Lo qué hay detrás de este reciente aumento en las emisiones es bastante claro: la recuperación del crecimiento. China fue responsable del 24% del total de las emisiones globales en 2009, frente a 17% de Estados Unidos y 8% de la zona euro. Sin embargo, cada persona china emite sólo un tercio de lo que emite un estadounidense y menos de cuatro quintas partes de lo que emite un residente de la zona euro. China es una economía emergente relativamente derrochadora, en términos de sus emisiones por unidad de producción. Pero todavía emite menos cantidad per cápita que los países de altos ingresos, porque su gente sigue siendo relativamente pobre. Sus líderes sienten, y con razón, que no hay ninguna razón moral para aceptar un tope a las emisiones permitidas para cada individuo chino que es muy inferior al nivel que los estadounidenses insisten para sí mismos.

A medida que los países emergentes se desarrollan, las emisiones por persona tenderán a elevarse hacia los niveles registrados en los países de altos ingresos, elevando el promedio global. Ésta es la razón por la cual las emisiones globales por persona aumentaron 16% entre 2000 y 2009, que fue un período de rápido crecimiento en las economías emergentes.

Así que, olvidemos la retórica: no sólo las reservas de CO2 en la atmósfera, sino incluso los flujos, están empeorando. Los escépticos convencidos de que lo mejor que se puede hacer es no hacer nada, deberían dejar de quejarse: han ganado.

¿Qué hay del resto de nosotros? Las posibilidades de que la humanidad logre la reducción de las emisiones necesarias para mantener las concentraciones de CO2 por debajo de 450 partes por millón y reducir así considerablemente los riesgos de un aumento en la temperatura global de más de 2°C son cercanas a cero. La reducción de entre 25 y 40% en las emisiones de los países de altos ingresos en 2020, necesaria para poner el mundo en esa vía, no va a suceder.

Pero en ningún sentido debe continuar esta infame inacción. A menos que ocurra el escenario más apocalíptico, la humanidad podría ser capaz de reducir las emisiones y comprar tiempo. Así que en esta sombría situación, ¿qué se debe hacer? Aquí hay ocho posibilidades.

En primer lugar, aplicar impuestos sobre el carbono. Gravar las cosas malas siempre es un buen lugar para empezar. En el presente contexto, las emisiones son un mal. Los impuestos son la forma más sencilla de cambiar los incentivos. Debido a que los ingresos se acumularán en cada gobierno, los fondos podrían ser utilizados deliberadamente para reducir otros impuestos, sobre el empleo, por ejemplo. Las complejas cuestiones distributivas globales podrían ser ignoradas. Sería mejor si fuera posible para los gobiernos comprometerse con una escala tributaria a largo plazo, dando a los inversores un grado de previsibilidad respecto al costo del carbono.

En segundo lugar, hay que apostar a la energía nuclear. Ésta es la razón por la que Francia es una economía tan extraordinariamente baja en carbono. Se trata de un modelo que otros deberían adoptar, no rehuir.

En tercer lugar, imponer normas de emisiones realmente duras sobre automóviles, electrodomésticos y maquinaria. La innovación florecerá en respuesta a una mezcla de estándares de precios y regulación, como ha sucedido tantas veces antes. No sabremos lo que las empresas son capaces de hacer si no nos atrevemos a preguntar.

En cuarto lugar, crear un régimen mundial de comercio seguro de combustibles bajos en carbono. Ésta es una manera de persuadir a China de alejarse del carbón.

En quinto lugar, desarrollar formas para financiar la transferencia de las mejores tecnologías disponibles para crear y, aún más importante, para ahorrar energía a través de todo el planeta.

En sexto lugar, dejar que los gobiernos inviertan en investigación e innovación en etapa temprana, a través de una mezcla de financiamiento de investigación universitaria y apoyo a las asociaciones público-privadas.

En séptimo lugar, invertir en la adaptación a los efectos del cambio climático. Esto seguramente tendrá que ser también un foco de la asistencia de desarrollo en el futuro. Esta adaptación también puede incluir movimientos de personas a gran escala.

Por último, pensar a través de la geoingeniería, la manipulación a gran escala del planeta para revertir el cambio climático, pese a lo que terrible que esa idea es.

Nada de esto puede ser suficiente para eliminar los riesgos de graves cambios climáticos adversos. Pero parece ser lo mejor que somos capaces de hacer ahora, dadas las presiones económicas.

El intento de alejar nuestras decisiones de aquellas que ahora provocan emisiones siempre crecientes ha fracasado. Y, por ahora, seguirá fracasando. Las razones de este fracaso son profundas. Es probable que sólo la amenaza de un desastre más inminente cambie esto y, para entonces, puede que sea demasiado tarde. Ésta es una verdad deprimente. También podría ser un fracaso que nos condene.

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