OPINIÓN: La realidad de un refugiado, dejar tu vida para seguir con vida

Son todos aquellos en quienes difícilmente reparamos cuando de analizar cualquier conflicto social se trata
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Diego Gómez Pickering
Autor: Diego Gómez Pickering | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Diego Gómez Pickering es periodista y diplomático de carrera. Es autor del libro que será presentado en julio próximo, La Primavera de Damasco, de la editorial Plaza y Valdés, que contiene una colección de crónicas sobre la capital siria. Síguelo en su cuenta de Twitter: @gomezpickering

(CNNMéxico) — Por iniciativa de la Organización de las Naciones Unidas desde el año 2001, el 20 de junio se conmemora el Día Mundial del Refugiado.

Una fecha propicia para detenernos a pensar en todos aquellos en quienes difícilmente reparamos cuando analizamos cualquier conflicto político o social. Un universo que, de acuerdo con las estimaciones más recientes de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), alcanza los 45.2 millones de personas. Casi la mitad de México y por mucho más del doble de la población de países como Chile o Perú e incluso más que la de países tan extensos como Canadá.

Desde 2012, casi 50 de millones de personas han sido forzados, en su mayoría como consecuencia de conflictos armados, a dejar sus casas, sus familias, sus tierras, sus recuerdos y también sus sueños.

Personas como usted o como yo que de un día para otro se ven en la necesidad de dejar todo lo que conocen atrás, se convierten en un número esperando cruzar la frontera o ser acogido por algún organismo de asistencia como la misma ACNUR o alguna de las otras tantas organizaciones no gubernamentales que de alguna u otra forma (a veces mejor que peor) tratan de enfrentar una de las mayores tragedias de la época moderna.

Las víctimas de un conflicto pasan de tenerlo todo a no tener nada. Como Ahmed, como Dina, como Hervin, como Osama, como Yamin, como Sara, como Mohammad, como Aladín; o millones de sirios más (1.6 millones según indicó Naciones Unidas a finales de mayo) que como resultado del frente bélico que desangra su país desde marzo de 2011 han debido renunciar a sus vidas para seguir con vida.

Desde esa fecha en la que el régimen político sirio de más de cuatro décadas de duración liderado por la familia Al Assad (o los leones en árabe) fuera confrontado por multitudinarias protestas populares que lo mismo incluían a jóvenes que a viejos, a mujeres que a hombres, a cristianos que a musulmanes, que exigían, como lo haría cualquiera de nosotros, libertad de elección, han sido apabullados por un ejército obediente y letal.

La situación en ese paraíso multicultural y plurireligioso se ha convertido en un rompecabezas que nadie sabe cómo armar y del que ya desaparecieron muchas piezas.

El conflicto en Siria, con el mundo como un mudo testigo, ha evolucionado a lo largo de casi dos años y medio hasta convertirse en un enfrentamiento fratricida que amenaza con destruir al país entero y, sobre todo, al pueblo que -todavía-, lo conforma. Una sencilla demanda social ante un inamovible régimen político se ha transformado en una insorteable guerra en la que lo mismo participan yihadistas magrebíes que talibanes afganos o combatientes occidentales conversos a un Islam malentendido. Una guerra que es de todos menos de Siria y que hasta ahora ha matado a casi cien mil personas, amén del millón y medio de refugiados que, como su futuro, viven en la zozobra.

Mientras Damasco espera, entre impaciente y herida, la llegada de una (enésima) conferencia convocada por las potencias occidentales a la que probablemente se sumen otros países árabes, Irán, China y Rusia, para discutir su futuro, sus ciudadanos lloran por una guerra sin final.

Sufren por sus padres y sus madres, por sus hijos, sus esposos, sus tíos, sus yernos, sus abuelos y sus amigos desaparecidos, huidos del país y de sí mismos, convertidos en refugiados de un conflicto sin pies ni cabeza. Lloran por Ahmed, por Dina, por Hervin, por Osama, por Yamin, por Sara, por Mohammad y por Aladín. Por los cientos de miles más que quizá nunca vuelvan a ver. Lloran por un futuro que tarda demasiado en llegar. Quisieran unírseles pero no pueden (o no quieren) hacerlo todavía.

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Este día que celebramos el Día Mundial del Refugiado, guardemos un minuto de silencio por todos ellos, en espera de que no llegue el momento en que deban seguir los pasos de quienes no habrán de volver. Pensemos en Siria, pero también en las víctimas de su sanguinario conflicto: sus 1.6 millones de refugiados.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Diego Gómez Pickering.

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