OPINIÓN: El 2 de octubre no está olvidado, solo ha 'muerto' con el tiempo

Las ideas que inspiraron del 'movimiento del 68' eran sensatas, y aunque no lograron que el gobierno "dialogara", si transformaron al país
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Autor: René Avilés Fabila | Otra fuente: 1

Nota del editor: René Avilés Fabila es escritor y docente de la facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Mientras preparaba su tesis de licenciatura en México, estuvo en las marchas del 68 y el 2 de octubre, cuando presenció la matanza en Tlatelolco. Es presidente de la Fundación René Avilés Fabila, un centro de investigaciones literarias. Este año, René Avilés cumple 50 años de escritor.  (Esta colaboración se publicó en octubre de 2013).

(CNNMéxico) — En 1968 la Revolución Mexicana había muerto. Sin embargo, como todavía sucedía en 2000, era invocada y el gobierno afirmaba representarla.

El país vivía de los grandes mitos acumulados por los sucesivos regímenes "revolucionarios", caían como una tormenta sobre la población y las palabras de un puñado de críticos, frecuentemente de izquierda, apenas si eran escuchadas.

La arrogancia del poder mexicano parecía tener un sólido fundamento. De tal suerte que las llamadas de atención ocurridas en 1958 jamás fueron consideradas. Ferrocarrileros, electricistas, maestros, telegrafistas, universitarios, trataban de recuperar las plazas perdidas y darle nueva vida al sindicalismo, por completo en manos de líderes corruptos y al servicio del Estado.

Nada parecía romper la tranquilidad "revolucionaria", la unidad bajo los principios de 1910-17. En mi opinión, todos aquellos conceptos sobre la Constitución, la democracia, la libertad, el pluralismo, no eran sino meras palabras dentro de un discurso gastado, intolerante y saturado de lugares comunes. Lo asombroso es que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) lo utilizó tantas décadas, que luego, en lo que supusimos una transición, el Partido Acción Nacional (PAN), representante del conservadurismo nacional, siguiera hablando de la ya caduca revolución y realizara un festejo por su bicentenario.

El 68 no es exclusivo de México ni fuimos los primeros en protestar ante una realidad intolerable. Para muchas partes del mundo fue un año difícil, en el que las inquietudes aparecen básicamente entre los jóvenes.

En París los estudiantes se lanzan a un movimiento que tiene profundas implicaciones políticas y que apela a la imaginación y al amor. Tampoco los muchachos estadunidenses permanecen tranquilos; atrás han quedado la guerra fría y el anticomunismo ramplón del senador McCarthy; se preocupan por la brutal intensificación de la guerra en Vietnam y la música y las drogas aparecen como una contracultura capaz de acabar con la enajenación. Y mientras el Black Power, dirigido por Carmichael, Cleaver y Hamilton, entre otros, con Angela Davis acosada, lanza consignas violentas, los hippies depositan en sus extravagancias, en el rock y en los ecos de Ginsberg, Kerouac y Ferlinguetti las posibilidades de hallar la libertad.

Cuba resiste el bloqueo de Estados Unidos y prueba que el socialismo puede ser edificado a unos cuantos kilómetros de su territorio. La rebeldía social, la antisolemnidad y los deseos de transformaciones radicales se han acumulado y se manifiestan desde diversas actitudes y luchas.

Algunos filósofos imaginaron que los estudiantes, y no el proletariado, podían ser el detonador de una magna revolución y proporcionar a estos un basamento teórico. El pensamiento de Marx, Engels, Lenin, Rosa de Luxemburgo, Gramsci y Trostki, las hazañas guerrilleras de Ernesto Guevara y de Salvador Allende a través de la vía electoral, influían poderosamente.

La rebeldía de los estudiantes del 68 era sensata, estaba apoyada con sólidos argumentos. Las grandes y conmovedoras manifestaciones no lograron su objetivo: que el gobierno dialogara. El PRI a fuerza de ejercer el poder parecía despótico, autoritario, el suyo era un presidencialismo cerrado. Ante ese muro inmenso los estudiantes manifestaron su malestar. Fue inútil. La tragedia rondaba a la fiesta de proclamas y consignas sensatas.

Los estudiantes dieron repetidas muestras de cordura y si el gobierno critica las pancartas con efigies de Lenin, Marx o Guevara, aparecían las de los héroes nacionales para evitar la descalificación y la consecuente acusación de "traidores" o "apátridas". Si el ruido molestaba a Díaz Ordaz y a su gabinete, los jóvenes salían por miles en completo silencio. Los mexicanos comenzaron a mostrar su simpatía por el movimiento estudiantil y los trabajadores poco a poco se sumaban a las marchas y mítines.

Quienes estuvimos en la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco fuimos tatuados. Estudiantes, profesores, intelectuales, fueron sensiblemente afectados y muchos fueron en busca de un arte combativo, crítico.

Yo, me vi obligado a escribir una novela: El gran solitario de Palacio. La lista de libros sobre el tema, donde el presidencialismo y el sistema fueron acusados y enjuiciados, es larga y no se queda en dos o tres títulos. Todos esos volúmenes (periodísticos  literarios) conforman un "Yo acuso" que mucho ha contribuido al cambio en México.

Esa brutal noche nos hizo despertar a millones de mexicanos que decidimos buscar la manera de transformarlo. Cada quien en su trinchera, en su tarea. Pero el sistema, como estaba, no podía seguir su ruta hacia la violencia draconiana.

Desde entonces, primero se hizo una obligación: era indispensable mantener la memoria del país, luego la rutina dejó principios, tácticas, proyectos y fue el pretexto para que cada año, al amparo de una consigna que se ha gastado ("2 de octubre no se olvida"), salen a las calles jóvenes a destruir lo que encuentran a su paso, a pintarrajear edificios y a gritar majaderías.

No hay un propósito claro como el que se tenía en 1968. De tragedia a farsa, diría Marx. Los héroes del 68, aquellos que no se incorporaron al sistema que deseaban eliminar, salen a las calles y penosamente encabezan la marcha más destructiva que propositiva. Los demás o han muerto o de plano han ocupado elevados cargos dentro de la burocracia política priista, la panista y la perredista. La gente los mira sin interés. Los medios señalan su desarticulación de la realidad y ellos regresan a sus casas con la sensación de haber llevado a cabo la toma de la Bastilla o del Palacio de Invierno.

Si hoy en México tenemos mayor libertad y democracia se debe, entre otras cosas, a esas grandes marchas de protesta que organizaron los estudiantes. La libertad y la democracia nunca aparecen como un obsequio, son el producto de las luchas de corte popular. Esos muchachos y los trabajadores urbanos y campesinos que los apoyaron hicieron factible que ahora exista una prensa con mayor independencia y que los escritores de izquierda manifiesten sin muchas reservas sus posturas ideológicas.

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La siguiente conmemoración del 2 de octubre esperemos sea parte de un proyecto radical de cambio, con un serio contenido ideológico.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a René Avilés Fabila.

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