OPINIÓN: El día en que revelé que soy una mexicana en Estados Unidos

Los hijos de inmigrantes hispanos luchan con las dudas sobre su identidad y la discriminación entre las mismas comunidades
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Autor: Elizabeth Elizalde | Otra fuente: 1

Nota del editor: Elizabeth Elizalde es periodista independiente en Nueva York. Nació y creció en la ciudad de Nueva York, acaba de entrar como pasante a CNN en Español y pertenece a la división Nueva York de la Asociación Estadounidense de Periodistas Hispanos.

(CNN)— Los domingos preparo tacos y mi famoso guacamole para mi familia. La comida nos une, es una forma de mantenerme en contacto con mi herencia mexicana. Pero a pesar de que mi niñez estuvo llena de cultura, aventuras y felicidad, durante varios años negué ser mexicana. De hecho, revelé que era mexicana hace apenas unos años.

Nací en la ciudad de Nueva York; mi madre es ecuatoriana y mi padre mexicano; mi familia siempre me dijo que tenía lo mejor de ambos mundos. Viajaba a México y a Ecuador. Me encantaba la comida mexicana que preparaba mi abuelita… ¿Enchiladas? Sí, por favor.

Pero en mi escuela de Nueva York me molestaban porque "parecía mexicana". Un compañero me decía: "¡regresa a México!". Los otros latinos también se burlaban de los otros pocos estudiantes mexicanos que había en mi escuela. Nunca entendí por qué había discriminación entre nosotros.

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Vivo en el barrio de Bushwick, en Brooklyn; mis padres me inscribieron en una escuela militar en la que predominaban los puertorriqueños y los dominicanos. Fue la mejor decisión que tomaron. Si hubiera ido a una escuela pública, las cosas habrían sido peores. Después de todo, había escuchado hablar de las peleas en las escuelas públicas en mi vecindario.

Mi padre quería protegerme de la discriminación y las peleas. Me dijo que rayaron su auto con una llave y que le habían pintado wetback (mojado) en la ventana con aerosol, todo porque tenía una bandera de México colgando del espejo. Su empleo en el puerto marítimo de South Street era peor. Trabajaba en turnos diarios de 15 horas empacando pescado y camarones, apenas ganaba el salario mínimo y le decían frijolero.

"No digas que eres mexicana", me decía.

Pero su intento por protegerme de la crueldad de la sociedad solo me hizo dudar de mi identidad.

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En casa aceptaba mi mexicanidad. Secretamente confiscaba los álbumes de Los Ángeles Azules de mi padre y me escondía en mi habitación para escucharlos en mi Walkman. Imaginaba que estaba en México mientras los ritmos románticos de la cumbia sonaban en mis audífonos.

Atrapada en una burbuja de angustia y desesperación, traté de descubrir quién era. Le confesaba a mi madre que no podía soportar la presión de mentir. Luché con la baja autoestima y la depresión durante mi adolescencia, lo que exacerbó mi timidez. Me sentía muy avergonzada y pensaba que si alguna vez revelaba que soy mexicana, ¿por qué no podía parecerme a Thalía o a Selena?

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En vez de pasar el rato con amigos, me quedaba en casa a leer y a escribir; fui muy buena en inglés y obtuve la mención honorífica.

Un día, mientras mi papá me llevaba a la secundaria, le subió el volumen a la música norteña en su radio, lo que me avergonzó hasta el alma. Rápidamente apagué la radio, preocupada de que alguien hubiera escuchado la música. "Papá, ¿qué haces?", dije. Él rio y me besó en la frente. Supe que él ya no quería que nuestra mexicanidad siguiera siendo un secreto.

Pero para mí, el daño estaba hecho y seguí mintiendo durante toda la preparatoria.

Los mexicanos siempre han sido parte importante de la sociedad estadounidense, pero no en Nueva York. La población de mexicanos en Nueva York empezó a aumentar apenas hace poco. Según Laird Bergad, director del Centro de Estudios Latinoamericanos, Caribeños y Latinos del Centro de Graduados de la City University de Nueva York, en 1990 vivían 58,000 mexicanos en Nueva York. Para 2010, la cifra había aumentado a 340,000.

Yo nací en 1993 y fui producto de la inmigración masiva en Nueva York. Mi padre vino a Estados Unidos desde México en 1991; caminó por el desierto de Tijuana y cruzó a nado el río Bravo. Se casó con mi madre en 1992. Ella ya era residente y obtuvo la ciudadanía estadounidense en 1994. También convenció a mi padre de obtener sus documentos. Él estudió día y noche, hizo el examen y se volvió ciudadano estadounidense en 2004.

Mi padre era el único lazo directo que tenía con mi herencia mexicana y cuando mis padres se divorciaron, en 2006, se fue y se llevó consigo todo lo que pudo haberme enseñado acerca de ser mexicana. Su separación me deprimió aún más. Sin embargo, de cierta forma sentí cierto alivio porque ya no estaba mi padre para decirme que mintiera.

En el otoño de 2011, revelé que era mexicana.

Fue durante mi primer semestre en la Universidad de Brooklyn. La diversidad del campus, el mismo al que asistió mi madre, me sorprendió y me animó a hacer nuevos amigos. "¡Vaya, (los estudiantes) se ven igual que yo!", le decía. Ella estaba feliz de que hubiera encontrado mi zona de comodidad.

El campus era mi refugio: un entorno artístico, colorido y cálido que me recibía con los brazos abiertos, en donde los estudiantes tienen la oportunidad de aprender sobre las culturas y tradiciones de los demás.

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Por mi piel color caramelo, mi cabello largo, castaño y lacio y mi corta estatura, ahora me siento muy mexicana, así como ecuatoriana y estadounidense. Incluso me hice un tatuaje que combina mi orgullo por estas culturas: el cráneo de un cóndor al lado derecho de mis costillas representa al ave nacional de Ecuador y un penacho adornado con plumas representa a mis ancestros mayas.

Amo a mis padres y aprecio que trataran de protegerme de los estereotipos dolorosos que se imponen a los mexicanos. Ese largo viaje de descubrimiento de mi identidad cultural, aunque fue difícil, me enseñó a amarme. He aprendido a aceptar lo complicado que puede parecer el ser latina. Y estoy agradecida de haberlo hecho.

Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Elizabeth Elizalde.

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