OPINIÓN: La tremenda bofetada que dio el Gobernador de Chiapas

No sólo es un 'lamentable incidente accidental', sino una muestra inequívoca de la omnipotencia con la que se conducen los gobernadores
Gobernador de Chiapas da cachetada a colaborador
Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Majluf son a título personal y no representan el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter

(CNNMéxico)– La tremenda bofetada que el gobernador de Chiapas le asestó a un subordinado no sólo es un "lamentable incidente accidental", como lo calificó el propio agresor, sino muestra inequívoca de la omnipotencia monárquica con la que se conducen nuestros actuales virreyes, los gobernadores de México.

De todos los casos similares en los que funcionarios o asociados se adjudicaron naturaleza divina y se alzaron sobre sus semejantes biológicos –desde las Ladies de Polanco y Profeco, hasta la Senadora perredista Luz María Beristaín y la hija del Presidente–, probablemente éste sea el más indignante: concede una escalofriante probadita del mundo cuasi-colonial, de vasallaje autocrático y sujeción feudal que se han construido los gobernadores en sus reinos.

En el video, la impotencia que la víctima –digámosle “el cacheteado”– muestra ante la agresión, es nacionalmente compartida: es emblema de la incapacidad de nuestras instituciones para controlar a los gobernadores, soberanos autoproclamados que amedrentan a la prensa, controlan a sus congresos, endeudan a sus entidades, violan los derechos humanos y, al parecer, ejercen violencia corriente contra sus subalternos…sin que nadie les ponga un alto.

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Ahora bien –y duele decirlo– lo ocurrido dilucida las relaciones simbólicas sobre las que está construida nuestra sociedad: los gobernantes son nobles, no empleados; el ejercicio del poder es un privilegio, no un servicio; el respeto a los subordinados es muestra de debilidad, no de virtud. Estos códigos, profundamente clasistas y pre-modernos, se observan a lo largo y ancho de nuestra incipiente república. ¿Cuántos ciudadanos comunes no se prestan a semejante barbarie? Recordemos el caso de Miguel Sacal Smeke, prepotente ricachón que golpeó, humilló y discriminó con el supremacista apelativo de “indio” a un empleado de valet parking por no haberle traído un gato hidráulico con suficiente prontitud.

El panorama es sombrío. En el Centro de Estudios Espinosa Yglesias estudiamos la movilidad social, aquella cualidad de las sociedades modernas que le permite a un individuo avanzar en la escala socioeconómica sin importar su origen. Sobra decir –lo invito a consultar nuestro Informe de Movilidad Social 2013–, que en México esta posibilidad es casi nula: la mitad de los mexicanos que nacen en pobreza nunca saldrán de ahí.

Desgraciadamente, como vuelve a poner en evidencia un “lamentable incidente accidental” efectuado a propósito, es que la movilidad social en México no sólo es económica –como hasta ahora lo ha predicado el CEEY–, sino también sociocultural. En otras tristes palabras, en México no sólo es difícil subir en la escala que mide riqueza, también lo es en la que mide el valor personal…donde el vasallo siempre será vasallo…y la autoridad autoridad. Pensemos en lo que esto significa para nuestra democracia.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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