OPINIÓN: Los tatuajes religiosos, una historia de fe forjada en mi cuerpo

Es una forma de portar historias acerca de lo que hemos enfrentado en la vida, pero también puede acercarte a un aspecto más espiritual
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Nadia Bolz-Weber, especial para CNN
Autor: Nadia Bolz-Weber, especial para CNN | Otra fuente: 1
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Nota del editor: La Reverendo Nadia Bolz-Weber es autora del best seller autobiográfico del New York Times. Pastrix: The Cranky, Beautiful Faith of a Sinner & Saint, y pastora fundadora de House for All Sinners and Saints en Denver, Colorado.

(CNN) — El primer tatuaje que me hice tenía la intención de separarme de mi comunidad cristiana conservadora, era una manera de decir: "no pertenezco a tu tribu".

No sabía que si vivía lo suficiente, eventualmente esto se convertiría en algo convencional.

Ahora, tengo tatuajes desde el hombro hasta la muñeca, pero con la presencia del arte corporal de la actualidad, en muchos de los lugares que frecuento me veo más como una mamá que como una rebelde.

Incluso los tatuajes inconvenientes y de los que puedes arrepentirte son parte de mi historia, y en última instancia, eso es lo que son los tatuajes, una manera de portar historias en la piel acerca de nuestros errores, celebraciones, relaciones, introspecciones y pérdidas.

Ahora soy pastora luterana y los domingos, cuando estoy detrás del altar, mientras levanto el pan y el vino y cuento la historia de la noche en que Jesús se reunió con sus amigos para disfrutar una comida con sabor a libertad, me doy cuenta que los brazos que alzan esas cosas sagradas son comunes en sí mismos.

Pero están cubiertos con imágenes de cosas sagradas.

Estos tatuajes, tanto los de tema cristiano, como los que definitivamente no lo son, cuentan la historia de la manera en que me convertí en lo que soy: una extraña mujer predicadora que ama a Jesús, pero que también dice algunas groserías.

1. Una rosa de tallo largo

Era 1986 y salía con un hombre mayor cuando me hice el primer tatuaje.

Él tenía 20 años. Yo estaba en preparatoria y no tenía suficiente edad para hacer las cosas que él si podía.

El motociclista del estudio de tatuajes no me preguntó mi edad. Entramos y salimos del sucio búngalo improvisado en media hora. Mi cuerpo estaba alterado para siempre. Y también mi actitud. La rosa de tallo largo dibujada con tinta en mi cadera derecha me distinguía de los demás. Ahora. Era. Una. Rebelde. La chica más rebelde de la Iglesia de Cristo.

No le muestro a mucha gente ese primer tatuaje. La báscula marcaba 107 kilos cuando estaba embarazada de mi primer hijo, así que la rosa de tallo largo, que en su momento era una autoafirmación de una chica adolescente muy alta, ahora es una estría amorfa imposible de identificar que podría pasar fácilmente por una prueba del test de Rorschach.

2. La paloma de la paz

Un año o dos después obtuve mi segundo tatuaje después de viajar en aventones por la carretera 101 hasta San Francisco desde la Universidad de Pepperdine, donde reprobé después de un semestre y tuve más éxito demostrando mi capacidad para beber igual que un hombre entre los chicos de las fraternidades que asistiendo a clases.

Me tatué una paloma de la paz en el tobillo en el famoso estudio de tatuajes Lyle Tuttle. En ese momento me sentía como revolucionaria y me arrestaban en protestas (a las que iba si estaba suficientemente coherente). Quería cambiar al mundo, pero me costaba trabajo cambiarme los calcetines.

3. Diosa Serpiente

Cuando era una adulta joven, todo parecía una crisis, como si mi piel dejara entrar demasiadas cosas. Demasiadas emociones, miedos, amenazas e incertidumbres.

Necesitaba que mi piel me protegiera, por lo que me tatué la imagen de una Diosa Serpiente de una sociedad minóica prehistórica en el brazo. La Diosa llevaba puesta una falda larga, no tenía blusa y en cada mano llevaba serpientes sobre la cabeza.

A los 21 años necesitaba ser fuerte, así que hice lo más parecido a eso: fingí serlo. Me apropié de la imagen sagrada de la mujer más fuerte que pude encontrar, ya que mi educación cristiana fundamentalista no tenía nada que ofrecer en esta área, y sabía que necesitaba pedir algo prestado de algún lugar sacro.

4. Santa María Magdalena

Me hice el primer tatuaje cristiano durante el seminario: una imagen de Santa María Magdalena del Salmo de San Albano, un manuscrito iluminado del siglo XII.

Tiene una mano abierta hacia el cielo, mientras que con la otra hace un gesto categórico: "cierra la boca, tengo algo que decirte".

La otra mitad de esta representación de María Magdalena que anuncia la Resurrección, no cupo en mi brazo. Es una masa amontonada de discípulos hombres con mirada confundida y varios de ellos apuntan de manera tonta a unos rollos.

Regresé a la misma religión que tuve al crecer (aunque no a la misma denominación) después de 10 años de búsqueda en otros lugares. Luchaba contra mi vocación de ordenarme como ministro cristiano por muchas razones, incluido mi doloroso pasado y una personalidad definitivamente nada religiosa.

Comencé a estudiar más sobre María Magdalena y tomé fuerza, otra vez, de una figura femenina sagrada.

En el antebrazo derecho tengo la imagen de esta mujer profundamente religiosa y al mismo tiempo con tantas debilidades, quien, como yo, había sido liberada de tantas cosas y había dejado todo para seguir a Jesús. Ese hombre, que ama a los locos, come con la gente equivocada y toca a los sucios, escogió a María para ser el primer testigo de su Resurrección.

Fue a quien escogió para "contar la historia". Tal vez para los discípulos más piadosos y buenos, parecía ser una elección dudosa para realizar el trabajo. Pero así es Jesús.

5. El Año Litúrgico

Como mi propio regalo de graduación del seminario, cubrí mi Diosa Serpiente con la imagen de Adviento de un cielo nocturno donde el ángel Gabriel anunció a Isabel y a Zacarías que tendrían un hijo varón que comerá insectos y vivirá en el desierto: Juan el bautista.

De ahí fluyen imágenes del año litúrgico entero de la iglesia. Mi brazo se ha convertido en una especie de vitral que cuenta la historia de Jesús: una natividad para la Navidad; Jesús en el desierto para la Cuaresma; las Marías a ambos lados de la crucifixión de Jesús para el viernes Santo; el ángel y las mujeres ante el sepulcro vacío para la Pascua; y María y los apóstoles con flamas en sus cabezas para Pentecostés en mi muñeca.

No lo consideré tanto como una manera de cubrir la Diosa Serpiente, sino como una capa más de mi historia. Mis tatuajes constituyen una colorida confesión de mi viaje hasta la fe malhumorada, pero hermosa, que hoy me caracteriza.

La enorme imagen de la Anunciación que se encuentra en proceso en mi espalda y que esconde el tatuaje negro y rasposo que mi hizo Jimmy el yonqui en su sala….eso sí que es una mera cobertura.

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Pero esa es otra historia, para contar en otro momento.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Nadia Bolz-Weber.

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