OPINIÓN: ¿Cómo es crecer en Filipinas?, enfrentando el paso de los tifones

Desde muy pequeño aprendes a leer las señales de la naturaleza, pero 'Haiyan' no era nada parecido a lo que siempre esperábamos
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Autor: Cecilia Manguerra Brainard | Otra fuente: 1

Nota del editor: Cecilia Manguerra Brainard nació y creció en Cebú, Filipinas, y ahora vive en California. Ha escrito nueve libros, entre ellos las novelas When the Rainbow Goddess Wept y Magdalena.

(CNN) — Los filipinos están acostumbrados a los tifones.

Crecí en Filipinas y sabía que había dos temporadas: la "húmeda" y la "seca". Cada año, más de 20 tifones golpean a Filipinas. Incluso podía oler la lluvia que se avecinaba.

Sabía que si la luna tenía un aro alrededor, llovería al día siguiente. También sabía que cuando las aves piaban con excitación, llovería.

Desde pequeña podía medir qué tan intenso era el tifón no solo con base en las señales de advertencia de tormenta, sino en qué tan densas y oscuras estaban las nubes, qué tan tupida era la lluvia, qué tan fuerte soplaba el viento. Sabía por instinto lo peligrosa que era una tormenta.

En mi ciudad natal de Cebú, cuando un tifón se aproximaba sonaba una sirena de advertencia. La señal número uno significaba que habría lluvia y algo de viento, pero no dejábamos de ir a la escuela. La número dos indicaba lluvia y vientos más intensos. Podíamos faltar a la escuela, pero era seguro ir al cine o a casa de algún amigo. También escuchábamos los anuncios en la radio. Sabíamos que se avecinaba una tormenta, pero las noticias en la radio nos daban una idea de la intensidad.

Tomábamos muy en serio las señales número tres y cuatro, por lo que nos quedábamos en casa, ya que eso significaba que la lluvia y el viento serían muy intensos. Las calles se inundarían, las ramas de los árboles se romperían, el viento arrancaría los árboles de raíz, los techos de lámina se desprenderían y volarían, los cables de electricidad se romperían. Sería peligroso estar afuera. Nos quedábamos en casa con alimentos enlatados, velas y cerillos, porque era un hecho que se cortaría el suministro de electricidad y los teléfonos dejarían de funcionar durante los tifones.

Esperábamos a que pasara la tormenta en la seguridad de nuestros hogares. Así es, eso es lo que los filipinos hacen cuando se avecina una tormenta.

Aún antes de que los medios occidentales empezaran a centrarse en el supertifón Haiyan, ya estaba atenta a las noticias en internet. Mis amigos que viven en Cebú —quienes acababan de sufrir el terremoto de 7.1 grados en octubre del año pasado— me contaban todo lo que ocurría mientras se refugiaban y esperaban a Haiyan. Cuando el supertifón pasó, algunos enviaron correos electrónicos jubilosos en los que se leía: "Sobrevivimos".

Aparecieron fotos en Facebook en las que era posible apreciar los daños en la ciudad, que no lucía tan mal: las calles estaban llenas de escombros, los árboles arrancados de raíz, autos volteados sobre un costado, algunos techos dañados, los letreros de las tiendas estaban caídos. Al menos durante algunas horas, me cubrió una sensación de alivio… hasta que un amigo recibió un mensaje de texto del párroco de Odlot en Cebú del Norte.

"La iglesia ya no tiene techo. El 95% de los feligreses se quedaron sin hogar. Necesitamos ayuda. Alimentos y agua".

En lo más hondo supe que un país no podía salir ileso cuando lo golpea un supertifón como Haiyan y el mensaje del padre Desuyo me llevó de vuelta a la realidad.

Conforme se reanudaron las comunicaciones, el mundo entendió la terrible destrucción que Haiyan había provocado en Samar, Leyte, Cebú del Norte y otras partes del centro de Filipinas.

Ha sido doloroso ver las imágenes de las aldeas destruidas, de la gente que vaga en medio de los escombros, de los sobrevivientes que sostienen letreros en los que claman por alimentos y agua.

Lo que me angustia más son las imágenes de los muertos que yacen en las calles o debajo de los escombros. Los filipinos respetan y aman enormemente a sus muertos, así que estas imágenes indican que los sobrevivientes están desesperados porque no pueden tomarse el tiempo para enterrar a sus seres queridos.

No puedo evitar preguntarme qué salió tan mal. ¿Por qué los filipinos no estaban preparados? ¿Por qué el gobierno no trazó un plan mejor ante Haiyan o Yolanda, como lo llaman en Filipinas? ¿Por qué murieron tantas personas? ¿Por qué los sobrevivientes están desamparados?

No dudo que los sobrevivientes y las víctimas de Haiyan hayan hecho su parte: como siempre, tomaron los artículos básicos y se refugiaron en el lugar que consideraron más seguro.

Aunque los filipinos supieran que Haiyan era el tifón más intenso que se ha registrado, no recordaban nada tan poderoso. Nadie esperaba que Haiyan provocara tal destrucción. Nadie esperaba esta marejada de cinco a siete metros de altura, parecida a un tsunami.

Lo irónico es que muchas personas murieron en centros de evacuación, gimnasios o iglesias en las que se refugiaron: se ahogaron o murieron cuando los edificios se derrumbaron.

El hecho es que la cifra de muertos aumentará porque Filipinas tiene 7,100 islas y no se han contabilizado muchas de sus aldeas.

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Ahora, nunca se olvidará a Haiyan. El supertifón es parte de la memoria colectiva de los filipinos, aunque antes hubiera sido inimaginable.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Cecilia Manguerra Brainard.

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