OPINIÓN: Colosio, el líder que atraía con su discurso transformador

El candidato presidencial era disciplinado y regañon, cuya principal 'arma' para atraer seguidores era explicar el por qué de sus acciones
Colosio, un crimen fraguado desde el poder: Durazo
Autor: Javier Treviño | Otra fuente: 1

Nota del editor: Javier Treviño es diputado federal por Nuevo León, secretario de las comisiones de Energía y de Hacienda de la Cámara de Diputados. Fue asesor del secretario de Desarrollo Social y consejero del candidato a la presidencia de la República, Luis Donaldo Colosio. Es licenciado en Relaciones Internacionales por El Colegio de México y maestro en Políticas Públicas por la Universidad de Harvard.

(CNNMéxico) — Veinte años tardamos en recuperar el camino de la nación hacia la modernidad. Luis Donaldo Colosio lo tenía claro. Era un líder transformador y expresó contundentemente su visión en el famoso discurso del 6 de marzo de 1994. Ahí propuso un cambio con responsabilidad y una reforma del poder.

Colosio quería una nueva relación entre el ciudadano y el Estado; quería una reforma del poder para democratizarlo y acabar con cualquier vestigio de autoritarismo; para avanzar hacia un presidencialismo sujeto estrictamente a los límites constitucionales de su origen republicano y democrático. Colosio quería una reforma del poder para fortalecer y respetar las atribuciones del Congreso y del sistema de impartición de justicia; llevar el gobierno a las comunidades, a través de un nuevo federalismo. Su compromiso era indeclinable con la transformación democrática de México.

Su visión era clara: crecimiento con estabilidad, confianza, buenas finanzas nacionales y buenas finanzas familiares, mayor equidad, empleos crecientes con ingresos suficientes, combate a la desigualdad, una gran reforma para el campo. Colosio estaba convencido que era la hora de las regiones de México para aprovechar mejor los recursos, la capacidad y el talento de cada una de las comunidades del país, de cada ciudad, de cada estado. Proponía una educación de calidad para la competencia, y veía esta tarea como nuestra más grande batalla para el futuro.

El compromiso era construir un nuevo equilibrio en la vida de la República. Era la hora del poder del ciudadano y de la democracia en México, la hora de reafirmar los valores que nos unen. Colosio nos ofrecía un cambio con rumbo seguro para garantizar paz y tranquilidad a nuestros hijos. Y él mismo encabezaba esa nueva etapa de transformación en México.

Después de su muerte, y con la llegada de la alternancia en el 2000, durante doce años de incompetencia política perdimos el rumbo. Hoy apenas lo estamos retomando con las reformas que ha propuesto el presidente Enrique Peña Nieto y que hemos aprobado en el Congreso de la Unión. El reto ahora es la rápida implementación de esas reformas.

El método y la disciplina eran instrumentos permanentes en la relación de Colosio con sus colaboradores cercanos. Lo recuerdo muy bien: “¿Les queda claro a ustedes por qué voy a esta gira?”. Esa era la primera pregunta cuando nos reuníamos a revisar los mensajes de cada gira por el país. Debíamos tener todas las carpetas y toda la información. Impaciente, regañón, disciplinado, con una idea clara de lo que debe hacerse por la nación desde el Estado, como lo escribía José Ortega y Gasset en su extraordinario texto sobre Mirabeau o el político, cuando hacía la descripción del alma grande, en contraposición al pusilánime.

¿Por qué Colosio me inspiraba cuando había muchos otros políticos que hacían lo mismo? Porque Colosio pensaba, actuaba, comunicaba de manera diferente a los demás. Todos los políticos comunican lo que hacen; algunos dicen cómo lo hacen; pero muy pocos comunican bien por qué lo hacen. Con Luis Donaldo había una causa, una creencia, un propósito. Colosio pensaba, actuaba y comunicaba siempre explicando el porqué, luego el cómo y al final el qué. Eso fascinaba a los mexicanos que lo escuchaban: siempre explicaba por qué lo hacía.

Se acercaba a las personas y su poder cautivador yacía en que lograba conectar y hacía que la gente creyera en lo que él creía. Aun cuando tenía una gran capacidad analítica, era mejor su capacidad de liderazgo que salía del corazón. Sabía muy bien por qué hacía lo que hacía, por eso lograba que los demás lo siguieran. Sabía atraer a todo aquél que creía en lo que él creía. Así formaba su equipo.

Alguna vez Colosio me dijo: “Cuando tu guía es una clara convicción puedes lograr todo lo que te propones. Cuando hablas sobre lo que verdaderamente crees podrás atraer a los que creen en lo que tú crees. La gente no compra lo que haces, sino compra la idea de por qué lo haces”. Luis Donaldo era un líder. Sí, es cierto, tenía una posición de poder, de autoridad. Pero más importante, nos inspiraba. Los que lo seguíamos era porque queríamos seguirlo. Y, en realidad, no lo seguíamos por él, sino lo seguíamos por nosotros mismos. Esa era la esencia del liderazgo de Colosio.

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Una nueva generación de políticos mexicanos nos inspiramos en esta visión de Luis Donaldo Colosio. Y veinte años después nos toca asumir la responsabilidad de seguir transformando a México.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Javier Treviño.

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