Apple, recuento de un juicio perdido

Varios factores provocaron que la firma fuera culpada de conspirar en los precios de los ‘e-books’; la juez del caso desconfió de los testigos de la tecnológica pese a los argumentos de la defensa.
apple  (Foto: AP)
Philip Elmer-DeWitt*
FORTUNE -

Las bancas eran incómodas, la sala del tribunal parecía un congelador. Los desafíos para un reportero eran enormes (sin Wi-Fi y con laptops  y celulares prohibidos). Pero el drama que se desarrolló durante tres semanas de testimonios fue fascinante. Yo estaba feliz de ser uno de los pocos periodistas que presenciaron todo el proceso.

Pensé que tenía un buen conocimiento del caso de Estados Unidos contra Apple, también conocido como el caso antimonopolio de los e-books. Sabía que la juez de distrito, una exfiscal, Denise Cote, había comenzado el juicio predispuesta en contra del acusado. Así lo dejó saber en una audiencia previa al juicio.

También pensé, no obstante, que Apple había presentado una sólida defensa. Al igual que la asociación Authors Guild y al menos un senador estadounidense (el demócrata Charles Schumer) pensé que el gobierno estaba enjuiciando a la compañía equivocada. En varios momentos durante el juicio pensé que la juez había aceptado el punto de vista de Apple.

Pero tras haber leído el dictamen de 160 páginas de la juez Cote, donde cuestionó la credibilidad del testigo clave de Apple, ridiculizó a su defensa legal y falló contundentemente contra la compañía. Veo que mi perspectiva desde las bancas, después de todo, no era tan acertada.

¿Cómo pude estar tan equivocado? En mi análisis posterior al proceso veo varios factores que me llevaron al error.

El factor de Amazon. El contexto del caso, como lo vi, era que el control monopólico de Amazon del mercado de los libros electrónicos y sus precios predatorios de 9.99 dólares hacían imposible que Apple, Barnes & Noble o cualquier otra empresa entrara en el mercado sin tener que vender sus propios e-books con pérdidas. Pero, como muchos lectores han señalado correctamente, Apple era la acusada, no Amazon.

El factor editorial. Debido a mi experiencia en la edición de libros, sé de primera mano cuán bajos son los salarios, cuán estrechos son los márgenes de ganancia y lo impredecible y azaroso que resulta conseguir un bestseller.

La juez Cote acaso sea una ávida lectora (incluso citó un poema de Emily Dickinson en un fallo previo sobre e-books), pero entró en el juicio convencida de que los editores se habían coludido para elevar el precio de los libros electrónicos (de lo contrario, ¿por qué habrían aceptado los acuerdos extrajudiciales que ella supervisó?) y vio el papel que jugó Apple en esa confabulación.

El factor Cue. Tal vez yo sea un ingenuo para estas cosas, pero me pareció que Eddy Cue -el hombre clave de Steve Jobs para el negocio de los e-books- era un testigo excepcionalmente fiable. La juez Cote no lo creyó así, como lo puso de manifiesto en una serie de ácidas anotaciones. "La negación de Cue de tener conocimiento previo del viaje de Sargent (John Sargent, CEO de la editorial Macmillan) a Amazon" -escribe en la nota número 47- "fue particularmente descarada".

El factor de los abogados. Los abogados del gobierno, si bien competentes, parecían espesos y lentos en comparación con el equipo legal de Apple, que tejió complejos argumentos jurídicos basados en recientes sentencias del Tribunal Supremo que me tenían convencido (aunque claramente no a la juez).

No ayudó a mi objetividad que los abogados de Apple estaban encantados de hablar con la prensa, llevando el agua a su molino. El único comentario que un abogado del gobierno me hizo fue que en uno de mis artículos escribí mal su nombre.

La ley. Yo no soy abogado y, aunque lo fuera, la ley antimonopolio es una bestia en sí misma, entendida únicamente por los expertos antimonopolio... E incluso ellos no se ponen de acuerdo entre sí. Yo creía que hay una diferencia fundamental entre competidores que forman un acuerdo horizontal para fijar los precios y un jugador vertical que negocia los acuerdos para entrar en el negocio.

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También creía que hay una diferencia entre obligar a las empresas a cambiar su modelo de negocio y redactar un contrato que crea un fuerte incentivo para hacerlo. La juez Cote discrepó en ambos puntos. Una corte de apelaciones quizás vea las cosas de manera distinta. A estas alturas, ¿qué puedo yo saber?

* Philip Elmer-DeWitt ha seguido de cerca a la compañía tecnológica Apple desde 1982, primero en la revista Time y actualmente colabora para Fortune.

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