OPINIÓN: El encuentro Obama-Peña, ¿el Mexican Moment?

Se augura poco productiva la reunión entre los dos mandatarios cuyos problemas domésticos pesan más que la agenda diplomática bilateral
Peña Nierto y Obama  Reunión de 5 de enero
Ricardo Monreal Ávila
Autor: Ricardo Monreal Ávila | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Ricardo Monreal Ávila es diputado federal por Movimiento Ciudadano y líder de la bancada en San Lázaro de este partido; es licenciado en Derecho por la Universidad Autónoma de Zacatecas y doctor en Derecho Constitucional por la Universidad Nacional Autónoma de México. Síguelo en su cuenta de Twitter: @ricardomonreala

(CNN)—  Si en febrero del año pasado, en la Cumbre de Toluca, el presidente Barack Obama se quedó con "las ganas de probar el legendario chorizo" mexiquense (dicho por él mismo), este martes 6 de enero tendrá oportunidad de "degustarlo en forma de una torta diplomática" aderezada con varios irritantes, en el encuentro bilateral que sostendrá con el presidente mexicano en la otra Casa Blanca: Ayotzinapa, migración, seguridad, crimen organizado y corrupción.

Video: No tuve oportunidad de probar el legendario chorizo de Toluca

Nadie imaginó el cambio de escenario ocurrido en ambos lados de la frontera desde el pasado otoño. Aquí pasamos del "Mexican Moment" a la "mexican mafia", marcada por la barbarie de Iguala, que encendió a nivel mundial la alerta sobre el error de diseño estructural que contenía la agenda de reformas estructurales del fenecido "Pacto por México": entre las once reformas promovidas no había ninguna que priorizara al Estado de Derecho, a la procuración de justicia y al sistema de seguridad pública como un sistema integral para procesar la violencia, la impunidad y la corrupción rampantes. La imagen que trascendió es que se construía un moderno Boeing 787 sin tren de aterrizaje.

Vendría después la mayor obstrucción a la reforma energética jamás imaginada: la caída en los precios internacionales de petróleo, que obliga a posponer las inversiones esperadas en varios frentes, especialmente en aguas profundas, donde las posibles nuevas inversiones se vuelven rentables a partir de 60 dólares por barril, no en los 44 dólares que actualmente cotiza la mezcla mexicana.

Por último, la depreciación de 13% en doce meses de la moneda mexicana frente a la norteamericana. Si bien esta devaluación alienta a nuestros exportadores, también detona la inflación en una economía que depende en un 80% de sus importaciones del mercado norteamericano. Los consumidores mexicanos, es decir, más de 100 millones de personas, ya tomaron nota en sus bolsillos del impacto inflacionario de esta devaluación: hoy la canasta básica es 15% más cara que hace un mes. 

Por el lado de Estados Unidos, el gobierno de Obama no se encuentra en su mejor momento. Sitiado por un Congreso mayoritariamente opositor (predominan los republicanos, con posturas radicales del "Tea Party"), el presidente lanza acciones ejecutivas para sacar adelante su agenda de reformas pospuestas o inimaginadas: la migratoria y la reanudación de relaciones con Cuba. Sin embargo, con estas medidas audaces busca más posicionar a su partido para la contienda presidencial del 2016 que salvar su propio mandato. Por otro lado, la economía empieza a comportarse mejor de lo esperado (más empleos, más inversión, menos inflación), pero el gélido invierno podría enfriarla otra vez.

En suma, de esta cumbre en la Casa Blanca no habrá que esperar grandes resultados para México, o algo distinto a lo protocolario y rutinario (reuniones ministeriales sobre seguridad, migración, educación, ciencia y tecnología). El peso no saldrá más fortalecido, la mezcla mexicana no mejorará su cotización ni tampoco tendremos nuevos resultados en el caso Ayotzinapa, entre otras razones porque no son los foros, los resortes ni los actores adecuados.

Es el encuentro entre dos mandatarios cuyos problemas domésticos pesan más que la agenda diplomática bilateral.

En estas circunstancias, ¿qué puede esperar uno del otro? El mandatario mexicano seguramente reconocerá la reforma parcial migratoria del anfitrión y el retorno de las relaciones con Cuba, pero este voto no causará ninguna mella en el cerco republicano y poco aportará entre la comunidad hispana, porque el gobierno mexicano pasa en este momento por una mala calificación entre los paisanos asentados en Estados Unidos.

En cambio, el apoyo del presidente Obama al mandatario mexicano podría ser importante si además de refrendar el reconocimiento a Peña Nieto como "líder reformador", ofrece la experiencia y cooperación para mejorar el sistema de justicia y de seguridad en México para enfrentar los graves problemas en la materia.

Sin embargo, cualquier ofrecimiento de este tipo se vería en México como un apuntalamiento injerencista y como el reconocimiento expreso de una debilidad institucional, no de una o dos regiones, sino del país en su conjunto, percepción que está buscando combatir a como de lugar el gobierno actual.

En otras circunstancias, esta cumbre en Washington sería el aval de oro que necesitaría un gobierno mexicano que va a elecciones federales de medio término en junio próximo. En las actuales, en cambio, podría generar un veto más que un voto, al intentar buscar afuera el reconocimiento que no se ha obtenido adentro.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Ricardo Monreal Ávila

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