OPINIÓN: Sobre el grito de p#$% y el debate por el debate

Para algunos el grito de los aficionados debe tomarse con humor, pero antes se debe garantizar los derechos de los homosexuales
¿Puede sancionar la FIFA a México por gritos?
Autor: Hernán Gómez Bruera | Otra fuente: 1

Nota del editor: Hernán Gómez Bruera es Analista Político, Doctor en Desarrollo por la Universidad de Sussex y Profesor del CIDE. Síguelo en su cuenta de twitter: @HernanGomezB

(CNNMéxico) - Es evidente que la lucha por la discriminación va mucho mas allá de las palabras, del término que elegimos para referirnos al gordo o al gordito, al señor o señorita sexualmente diverso(a); al "adulto mayor" o a la "persona con capacidades diferentes".

Es cierto también que crear una "policía del lenguaje" que sancione el uso de ciertas expresiones tendría un efecto cuasi nulo, como es verdad también que la FIFA no es la entidad más capacitada y con más autoridad moral para establecer semejante sanción. Incluso este poderoso cártel del deporte y los negocios podría emprender acciones mas efectivas para evitar la discriminación frente a la cual son objeto –dicho sea de paso– algunos de sus propios futbolistas. 

Lo que no es posible es jugar al distraído, hacerse el incomprendido detrás de cantinflescos malabares hermenéuticos dignos de diván como lo hace mi entrañable Nicolás Alvarado en su más reciente artículo "Contra el puto lenguaje políticamente correcto". El tema de fondo no es el origen etimológico de las palabras o su evolución en el tiempo (que si puto en el siglo XIX, que si putus en el XIV y que si putín en el XIX, que si tan solo significa muchacho en el sur de Salento y un largo y tramposo etcétera).

Es claro como el agua que "puto" no es un término que "a veces", en ciertos lugares, se utilice para denostar a los homosexuales. Es y ha sido por años el insulto al gay por antonomasia. ¿Por qué quienes hoy dicen que no pasa nada si jugamos así con las palabras no le preguntan a los propios gays (90% de los cuales, según encuestas de Conapred, sienten que sus derechos no son reconocidos en este país) cómo se sienten al escuchar la palabra "puto"?

O mejor, hagan el siguiente ejercicio: en lugar de una porra mexicana pongan una porra inglesa y en lugar de la palabra "puto" pongan en sus labios un "blody nigger" o un "pinche sudaca". ¿No se habría ya armado un escándalo internacional? 

Desde la posición del no discriminado, de parte no agraviada, es muy sencillo decirle a los injuriados que no se tomen las cosas tan en serio, que se trata tan solo de un juego (ya en otra ocasión habría que hablar de ese humor mexicano que nos hacer soltar risotadas frente a los otros, pero tomarnos tan tristemente en serio a nosotros mismos).

Dicen unos que quienes gritaron "puto" muy probablemente no estaban pensando en la orientación sexual del portero adversario; dicen otros que la porra no sabe ni lo que dice. Eso importa poco. Se discrimina por acción u omisión, con intención o sin ella, con conocimiento o por mera ignorancia. Pero unos tienen más disculpa que otros.

Una gran masa de ciudadanos de escasa instrucción probablemente utilice ese término soez desde siempre, sin reparar en sus implicaciones y sus ofensas a terceros. Más preocupante resulta que la intelectualidad o la clase política, sobre la que pesan responsabilidades pedagógicas, disculpe y hasta justifique esa ignorancia, que anteponga y sobreponga los usos y costumbres del futbol o la idiosincracia del mexicano como si todo ello pudiera estar por encima de los derechos fundamentales o hasta del más elemental proyecto civilizatorio.

Véase, entre otros, el artículo de Ricardo Monreal en el que nos dice que si no nos gusta "el grito de guerra de los estadios mexicanos" nos tapemos lo oídos o no asistamos al futbol). Más preocupante aún, viniendo de quien viene, es el texto del exdefensor del pueblo de la Ciudad de México, Luis de la Barreda, en el que llama a tener "más sentido del humor" frente al tema. 

México ha avanzado en tolerancia hacia la diversidad sexual, pero hay un largo camino por recorrer en materia de respeto y aceptación de las diferencias. Según datos del Conapred, entre el 60 y 70% de los mexicanos considera que es necesario "respetar" las preferencias de los gays y lesbianas, pero tan solo entre el 20 y el 40% (según la franja etaria) cree que es positivo en algún grado que la sociedad esté compuesta por personas con orientaciones o preferencias sexuales distintas. Más aún, casi cuatro de cada diez mexicanos no aceptaría que un gay o una lesbiana viviera en su propia casa. 

Inclusive, nuestra supuesta tolerancia (más declarativa que real) siempre está acompañada de disclaimers, sin embargos del tipo "no tengo nada contra los gays, pero que no joteen", "que no se exhiban", "que no sean tan promiscuos" y, de preferencia, que no sean como son. 

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Evidentemente la verdadera tolerancia no se demuestra con palabras sino con hechos y respuestas a situaciones concretas. No defiendo la solemnidad de un lenguaje "políticamente correcto". Pero las palabras importan. Ojala pudiéramos jugar con ellas alegremente y en todo momento, pero no vivimos en Suecia ni en Holanda. Para darnos semejante lujo debemos construir antes un piso básico de respeto y aceptación de las diferencias que hoy no existe en nuestro país. 

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Hernán Gómez Bruera.

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