OPINIÓN: Conchita Wurst, la mujer barbuda que consternó a Rusia

A pesar de haber sobrevivido al comunismo, Rusia sigue siendo profundamente conservadora y su gobierno reprime la diversidad sexual
'Mujer barbuda' austriaca triunfa en Eurovisión
Frida Ghitis
Autor: Frida Ghitis | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Frida Ghitis escribe sobre asuntos mundiales para el diario estadounidense The Miami Herald y para la publicación World Politics Review. Fue productora y corresponsal de CNN y escribió el libro The End of Revolution: A Changing World in the Age of Live Television. Síguela en Twitter en @FridaGhitis.

(CNN)— Una mujer delgada y elegante con una tupida barba negra —sí, barba— se encuentra en medio de una batalla entre Rusia y Occidente y aviva la furia en un enfrentamiento creciente. ¿Quién lo habría imaginado?

Me refiero a la cantante Conchita Wurst, el álter ego del artista austriaco, Tom Newirth. Conchita acaba de ganar el muy popular concurso Eurovisión con el apoyo total del público y se volvió una estrella internacional al instante, cosa que al parecer ha enfurecido a muchos rusos influyentes.

En teoría, Eurovisión —una venerable tradición europea desde hace 58 años— gira alrededor de la buena voluntad y el entendimiento entre los países que alguna vez se vieron asolados por la guerra. En realidad es una competencia marcada por las rivalidades generalizadas y las sutiles connotaciones políticas.

Este año, la competencia fue algo digno de admirar.

Más de 100 millones de espectadores de una docena de países sintonizaron el programa el sábado por la noche. Cuando llegó el turno de Austria, la cámara hizo un acercamiento gradual al elegante personaje que llevaba un vestido dorado y que se encontraba en medio del enorme escenario. La cámara cerró el plano y reveló una barba densa y bien recortada sobre el rostro de una mujer con largo cabello negro.

Conchita cantó Rise Like a Phoenix (Surge como un ave fénix), tema que evoca el renacimiento personal, la transformación y el triunfo.

Tal vez podríamos haber escuchado las expresiones de asombro que seguramente sonaron en las salas de toda Europa. No pudimos grabarlas, pero en la competencia se registró la reacción del público y sabemos que millones de personas la apoyaron porque Conchita ganó la competencia.

Sin embargo, no todo el mundo pensó que su actuación fue tan inspiradora.

En los últimos años, el presidente de Rusia, Vladimir Putin, redefinió a Rusia como rival, como adversario de Occidente. Entre los aspectos de la cultura occidental a los que se ha referido para distinguir a Rusia de sus rivales está su actitud tendiente a la igualdad para los gays.

Putin ha tomado deliberadamente el estandarte de la moralidad tradicional, ha reprimido sin piedad a los liberales rusos —particularmente a sus ciudadanos e incluso a los visitantes extranjeros homosexuales— en un esfuerzo por obtener el apoyo de la opinión pública en un país que, a pesar de que sobrevivió al experimento social del comunismo, sigue siendo profundamente conservador.

La batalla persistente por Ucrania, que está al borde de la guerra civil, se desencadenó porque Ucrania pretendía fortalecer sus lazos con la Unión Europea, algo que Putin no está dispuesto a aceptar.

La disputa con Ucrania creó tensiones en el concurso Eurovisión. Como la votación se hace por teléfono y mensajes de texto, los organizadores tuvieron que decidir qué hacer con los votos provenientes de Crimea, la provincia ucraniana de la que Rusia se apoderó hace unas semanas (contaron esos votos como ucranianos).

Sin embargo, fue Conchita, la dama barbuda, la que se volvió una piedra en el zapato de Putin. Rusia, junto con Bielorrusia y Armenia, presentaron peticiones para sacar a Conchita del concurso o al menos para que no figurara en la transmisión.

Wurst no solo cantó. Asombró a los espectadores. Cuando llegó la hora de votar: enviaron mensajes de texto y llamaron sin miramientos. Ganó el concurso con un amplio margen.

Quién sabe exactamente qué motivó la votación. Cantó bien, pero indudablemente hubo otros factores. En la conferencia de prensa que dio después de su victoria, alguien le preguntó si tenía un mensaje para Putin.

Lo tenía: "somos imparables".

Puede ser. Pero en Rusia, la vida de la gente cuya orientación sexual se sale de lo común está llena de peligros. Hace un año, Putin promulgó una ley en la que se prohíbe la propaganda gay, por lo que es ilegal incluso manifestar cualquier clase de apoyo a los derechos de los gays. A los padres gays les preocupa perder a sus hijos. Muchos están abandonando el país. Es la punta del iceberg de la represión de la oposición.

Conchita sería blanco de acosos en Rusia. Usa el pronombre ella para referirse a sí y su identidad sexual haría que la cabeza te diera vueltas: ella es la creación de Tom Neuwirth, quien usa el pronombre él y dice que tiene "dos corazones latiendo en mi pecho". Él creó a Conchita y le dio un lugar de nacimiento ficticio —las montañas de Colombia— para lidiar con la discriminación durante su adolescencia, cuando le gustaba vestir con ropas femeninas. Conchita destruye nuestra concepción de lo femenino y lo masculino. Es una creación individual, la creación de Neuwirth que ha cobrado vida.

Pero no esperen que los políticos rusos se muestren comprensivos. El siempre escandaloso legislador ultranacionalista Vladimir Zhirinovsky declaró que el triunfo de Conchita "marca el fin de Europa. Se ha vuelto rebelde". Dijo: "hace 50 años la Unión Soviética ocupó Austria… debimos quedarnos allá".

Claro que Zhirinovsky no es un hombre en cuyo juicio podamos confiar en temas morales. Hace unas semanas, una periodista rusa embarazada lo enfrentó en un programa de televisión en vivo por el asunto de Ucrania. Él la acusó de tener un "frenesí uterino" y ordenó a uno de sus asistentes que "la violara violentamente".

El viceprimer ministro de Putin, Dimitry Rogozin, usó la victoria de Conchita para atacar a Ucrania y tuiteó con sarcasmo: "Eurovisión mostró a los integradores de Europa su perspectiva europea: una chica barbada". Ese fue un ataque soso.

Un miembro de la asamblea legislativa de San Petersburgo pidió oficialmente al comité de Eurovisión en Rusia que dejaran de participar en el concurso para evitar que los artistas rusos estuvieran en el mismo escenario que "la evidente travesti y hermafrodita, Conchita Wurst", quien podría servir como propaganda de la "decadencia moral".

El despreciable Zhirinovsky (tuve la inolvidable experiencia de conocerlo en Bagdad, Iraq, hace muchos años; llevaba un entallado traje de baño y entrenaba en la alberca del hotel) dijo: "no hay más hombres ni mujeres en Europa. Solo eso".

Tal vez pensó que su comentario era muy inteligente. En realidad, Conchita nos demostró que hay muchas clases de personas en Europa, incluso en Rusia.

La gente que votó por el nuevo campeón de Eurovisión demostró que están ofreciendo su apoyo muy conscientemente a alguien que representa la apertura, la inclusión y la posibilidad de ser un humano que no se conforma con los estándares que imponen los demás.

Con eso, los televidentes europeos enviaron un mensaje a Putin, a Rusia y a toda la gente del mundo que quiere luchar para evitar que el mundo cambie. Además, ponen a Conchita justo en el centro del campo de batalla, con su vestido de noche largo y su rostro barbado.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Frida Ghitis

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