OPINIÓN: Olvídense de Ucrania, la mayor amenaza es Siria

Aunque lo que ocurre en Ucrania ha acaparado la atención internacional, Occidente no debe ignorar que en Siria existe una guerra real
Fuerzas israelíes responden con ataque en Siria
Autor: Simon Tisdall, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: Simon Tisdall es editor asistente y columnista de asuntos internacionales del diario británico The Guardian. Anteriormente fue editor en el extranjero de The Guardian y del diario británico The Observer, además de corresponsal en la Casa Blanca y editor en Washington, D.C.

(CNN) — La anexión de Crimea a Rusia y lo que para muchos es una amenaza evidente de invasión a Ucrania han acaparado la atención internacional desde que estalló la crisis con la revolución de febrero en Kiev. Las reacciones han proliferado tan rápido como los misiles norcoreanos.

Los expertos se obsesionan con una nueva Guerra Fría, con un enfrentamiento con un Putin "enloquecido" y con la necesidad resultante de incrementar el gasto militar (acción favorita del Pentágono). Solo se habla de Ucrania. Los políticos y diplomáticos han dejado en espera todo lo demás.

Incluso Siria, lo cual es un gran error. La catástrofe que se desarrolla en y alrededor de Siria es un desafío fundamental y una amenaza al orden mundial actual, mucho más que la discusión sobre un turbio pedazo de territorio en el borde de la nada.

Es Siria y no Crimea la que afecta directamente la seguridad de Occidente de formas muy básicas. Lo que pasa allá está cambiando el equilibrio del poder en Medio Oriente. A diferencia de Ucrania, las repúblicas bálticas u otras tierras postsoviéticas, se está desarrollando una catástrofe humana y aparentemente interminable. Siria es una guerra real, no falsa: hasta ahora han muerto más de 100,000 personas.

La cantidad total de refugiados en Líbano, por ejemplo, ha superado el millón, según la agencia para los refugiados de la ONU. Eso no incluye a las decenas de miles de personas que no se han registrado ante la agencia. Unas 12,000 personas huyen desde Siria hacia Líbano cada semana.

El flujo de refugiados también afecta a Jordania, Turquía, Egipto e Iraq. Al cumplirse cuatro años de guerra, la cantidad total de refugiados ronda los dos millones y medio. Hay seis millones y medio de sirios desplazados y nueve millones 300,000 personas que necesitan asistencia humanitaria, según la ONU. El sufrimiento que se oculta detrás de estas cifras es impactante, como puede atestiguar cualquiera que visite los campamentos de refugiados. Los niños en especial sufren los efectos.

Aunque no les afecte el costo humano de un conflicto que se ha vuelto deprimentemente conocido, las consideraciones básicas de la política práctica indican que los gobiernos, los políticos y los diplomáticos deberían poner más atención a Siria.

Una de las razones obvias es la forma en la que se ha explotado la guerra para facilitar la difusión del fundamentalismo islamista. Ahora hay grandes regiones del norte de Siria bajo control de los grupos y las milicias yihadistas que, aunque difieran en otros asuntos, están unidos en su oposición a los valores e intereses occidentales.

Siria está en proceso de transformarse en la plataforma para que al Qaeda y otros grupos que piensan igual entren a Europa. Ya es un imán para los jóvenes musulmanes europeos que quieren formar parte de la yihad mundial, quienes podrían llevar sus nuevas "habilidades" de vuelta a casa.

Una segunda razón para poner atención a Siria es la forma en la que la estabilidad del país se esparce hacia los países vecinos. Tras haber tratado inicialmente de negociar un acuerdo de paz, el gobierno neoislamista de Turquía considera que está prácticamente en guerra con el régimen de Bachar al Asad. La semana pasada, los turcos derribaron deliberadamente un avión de guerra sirio que según ellos había violado su espacio aéreo.

Dejando a un lado la amenaza de un conflicto entre Siria y Turquía, el impacto sobre la política y el pueblo turco ha sido considerable. El comportamiento cada vez más autoritario de Recep Tayyip Erdogan, el primer ministro de Turquía, refleja hasta cierto punto la presión que el país soporta. Los militantes kurdos tratan de unir causas con sus homólogos sirios divididos, lo que es preocupante. Otro punto de atención es que las zonas fronterizas que están inundadas con refugiados se están volviendo menos gobernables.

La inestabilidad creciente y la incertidumbre política también afecta a los países prooccidentales como Líbano y Jordania, al tiempo que las llamas sirias aparentemente reviven el conflicto entre chiitas y sunitas en Iraq. Los reportes recientes indican que muchos combatientes chiitas iraquíes están en Siria, decididos (al igual que los combatientes de Hezbollah provenientes de Líbano) a respaldar al régimen de al Asad frente a sus enemigos mayormente sunitas.

En términos geopolíticos, el colapso de Siria ha dado a Irán la oportunidad de extender su influencia hacia el centro del mundo árabe y ha abierto un nuevo frente de guerra con las monarquías sunitas del golfo Pérsico, encabezadas por Arabia Saudita. No hay duda de que, para beneplácito de Irán, el gobierno saudí está desencantado porque el gobierno de Obama se negó a involucrarse directamente en Siria, lo que ha provocado una ruptura entre ambos aliados. En vista de las condiciones actuales de las relaciones de Occidente con el gobierno iraní, el haber dado este impulso gratuito a Irán es un gran autogol diplomático.

Seguir omitiendo abordar y resolver el conflicto sirio tiene varias consecuencias de gran alcance.

Lo que ocurre con Irán también aplica a Rusia. Su apoyo obstinado e incoherente a al Asad no le ha costado; mientras tanto, Estados Unidos y Europa vacilan y el "proceso de paz" de Ginebra no va a ninguna parte. La percepción de debilidad de Estados Unidos en el caso de Siria tal vez haya animado a Vladimir Putin a cometer sus faltas en Crimea.

La permanencia de al Asad como jefe de Estado de Siria es una terrible afrenta al Consejo de Seguridad de la ONU y a sus muchas resoluciones sobre Siria; una afrenta a la Carta de la ONU, al derecho internacional y específicamente a la legislación internacional sobre crímenes de guerra. Al Asad está acusado de cometer crímenes de guerra y contra la humanidad, especialmente porque sus fuerzas usaron armas químicas en contra de la población civil.

Sin embargo, una vez más no se hace gran cosa y la credibilidad de esas instituciones y leyes se ve afectada en consecuencia. El ejemplo moral que da esa negligencia es perturbador.

Se han sacado muchas conclusiones del precedente negativo que Rusia ha sentado al anexionarse el territorio de un estado soberano e independiente. Es justo decir que tal comportamiento es inaceptable e ilegal y que no debe imitarse. Pero si vemos el panorama más amplio, los problemas de Crimea se vuelven insignificantes al compararlos con las temidas ramificaciones e implicaciones, a corto y largo plazo, de la llana incapacidad de la comunidad internacional o de su lamentable falta de voluntad para poner fin a la guerra en Siria.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Simon Tisdall

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