OPINIÓN: ¿Tenemos a los políticos que nos merecemos?

Las acciones y posturas de nuestros políticos responden a una idiosincrasia colectiva que la sociedad no quiere asumir, según Pablo Majluf
La actriz Carmen Salinas durante la toma de protesta de los candidatos a diputados federales del PRI
La actriz Carmen Salinas durante la toma de protesta de los  La actriz Carmen Salinas durante la toma de protesta de los candidatos a diputados federales del PRI
Pablo Majluf
Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1
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Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Majluf son a título personal y no representan el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter 

(CNNMéxico)- En el ocaso de Iguala, evocamos con horror una pregunta recurrente ya en nuestra historia.

La misma pregunta nos hicimos cuando el New York Times publicó el humilde acervo de los Murat en Estados Unidos, cuando Granier huyó con sus tres mil pares de zapatos, cuando Romero Deschamps regaló un Ferrari a su hijo, o cuando Elba Esther presumió sus bolsas de 35 mil pesos.

¡¿Quién demonios nos gobierna?!

Y es que la calidad de nuestros políticos no es cuestión trivial; a fin de cuentas, son ellos la cara pública de la voluntad popular. Sin embargo, una de las respuestas favoritas –“¡todos son una bola de rufianes!”– revela tres serias confusiones de nuestra cultura política. La primera, el bajo grado de responsabilidad que asumimos como formadores de nuestros propios políticos; la segunda, la creencia de que los políticos deberían ser líderes morales; y la tercera, la invitación a evadir nuestras tareas cívicas.

La primera responde a una forma de expiación colectiva en la que olvidamos que los políticos mexicanos son mexicanos… no sólo que nacieron aquí, sino que tuvieron padres, madres, maestros, amigos, amores, escuelas, símbolos, paisajes y medios de comunicación mexicanos… ¡vamos, que son de los nuestros! Nos disociamos de su formación. Como dijo el poeta Gibrán Jalil, solemos "hablar de aquel que comete faltas como si no fuera uno de nosotros”.

Con esto no sugiero que nuestros políticos sean inocentes de sus propios crímenes, o que no haga falta vigilarlos, sino que son engendros de nuestra sociedad… hijos de un complejo juego de variables culturales, institucionales, históricas y éticas que se viven, se aceptan, se propagan y se hacen ampliamente disponibles para todos. Por eso no sorprende que el vecino, el padre de familia o el sacerdote sean tan corruptos como el gobernador, el juez o el alcalde. Negarlo –y vaya que existe esa tentación– abre la puerta al siguiente trastorno: la creencia de que los políticos deberían ser líderes morales, o peor aún, nuestros salvadores.

Daño evidente del colectivismo histórico: muchos mexicanos –incluidos renombrados líderes de opinión– creen que los políticos deberían ser líderes morales, guías con atributos más próximos al ejercicio espiritual que a la representación popular. La animadversión hacia las candidaturas de Carmen Salinas y Cuauhtémoc Blanco, o la descalificación moralista contra los políticos chapulines, es prueba inequívoca de que la opinión pública no evalúa a los políticos con distancia crítica por lo que son –empresarios del poder–, sino con impulsiva pasión por lo que no son –rayitos de esperanza. Esta demanda, además de imposible y supersticiosa, hace un efectivo llamado a la evasión de las tareas cívicas, la tercera perturbación.

Para la tradición liberal, anhelo de nuestra joven República, no hay actitud más sumisa, comodina e indolente –y consecuentemente nociva para el ejercicio de las libertades individuales– que encomendar el destino personal a los políticos, o peor aún, que suspender las responsabilidades ciudadanas por despecho a ellos. Desde la evasión fiscal y el daño a la propiedad pública, hasta el soborno y la contaminación ambiental, violar la ley por resentimiento a los políticos no sólo es infantil y desleal con México; posterga el cambio propio: si alguien más es culpable de mis infortunios, no hay mucho que yo pueda hacer… y se justifica así la desconfianza en la voluntad ciudadana.

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¿Por qué en México no hay Winston Churchills, Václav Havels, o Franklin Roosevelts… y sí Moreiras, Bejaranos y Montieles? La respuesta es obvia: porque ésos son los políticos que los mexicanos producimos. Cuando lo asumamos, cuando dejemos de disociarnos de los políticos y empecemos a verlos como se ve a un hijo y no como se ve a un padre, no sólo dejaremos de encomendarnos como niños a líderes salvadores y de evadir nuestras tareas cívicas, sino que empezaremos a producir, de manera natural, los políticos que soñamos.

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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