OPINIÓN: Putin crea un imperio nuevo, no una nueva Guerra Fría

Occidente debe involucrar a los países vecinos de Rusia para acotar las ambiciones expansionistas de Vladimir Putin
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Autor: David Clark, especial para CNN | Otra fuente: 1

Nota del editor: David Clark es director de la Fundación Rusa, un grupo de estudios británico que se dedica a la educación y el diálogo sobre temas como la democracia y la cooperación económica. Clark fue asesor especial del excanciller británico Robin Cook, entre 1997 y 2001. Sigue a Clark en Twitter.

LONDRES (CNN) — Recientemente se reveló la magnitud de la nueva ambición imperialista del presidente de Rusia, Vladimir Putin, cuando se refirió a los territorios del sur y el este de Ucrania como Novorossiya (Nueva Rusia).

Este es el nombre que Catalina la Grande dio a la región luego de que se la arrebatara a los otomanos en el siglo XVIII y la poblara con colonos rusos, ucranianos y alemanes.

Aunado a la afirmación de que Crimea pertenece a Rusia porque los soldados rusos pagaron su precio con sangre para conquistarla hace más de dos siglos, el que Putin se haya apropiado de la terminología zarista marca un nuevo hito preocupante en su proyecto restaurador.

Indica que todos los territorios que alguna vez pertenecieron al imperio ruso ahora son una presa legítima.

Esto va más allá del destino de Ucrania. Si llegamos a la conclusión lógica, representa un desafío directo a la legitimidad e independencia de todos los antiguos estados soviéticos.

La práctica de manipular "conflictos congelados" y desplegar soldados rusos como "fuerzas para mantener la paz" con el fin de presionar ya está bien asentada en Moldavia, Georgia y Azerbaiyán y el gobierno ruso está dispuesto a recurrir a una amplia gama de medidas coercitivas, desde embargos comerciales hasta ataques cibernéticos.

Aunque es probable que se limite el alcance de la expansión territorial de Rusia y se reserve en gran medida la amenaza del uso de la fuerza militar, la ambición de subordinar la región al eje de la Unión Euroasiática emergente está absolutamente clara. Bienvenidos al nuevo Imperio Ruso.

Occidente vacila para responder tras los acontecimientos en Ucrania. Tras tanta charla sobre una nueva Guerra Fría, existe una diferencia importante con el pasado que ayuda a entender por qué. Mientras que el comunismo definió su propósito ideológico en términos de metas universales que representaban una amenaza para Occidente, Putin enfatiza el carácter excepcional de la civilización rusa y limita su visión al dominio de Eurasia.

Su reto no tiene la naturaleza existencial que alguna vez obligó a los gobiernos occidentales a dejar a un lado sus diferencias para enfrentar a un enemigo común. Pertenece al reino de los valores, en el que el ideal de una "Europa completa y libre", posterior a la Guerra Fría, choca con la decisión de Putin de construir una esfera de influencia exclusiva en el oriente.

Es mucho más difícil movilizar a los países en defensa de un principio abstracto que de su propia seguridad física, pero eso es lo que Occidente debe hacer si quiere evitar que se desmorone el orden europeo basado en los valores democráticos.

Aunque algunas lecciones de la Guerra Fría seguirán siendo relevantes, otras no.

Una de las ideas que merece una aprobación calificada es la contención, de la que una vez más se habla como base de la política estadounidense hacia Rusia. Esta fue la estrategia que adoptó el gobierno de Harry Truman al principio de la Guerra Fría y estaba diseñada para obstaculizar el expansionismo soviético a través de medidas militares, económicas y diplomáticas.

El compromiso de Truman de "apoyar a los pueblos libres que se resisten a los intentos de subyugación por parte de las minorías armadas o las presiones externas" ciertamente es relevante en una época en la que las tropas rusas se acumulan en las fronteras de Ucrania y sus intermediarios recurren a la violencia en el interior del país.

Ahora hay varios países, desde el golfo de Finlandia hasta las fronteras con China, que tienen una buena razón para preocuparse por el rumbo de las políticas rusas. Muchos de ellos cuentan con minorías rusas. Occidente necesita una estrategia integral para involucrarlos a todos.

Los Estados en riesgo pertenecen a tres categorías distintas.

La primera se compone de países como Polonia y los Estados del Báltico que ya gozan de la seguridad institucional de pertenecer a la OTAN y la Unión Europea. Aquí la tarea es reforzar las capacidades de disuasión con el fin de evitar un error de cálculo por parte de Rusia.

El segundo grupo, y probablemente el más importante, consiste de países vulnerables pro-Occidente, incluidos Azerbaiyán, Georgia, Moldavia y la misma Ucrania, países en cuyos conflictos territoriales están involucrados directa o indirectamente los ejércitos rusos.

Azerbaiyán es particularmente importante como socio estratégico para la diversificación del suministro de energía de Europa. La apertura del corredor meridional de gas gracias a la adición del gasoducto trans-Adriático proveerá de cantidades considerables de gas azerbaiyano para 2019, con lo que se debilitará el control que Rusia ejerce sobre el mercado europeo.

Todos estos Estados están relacionados con las instituciones de Occidente a través de la Política Europea de Vecindad de la Unión Europea y el programa Asociación para la Paz de la OTAN.

Es prioritario actualizar estas instituciones, especialmente porque la membresía total no es una posibilidad inmediata. Entre los objetivos debe contemplarse la profundización de los lazos comerciales, la consultoría política estructurada y la ayuda para modernizar y fortalecer las capacidades de defensa.

Finalmente, los países occidentales tienen que estar dispuestos a extender garantías de seguridad explícitas, preferentemente en el marco de la OTAN, pero fuera de él si fuera necesario.

Involucrar a los países del tercer grupo —los Estados autoritarios postsoviéticos como Bielorrusia, Kazajistán y las otras repúblicas del centro de Asia— podría parecer una pérdida de tiempo en vista de que algunas han manifestado su apoyo al gobierno ruso tras la toma de Crimea.

Sin embargo, gran parte de este apoyo se ha ofrecido más por miedo que por aprobación genuina. Así como la contención de la Guerra Fría contemplaba la participación de países comunistas como China y Yugoslavia, que estaban dispuestos a alejarse de la línea del gobierno ruso, sus homólogos modernos deberían tener como objetivo perturbar, en la primera oportunidad, la estrategia de Putin de construir una alianza coercitiva.

Sin embargo, la nueva estrategia de contención tiene que distinguirse en un sentido importante de su antecesora de la Guerra Fría. Aunque su arquitecto, George Kennan, siempre esperó que la contención se usara para modificar la conducta soviética, en la práctica se volvió una lucha en la que solo podía haber un sobreviviente.

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Hoy, el objetivo de la contención no debe provocar el colapso de Rusia, sino obstruir el ejercicio ilegítimo del poder y exhortar a los líderes rusos a buscar la satisfacción de sus intereses por medio del respeto a la igualdad soberana de sus vecinos. El resultado a largo plazo será el fortalecimiento de Rusia, no su debilitación.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a David Clark

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