Francia, entre el gasto y la austeridad

Analistas como Paul Krugman se equivocan al defender el mayor gasto público galo, dice Shawn Tully; en la última década, el país ha perdido competitividad frente a Alemania en temas como el empleo.
hollande  (Foto: Archivo)
Shawn Tully

Mientras viví en París como jefe de la oficina de Fortune, durante ocho años en la década de 1980, escribí un artículo sobre un prominente CEO (o PDG en francés) al que le gustaba ensalzar la filosofía de negocios de su nación. "Los británicos tuvieron la revolución industrial", bromeaba este conocedor de la historia industrial. "Los franceses simplemente hablaron. Tuvieron la revolución verbal".

Hoy en día una gran cantidad de extranjeros están hablando sobre Francia. Pero algo de esa retórica no se adhiere a los hechos. Todos los indicadores del país en este momento, desde la enorme tasa de desempleo hasta el malestar generalizado, definen a una economía en crisis. Sin embargo, algunos expertos tratan de hacernos creer que las cosas están bien y que están destinadas a mejorar.

En concreto, me refiero al columnista del New York Times y premio Nobel, Paul Krugman. Vale la pena preguntarse si el 25% de los jóvenes que no pueden encontrar empleo en Francia estarían de acuerdo con la opinión del profesor Krugman de que su país está siguiendo un valiente e iluminado curso de acción que debe ser un modelo para las naciones rivales.

Él presentó sus puntos de vista el lunes en una columna en Times titulada: The Plot Against France (El complot contra Francia). Tengo un interés especial en el artículo porque Krugman criticó una historia que escribí aquí en enero, titulada The euro crisis no one is talking about: France is in free fall (El monstruo ‘come-euro' es francés, en su versión en español). La agrupó en el marco de una campaña de "incesante propaganda negativa".

El Nobel catalogó a los críticos de Francia como personas que están promoviendo imprudentemente una agenda de austeridad -principalmente recortes de gastos y desregulación- que, según él, han fracasado miserablemente en otros países.

La nación gala, según su opinión, está haciendo lo correcto al mantener el gasto público a niveles altos, ignorando los déficits y favoreciendo el alza de impuestos por sobre la reducción del gasto. Llega a la conclusión de que Francia está siendo vilipendiada por "el pecado imperdonable de ser fiscalmente responsable" y de que está "desempeñándose tan bien o mejor que la mayoría de sus vecinos".

Historia

Mi artículo enfatizó la dramática pérdida de competitividad del país en los últimos años, provocando una fuerte caída en sus exportaciones y, en consecuencia, años de crecimiento lento. Contrariamente al argumento de Krugman, el punto de referencia para el desempeño de Francia no debe ser Grecia, Portugal o España, sino Alemania, Estados Unidos y los países de Asia que son tanto sus principales clientes como sus rivales en el comercio mundial. Es muy ilustrativo comparar el desempeño galo en los últimos años con el de su principal socio comercial, Alemania.

Vayamos aún más atrás. A mediados de la década de 1980, el país que alberga al Museo de Louvre tomó una "vuelta a la derecha" económica bajo el mandato del presidente socialista Francois Mitterrand -yo estaba allí en aquel entonces- hacia la disciplina fiscal, la reducción de la fuerza laboral federal, y el fin de las nacionalizaciones. El programa de austeridad convirtió a la nación en un competidor formidable para los germanos y condujo a años de fuerte crecimiento.

En la primera mitad de la década de 2000, Francia demostró de nuevo su gran potencial bajo el Gobierno del conservador Jacques Chirac y su ministro de Finanzas, Thierry Breton. Lo creas o no, a mediados de la década de 2000, Francia estaba superando a Alemania, en la mayoría de los indicadores. Su tasa de desempleo era más baja, su relación deuda-PIB era aproximadamente la misma, en un modesto 65%, y su tasa de crecimiento igualaba a la de su vecino del norte en el rango del 2%.

Números

Lo que ha sucedido desde entonces, bajo el mandato de los presidentes Nicolas Sarkozy y François Hollande, es un cambio sorprendente de fortuna. La tasa de desempleo se ubica en 11.1%, frente al 6.7% de la nación teutónica. La relación entre la deuda y el PIB de Francia llegará a 95%, un número peligroso, en 2014. Eso es 15 puntos por encima de la de Alemania.

La nación francesa creció 0.1% en 2013 tras registrar 0% de expansión en 2012. Los alemanes no están creciendo mucho tampoco, con 0.4% en este año. La diferencia es que las industrias de este país son muy competitivas en los mercados mundiales, y las francesas  no lo son. Es por eso que, contrariamente a los argumentos de Krugman, el futuro de Francia parece sombrío.

Desde 1998, la participación de las exportaciones mundiales francesas ha disminuido del 7% al 3%. El número de empresas que venden productos en el extranjero se ha reducido de 124,000 a 117,000 desde 2004, en comparación con un gran aumento en Alemania, que ahora cuenta con el doble de los exportadores que su vecino.

El trabajo

Para los galos, el problema son los costos, y ese problema se divide en dos categorías: mano de obra costosa y plantas viejas. Desde mediados de la década de 2000, el costo de los salarios y los beneficios de fabricar un auto o una computadora, los costes laborales por unidad han aumentado 25% en Francia y 7% en Alemania. Los trabajadores franceses también son un poco menos productivos que los alemanes. Sin embargo, los trabajadores franceses ganan más que sus homólogos alemanes, unos 35 euros por hora en salarios y beneficios frente a 34 euros para los alemanes.

Es importante señalar que los trabajadores franceses son muy productivos en comparación con sus contrapartes globales. La firma de investigación de Flash Economics señala que la principal razón de que las cifras de productividad luzcan bien es que los trabajadores franceses laboran menos horas que los de cualquier otra nación industrializada. Las empresas son reacias a contratar trabajadores en épocas de bonanza por los altos costos de despedirlos durante las recesiones. Por lo tanto, tienden a operar con fuerzas de trabajo escasas.

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El verdadero problema es que las plantas, las cadenas de suministro, los almacenes, y los sistemas informáticos son anticuados. La razón es que las sobrecargadas corporaciones carecen de las ganancias para invertir en nuevos bienes de capital. Como resultado, la productividad total de los galos -la producción por su uso de mano de obra y plantas- no ha mostrado ningún aumento en absoluto desde finales de 1990.

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El problema de los costos es especialmente grave porque Francia está muy concentrada en las industrias de consumo masivo, incluyendo los autos económicos y los productos de acero. Alemania vende Audis y Mercedes, Francia vende Peugeots y Renaults. Debido a que los productos franceses son tan comunes, son mucho más sensibles a los precios más altos que los coches de lujo y la maquinaria, que son la especialidad germana. Por lo tanto, los mayores costos y el aumento de los precios, golpean duramente a las exportaciones francesas.

En el pasado, el tema de la competitividad de Francia nunca se ha salido de control hacia el desastre, debido a que el país siempre podía devaluar su moneda. Hoy, bajo el euro, esa opción ha desaparecido. La solución es reducir los impuestos sobre las empresas y reducir los costos de los beneficios para hacer competitiva la mano de obra y recuperar los beneficios que permitirían a las empresas construir plantas de última generación. Por desgracia, ese es un curso de acción que Krugman no aprobaría.

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