OPINIÓN: No finjas más, en el fondo todos odiamos los museos, ¿por qué?

Sí, todo lo que encuentras dentro de ellos es muy valioso porque nos explica nuestro pasado, pero ya basta de ser aburridos
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Autor: James Durston | Otra fuente: 1

Nota del editor: James Durston es productor sénior de CNN Travel; ha visitado muchos de los museos más importantes de todo el mundo. Vive en Hong Kong, pero ya no dedica mucho tiempo a visitar los museos del lugar.

(CNN) — Cementerios de objetos. Tumbas para cosas inanimadas.

Los suaves y sordos sonidos que hacen los turistas al pasar. Los empleados al bostezar resuenan en sus cavernosas salas y profundos corredores.

Son como las bibliotecas, solo que sin la atmósfera festiva.

Ocasionalmente una voz chillona se escucha en un corredor lejano: "¡No fotos!"; entonces giro para ver algo, cualquier cosa que pueda ser interesante.

Pero no lo es.

El mirar solo por diversión a un turista censurado dice más sobre mi propia situación desesperada que de la suya y, de cualquier forma, pude haber sido yo.

Saco una galleta de su envoltura para recorrer los próximos 45 metros de cucharas cafeteras del siglo XIX y la misma voz chillona suena de nuevo: "¡No se permiten alimentos!".

Siempre he odiado los museos.

Sin embargo, una o dos veces al año, de alguna forma termino en uno, paseo de vitrina en vitrina, leo las pequeñas inscripciones, observo minuciosamente los detalles, hago todo lo que un "buen viajero" hace.

Dos horas más tarde, salgo aburrido, hambriento y mucho menos feliz de estar de vacaciones que cuando entré.

Lo más importante que aprendes en los museos parece ser cómo no administrar uno.

Acumular créditos universitarios fantasma

"Jarrón: Irán. Circa siglo XV", me han dicho una y otra vez, como si esto fuera todo lo que necesito saber.

Como si debiera saber lo que no se dijo.

Como si no fuera a olvidar cada polvoriento fragmento de desinformación en cuanto me aleje.

"La era de las algas: del 1 al 15 de septiembre; entrada, solo 15 dólares (188 pesos)", como si cobrarme por algo que no me interesa fuera un privilegio.

Lo peor es que una atmósfera de esnobismo rodea a todo este mundo.

El confesar que en vez de mirar con desánimo un viejo cáliz para cerveza colocado sobre un pedestal, preferirías beber felizmente en uno nuevo pub, es arriesgarte a que te tachen de ignorante.

Bueno, pues yo me califico solo. Soy un "museófobo".

No es que los sonidos huecos de los pasos sobre los pisos de mármol me provoquen un ataque de ira. Me provocan aburrimiento.

Está claro que las instituciones que están detrás de los museos son valiosas. Hacen mucho fuera de los mohosos confines de sus colecciones, ya sea descubrir nuevos mamíferos en las junglas de Ecuador o crear y desarrollar un enorme banco mundial de semillas. Son el cordón umbilical que une a la historia de nuestro planeta con el futuro.

Sin embargo, dentro de esas criptas, la conexión con la humanidad se queda corta.

El año pasado visité el Museo de Arte Islámico en Doha, un monumento reconocido más por su arquitectura que por su contenido y no es de sorprenderse.

Después de la vitrina 200 que contiene un tazón antiguo —o tal vez un platón o algunos cubiertos, quién sabe… a quién le importa—, decidí que la oportunidad de tomar una foto al otro lado del mundo era lo mejor del sitio.

Estuve en el museo del sexo en Ámsterdam y nunca me sentí menos excitado.

Estuve en un museo de la cerveza en Praga y nunca me sentí menos embriagado.

¿Dónde está la "musa" en todos esos museos? ¿Dónde está el drama?

Millones de dólares por ver una roca

Hice la misma pregunta a los grandes y famosos museos de todo el mundo, incluido el Instituto Smithsoniano, la Asociación de Museos Británicos y el Museo de Australia Occidental.

La mayoría no me respondió, pero Ford W. Bell, presidente de la Alianza Estadounidense de Museos sí lo hizo. Puedes leer su carta completa y sin editar aquí.

Como suele ocurrir, cuando le preguntas a un profesional de un museo cuál es el problema, todo se reduce al dinero.

"Nuestros estudios demuestran que desde la Gran Recesión, dos terceras partes de los museos han reportado problemas económicos", dice Bell.

"Muchos han sido obligados a reducir personal, horarios y programas. En el punto más álgido de la crisis, hasta el Museo Metropolitano de Arte y el Getty —presumiblemente los dos museos más ricos del país— redujeron personal".

Muchos de los mejores y más importantes museos del mundo dependen del dinero público.

El Museo de Historia Natural de Londres necesitó 82 millones de libras esterlinas (1,600 millones de pesos) para operar durante 2012 y 2013 y de eso, casi 46 millones (575 millones de pesos) —el 56%— provino de subsidios del gobierno.

El Smithsoniano recibió financiamiento del gobierno por unos 811 millones 500,000 dólares (10 millones 144,000 pesos) para 2013, lo que representa el 65% de su costo total de operación. Sin embargo, estos museos todavía están entre las mejores actividades "gratuitas" del país.

Los expertos afirman que generan más dinero del que cuestan. "Una estadística que nunca me canso de citar: por cada dólar que el ayuntamiento invierte en las organizaciones culturales como los museos, regresan siete a las arcas del gobierno. Esa es una utilidad que haría desmayar hasta a Warren Buffet", dice Bell.

Es justo decir que no cuestiono los amplios beneficios de los museos, ya sean económicos o de otra índole.

Sin embargo, la política de "recopilar y encerrar" que define a las colecciones visibles —muchas de las cuales ni siquiera están a la vista la mayor parte del tiempo— es la antitésis de una experiencia atractiva.

La exhibición que acaba de inaugurarse en el Smithsoniano es un buen ejemplo.

Souvenir Nation muestra souvenirs de la historia y entre sus objetos más notables está un ladrillo de la casa en la que vivió el presidente Washington durante su infancia, un trozo de la roca de Plymouth que un turista del siglo XIX cortó con un cincel, rizos del cabello de antiguos presidentes de Estados Unidos y una servilleta que perteneció a Napoleón.

Así que este ícono de los museos del mundo exhibe orgullosamente un ladrillo viejo, un antiguo trozo de roca, algo de cabello y una servilleta.

¿Algún otro negocio podría salirse con la suya con esto?

Esto remite al arte moderno más petulante y provocativo, que insiste en que cualquier cosa que los curadores se dignen a poner en el edificio inevitablemente se vuelve "interesante".

Bueno, pues lo siento. Si quieren que pague para rentar una audioguía, comprar un llavero en la tienda de regalos o incluso un libro de 25 dólares (300 pesos) al final de la visita, tienen que hacerlo mejor.

¿En dónde está la relevancia? ¿Por qué, en lugares que se diseñaron para celebrar la vida y su gran variedad, hay tal falta de vitalidad?

Grandiosos para los niños, ¿pero qué hay de los demás?

Durante mi viaje de hace dos años al Museo de la Ciencia en Hong Kong me convencí de que si hubiera un campeonato sobre "La cosa más aburrida que puedes hacer en tus vacaciones", los museos quedarían descalificados por excederse.

Una de sus piezas centrales es una gran pelota que rueda por una especie de montaña rusa en miniatura cada hora. Entre eso y el ladrillo del Smithsoniano, hay un montón de desesperación ardiente.

Claro que algunos artefactos hablan por sí solos.

El Royal Armories en Leeds, Inglaterra, muestra una túnica del siglo XVIII en la que todavía se puede ver la sangre del soldado al que lancearon y probablemente mataron mientras la usaba.

Es suficiente una breve descripción, la imaginación se encarga del resto.

Pero en su mayor parte, los museos tienen que dejar de depender del supuesto valor intrínseco de sus colecciones. No "exhiban" cuando deberían de presumir. Denme una historia. Muéstrenla, no la cuenten.

Los museos parecen haber logrado cierta clase de éxito con los niños.

"Los museos invierten más de 2,000 millones de dólares (25,000 millones de pesos) al año en programas educativos", explica Bell, quien agrega que los museos de Estados Unidos reciben a 90 millones de estudiantes al año.

Parece que los niños se divierten al oprimir botones, jalar palancas y magnetizar burbujas de jabón (justo hasta que dejan de divertirse y se convierten en pequeños bultos chillones de cabello y lágrimas porque están más aburridos que sus papás).

¿En dónde está el equivalente para adultos? ¿Por qué la gente mayor de 16 años, que conforma la mayoría de las personas que visitan los museos, tienen que soportar presentaciones académicas rígidas y áridas, como si la palabra "diversión" estuviera prohibida?

Museos: ¿en dónde está su gozo?

No puedo afirmar que tengo las soluciones, pero tengo ciertas expectativas cuando viajo al pasado cada vez que visito un museo, quiero sentir que estuve allí cuando esas cosas vivían o se usaban, sentir que los fantasmas del pasado me toman de la mano y me muestran el lugar.

En cambio, me siento como en un salón de clases construido con frío granito y la única señal de vida proviene de los turistas.

En la inusual ocasión en que un museo logra transportarme a la historia, al final del recorrido regreso de golpe a la realidad por la combinación de tienda de regalos, cafetería y baños. Nada trastorna más la misión de un museo que un resplandeciente pendón impreso digitalmente que promociona réplicas del David por 4.95 dólares (62 pesos).

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a James Durston.

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