OPINIÓN: La crisis de inmigración podría ir para largo

La crisis de niños migrantes en la frontera entre México y EU no parece tener una solución simple ni rápida
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Autor: Ruben Navarrette | Otra fuente: 1

Nota del editor: Ruben Navarrette es colaborador de CNN y periodista del Grupo de Escritores del diario estadounidense The Washington Post. Síguelo en Twitter: @rubennavarrette.

SAN DIEGO (CNN)— Mientras tratamos de comprender la enormidad de la crisis que rodea a al menos 57,000 menores sin acompañante procedentes de Centroamérica que han cruzado la frontera entre México y Estados Unidos en busca de un refugio seguro, los estadounidenses deberían dejar de repartir culpas y ser realistas.

Siempre buscamos un punto final, un límite, una frontera. Cuando nos hablan de un déficit presupuestal, queremos las cifras exactas para evaluar los daños. Nos conformaremos con un aproximado. "Dame una cifra aproximada", decimos.

Pero a veces no es tan sencillo.

Recientemente, mis fuentes en Texas —que han estado cerca de la historia de los niños de la frontera desde el principio y cuyos reportes siempre han sido precisos— me hicieron una advertencia funesta. Es el equivalente a "aún no has visto nada".

Muchos estadounidenses están furiosos y frustrados por la forma en la que el gobierno ha manejado la calamidad de los niños de la frontera. El gobierno de Obama —al que, de acuerdo con Rick Perry, gobernador de Texas, las autoridades de su estado advirtieron que esto ocurría desde principios de 2012 y que evidentemente no hizo nada para prepararse— calcula que para finales de este año, hasta 90,000 jóvenes habrán cruzado la frontera hacia el suroeste estadounidense.

Todo esto tiene consecuencias. Una cantidad desconocida de adultos procedentes de México buscan trabajo y aprovechan la oportunidad para entrar a Estados Unidos que se presenta cuando tantos agentes de la patrulla fronteriza están ocupados cuidando de los niños.

Es un desastre total. Pero, ¿qué tal si lo que estamos atestiguando es solo el principio? ¿Qué tal si la verdadera oleada aún está por venir?

Mis fuentes me dicen que es bien sabido que en el valle del río Bravo, en el norte de México, hay decenas e incluso cientos de miles de personas procedentes de Centroamérica —mayormente mujeres y niños— esperando la oportunidad para cruzar a Estados Unidos.

Deberíamos dejar de buscar una conclusión. El final de esta historia no está a la vista.

Como periodista, cada semana empiezo a explorar una docena de ángulos nuevos. Al empezar la semana siguiente, habrá una docena más. No se equivoquen: probablemente estaremos lidiando con esta crisis durante años, no semanas ni meses. Y con cada oleada surgen nuevos ángulos.

Las autoridades se confían al creer que cualquier medida puede detener el flujo de gente desesperada que huye de la violencia, la pobreza y la opresión. Lo más que podemos esperar es ser capaces de manejar esta crisis durante los próximos años.

Hace apenas unas semanas, esta historia se limitaba a ver cómo responderíamos al éxodo de niños valientes y desesperados que los contrabandistas mexicanos sin escrúpulos transportan a la frontera entre México y Estados Unidos luego de escapar de las garras de las implacables pandillas hondureñas, guatemaltecas y salvadoreñas. Luego, el problema creció y entraron en juego los peligros de una frontera permeable y la letanía de cosas horribles que podrían pasar —a ambos lados de la línea— cuando le informas al mundo que la puerta trasera está abierta y que no tienes el personal necesario para mantener el orden y evitar la violencia, el crimen y la ingobernabilidad.

Ahora que los políticos se involucraron—Dios ayude a los niños—, la historia trata sobre cómo ni la Casa Blanca ni el Congreso, ni los demócratas ni los republicanos tienen la más remota idea de cómo lidiar con el problema dado que solo hemos escuchado soluciones malas y simplistas que nos indican que la mayoría de nuestros líderes no saben nada de la frontera entre México y Estados Unidos, un mundo que les es ajeno.

Hablando de soluciones simplistas, el gobierno de Obama deportó esta semana a Honduras a la primera tanda de mujeres y niños indocumentados. No esperen que los deportados se molesten en desempacar siquiera. A menos que la violencia y la pobreza que los obligó a salir se hayan desvanecido por arte de magia en los últimos meses, pronto regresarán a Estados Unidos.

Este capítulo de la historia en realidad trata de esto: de la magnitud del problema. Trata de números y de registros que tememos imaginar. Trata sobre cuántas personas vendrán y por cuánto tiempo durará esto.

Muchos estadounidenses, particularmente los que habitan en el suroeste del país, están sumidos en el pánico.

Por eso hacen lo que siempre hacen cuando se enfrentan a la adversidad: se preparan para actuar… y culpan a México.

Exigen saber por qué México no impide que los niños vayan al norte.

Para ser justos, los reportes de los medios y las entrevistas con los niños centroamericanos que han tratado de salir pero los han capturado en México y deportado a sus países de origen indican que nuestro vecino está deteniendo a algunos. Sin embargo, México no puede detenerlos a todos en su frontera sur al igual que nosotros no podemos detenerlos en nuestra frontera sur. Simplemente son demasiados.

Ambos países están aprendiendo la misma lección: los muros y los guardias no pueden detener a los determinados y los desesperados, a los hambrientos y oprimidos.

Los estadounidenses no pudieron detener las primeras oleadas de niños refugiados y no se sabe si podemos detener la segunda o la tercera. Pero al menos debemos estar listos para ello y asegurarnos de no volver a cometer los mismos errores.

A los políticos les gusta hablar de que tenemos que hacer "lo correcto" con estos niños, pero hacer lo correcto requiere adelantarse a estos hechos y prepararse para el desenlace menos deseable.

Dejemos de buscar soluciones simples y un desenlace. Esta crisis no tiene nada de eso.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Ruben Navarrette.

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