OPINIÓN: Hong Kong, ¿democracia o prosperidad?

En Hong Kong las garantías políticas se han ido deteriorando paulatinamente desde que la Gran Bretaña le devolvió a los chinos la soberanía
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Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY.

(CNNMéxico)– Las protestas que hoy exigen democracia en Hong Kong evocan una vieja pregunta que me hizo un comerciante persa en Singapur: ¿Qué es preferible para un pueblo: democracia o prosperidad?

Por supuesto que ambas son posibles simultáneamente –muchos países son prueba de ello– pero si se tuviera que elegir una, ¿cuál sería prescindible?

Era mi primer día en Singapur, la gran ciudad-Estado, una burbuja de opulencia que hacía ver los sueños más futuristas de Hollywood como realidades ordinarias. Jardines flotantes, semáforos inteligentes, paseos acuáticos suburbanos, educación, riqueza y seguridad. Difícil preferir democracia en tan imponente escenario.

"Pues no sé", le contesté al textilero iraní, "depende a quién le preguntes; un pueblo pobre como el mío seguramente preferiría la riqueza".

"¡No!"–murmuró el vendedor. "Siempre es preferible la democracia".

"¿Ah, sí? ¿Por qué?” –pregunté optimista ante tanta convicción.

"Porque es más fácil alcanzar la prosperidad una vez teniendo democracia, que la democracia únicamente teniendo prosperidad". –aseguró el comerciante.

El hombre se refería a que Singapur es un país muy rico –tiene el tercer ingreso per cápita más alto del mundo, uno de los sistemas de salud más avanzados, y alta competencia económica–pero los ciudadanos no pueden elegir a sus gobernantes, no gozan de libertades políticas ni civiles, y lo más triste, no pueden criticar al gobierno con libertad.

"Entonces", me dijo con voz triunfal, "te repito la pregunta. ¿Qué es preferible: riqueza o libertad?".

La situación no es tan grave en Hong Kong, desde luego que no, pero tiene cabida la analogía. Si bien es una región administrativa de China donde no se ejercen –por el momento– los mismos instrumentos represivos que en la China continental, las garantías políticas se han ido deteriorando paulatinamente desde que la Gran Bretaña le devolvió a los chinos la soberanía en 1997.

Actualmente, el Índice de Democracia (DemocracyIndex) del semanario The Economist, cataloga a Hong Kong como una "democracia defectuosa" con los peores indicadores en materia de libertades políticas y civiles entre las naciones más desarrolladas. Por ejemplo, aunque Hong Kong supuestamente tiene un sistema político pluripartidista, en realidad una pequeña mafia colegiada –manejada por China– controla el 50% del los escaños legislativos.Además, para mi sorpresa, el país tiene peor calificación que El Salvador y Argentina en libertad de prensa y acceso a la información; ocupa el lugar 66 en el Índice de Libertad de Prensa (PressFreedomIndex) de Reporteros Sin Fronteras.

Quizá lo más grave es que en el último Índice de Capitalismo de Compadrazgo (Crony-CapitalismIndex), también del The Economist, Hong Kong ocupó nada más y nada menos que la primera posición mundial. Si usted pensaba que México era el campeón mundial del compadrazgo –ese sistema disfrazado de capitalismo que no recompensa a las personas por su productividad, como hace el verdadero capitalismo, sino por su avenencia con el poder– pues estaba equivocado… el campeón es Hong Kong.

Eso sí, como Singapur, Hong Kong es de las naciones –o mejor dicho, regiones administrativas– más prósperas de la tierra. Y aunque algunas de las actuales demandas ciertamente son económicas, la mayoría son políticas, pues es una región muy rica. Tiene el sexto ingreso per cápita más alto del mundo ($53 mil dólares anuales), ocupa la decimo quinta posición en el Índice de Desarrollo Humano de la PNUD, prácticamente no hay pobreza, y es catalogada consistentemente –a pesar de la creciente contaminación y densidad poblacional– como una de las mejores ciudades para vivir.

Pero esa prosperidad está condicionada. El régimen chino la usa como pretexto para cerrar gradualmente los espacios representativos del poder. La última hazaña –la queja central de los indignados– es que Hong Kong podrá votar a sus gobernantes, sí, pero los candidatos los elegirá China previamente. En esa lógica, los descendientes del sanguinario Mao Zedong le cortan lentamente a Hong Kong la libertad que, bajo ley, le habían garantizado a Inglaterra como parte de la transferencia territorial del 97.

Lo más cínico, la fórmula que éste y otros regímenes similares –los autócratas de la península arábiga, por ejemplo– usan para justificar la opresión, es un inhumano "no se quejen, para qué quieren democracia si son ricos". Como si la riqueza sustituyera a la libertad.

Pero como lo están demostrando los hongkoneses sedientos de democracia, parece que el comerciante iraní tenía razón. La riqueza no es suficiente. O como sostiene aquel viejo aforismo inglés: It doesn’t quite do it, doesit?

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Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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