OPINIÓN: Las redes sociales en México, son el megáfono de la indignación

Los ciudadanos toman el papel de monitores de la clase política, que luce cada vez más lejana de una sociedad que les demanda mayor ética
Los datos arrojados en herramientas como redes sociales aún no son completamente utilizados por las marcas.
Redes sociales  Los datos arrojados en herramientas como redes sociales aún no son completamente utilizados por las marcas.  (Foto: iStock by Getty Images)
Autor: María Elena Meneses | Otra fuente: 1

Nota del editor: María Elena Meneses es profesora e investigadora del Tecnológico de Monterrey. Puedes seguirla en su cuenta de Twitter:@marmenes

(CNNMéxico)— En México las redes sociales se han convertido en el megáfono de la indignación y no es para menos. Es a través de éstas como los ciudadanos toman el papel de monitores de la clase política, que luce cada vez más lejana de una sociedad que le demanda menos excentricidades y más ética para conducirse.

Las redes sociales no tienen poderes extraterrenales, son configuradas por los usuarios para emplearse de diferentes formas: para la expresión de asuntos triviales de la vida diaria, para organizar acciones en el mundo offline y para la denuncia, que ya ha ocasionado renuncias como la del exdirector de la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), Humberto Benítez Treviño, por un escándalo desatado por su hija en un restaurante y ahora la del Director de la Comisión Nacional del Agua (Conagua) David Korenfled, captado infraganti por su vecino cuando se disponía a usar un helicóptero oficial para un asunto privado.

Una cámara, una red social y la indignación se han convertido en una tríada infalible que desafía al poder tradicional, no sólo en México sino en el mundo. Internet y las formidables plataformas que ahí convergen en ocasiones sustituyen a los medios de comunicación tradicionales en aquellos contextos en los cuales renuncian a la investigación, la vigilancia y el escrutinio del ejercicio público.

En México —sin afán de generalizar—los medios de comunicación son afines a retomar declaracionesy poco afectos a investigar aquello que trastoque la vida pública, aunque sea esto último lo que justifique su existencia en una democracia. Que las redes sociales sean ese accesible y cuasi único canal de denuncia también es reflejo de un débil entramado institucional incapaz de acotar excesos de poder.

El caso de David Korenfeld no es el primero ni será el último captado y divulgado en plataformas digitales que exhiben no sólo la insensatez, sino la carencia de integridad de algunos servidores públicos. A los medios no les queda más remedio que retomar la conversación ciudadana de los muros de Facebook, con lo cual contribuyen a su amplificación provocando desenlaces diversos.

Las redes sociales como entornos de reclamo social no son nuevas en México, ya van tejiendo su propia historia como microespacios de la esfera pública a partir de diversas causas y situaciones. Los ciudadanos monitores ,como denomina el profesor estadounidense Michael Schudson a quienes vigilan e interpelan al poder a través de las redes ubicuas, llevan ya más de un lustro siendo protagonistas de la vida pública mexicana.

Basta recordar cuando ciudadanos de localidades del norte del país agobiados por la criminalidad comenzaron a apropiarse de estos espacios para alertar de barricadas, bloqueos y balaceras. Otras demandas que ejemplifican exigencias ciudadanas que han tenido repercusión más allá de virtualidad han sido:#InternetNecesario, acción ciudadana que ayudó a frenar el impuesto a Internet en 2009; #JusticiaABC, conformada por ciudadanos solidarios y deudos de la guardería ABC; #Yosoy132 y, más recientemente, #TodossomosAyotzinapa.

Las redes sociales tienen un cariz excluyente en México, ni todos los mexicanos tienen acceso, ni todos participan en asuntos de interés público. Sólo una pequeñísima parte de lo que ocurre en ellas es político. Ni la mesura, ni la indagación meticulosa son rasgos de los ciudadanos monitores, más reactivos que propositivos, quienes captan, distribuyen y organizan desde el espacio virtual el malestar y, a partir de éste, es cómo negocian su relación con el poder.

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Para muchos en esto radica su debilidad, basta leer a sus acérrimos detractores que les atribuyen ser causa de un supuesto caos informativo y la irracionalidad pública. Postura indefendible y riesgosa que pareciera intentar legitimar su eventual control. Qué bueno que hay redes sociales y ciudadanos monitores,pero qué mal que se estén convirtiendo en el cuasiúnico canal accesible y eficiente para la denuncia ciudadana y la exigencia de rendición de cuentas en México.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a María Elena Meneses.

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