OPINIÓN: Cuba, un mensaje de Obama para Latinoamérica

El nuevo acercamiento de Estados Unidos con Cuba representa un mensaje de respeto a la soberanía y seguridad nacional de la isla
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Louis A. Perez Jr.
Autor: Louis A. Perez Jr. | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Louis A. Perez Jr. es profesor de historia y director del Instituto para el Estudio de las Américas en la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill. Entre sus libros se encuentra Cuba en la Imaginación Americana: Metáfora y Ethos Imperial y Cuba: Entre la Reforma y la Revolución.

(CNN)— “No creo que podamos seguir haciendo lo mismo por otras cinco décadas y esperar resultados distintos”, dijo el presidente Barack Obama el miércoles. “Más importante, no sirve a los intereses de Estados Unidos ni al pueblo cubano, tratar de empujar a Cuba al colapso”. Y con esas palabras, Obama dio la bienvenida a una lista de elementos hasta ahora ausentes en la política de Estados Unidos hacia la isla.

Del lado cubano, el presidente Raúl Castro se congratuló por la renovación del diálogo y se comprometió a que su gobierno trabajará con Estados Unidos para resolver las “profundas diferencias” que sostienen ambas naciones en diferentes ámbitos.

Las implicaciones de esta acción sobrepasan a Obama y abandonan una política anómala, sin lógica interna, que resulta contraproducente y contradictoria, una política que, de hecho, favorece las condiciones que quiere evitar.

Hablar de Cuba es hablar de América Latina. Es una afirmación poderosa sobre las intenciones estadounidenses por respetar la soberanía nacional y la autodeterminación en una región del mundo donde siglos de colonialismo han hecho de la búsqueda por soberanía nacional una obsesión. Se sabe que la historia sí importa y que estar conscientes de ella da resultados beneficiosos.

El compromiso de normalizar las relaciones diplomáticas también es señal del fin de una política que tiene por objetivo el derrocamiento del gobierno cubano. La idea de utilizar sanciones económicas implica conducir al miedo, hacer la vida diaria tan difícil y siniestra como se puede para incrementar el sufrimiento de los cubanos y enemistarlos con su gobierno.

Esa fue la piedra angular de una política de más de medio siglo. “Los únicos medios previsibles de alienar el apoyo interno es el desencanto y el desafecto basado en la precariedad económica”, indicó un oficial del Departamento de Estado en 1960, y desde entonces se procedió a tomar acciones diseñadas “para llevar hambre, desesperación y derrocar al gobierno”.

La aseveración del presidente acerca de que orillar a Cuba al colapso no es parte de los intereses de Estados Unidos, es revertir esta política. Pero también es cierto que señalar esto como un “cambio de régimen” tiene grandes implicaciones para Cuba. Durante 50 años y, en especial tras la caída de la Unión Soviética, la política de Estados Unidos ha sido un medio para que el gobierno cubano mantenga la autoridad moral. Estados Unidos ha representado una amenaza para la soberanía nacional de Cuba, es decir, su seguridad nacional.

Como los estadounidenses han aprendido en los últimos doce años, el llamado a la seguridad nacional no implica necesariamente respeto a las libertades civiles. El compromiso de relajar las sanciones sirve para reevaluar la percepción de Estados Unidos como una amenaza para la soberanía cubana y evitar que Cuba ponga como pretexto la hostilidad norteamericana para restringir el debate público y las garantías individuales.

El cambio de política representa un importante momento—raro en las relaciones entre Estados Unidos y América Latina—donde los estadounidenses muestran un deseo por comprometerse con Cuba basados en el respeto mutuo y las interacciones políticas u económicas normales, para así contribuir a crear espacios en los que los cubanos puedan tratar sus problemas más urgentes, en sus términos, con su lógica, para actuar acorde.

Al final, esta medida ayuda a los intereses de Estados Unidos.

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Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Louis A. Perez Jr.

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