OPINIÓN: Mexicanos indignados con Trump, pero se discriminan entre sí

El racismo en México es ubicuo y horizontal, nadie se salva: ni indígenas, ni mestizos, ni los güeritos, así lo ha demostrado el Conapred
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Autor: Pablo Majluf | Otra fuente: 1

Nota del editor: Pablo Majluf es periodista y maestro en Comunicación por la Universidad de Sydney, Australia. Escribe sobre comunicación y cultura política. Es coordinador de información digital del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY). Las opiniones de Pablo Majluf son a título personal y no representan necesariamente el criterio o los valores del CEEY. Síguelo en su cuenta de twitter 

(CNNMéxico)— Como anotaron algunos colegas periodistas, los comentarios xenófobos y racistas de Donald Trump, precandidato republicano a la presidencia de Estados Unidos para el 2016, despertaron aires de unidad en el país.

La cadena Univisión, Televisa, Carlos Slim y varias personalidades públicas–particularmente bellezas del concurso Miss Universo, propiedad del agresor– cancelaron proyectos de colaboración con él. Ahora en los mercados de México se venden piñatas del nuevo enemigo. Funcionarios del gobierno mexicano lanzaron su diatriba.

Todo eso está muy bien. Qué mejor. No podía pasar inadvertida semejante agresión. Pero no nos engañemos con una condena vicaria. Como dijo el periodista afroamericano Carl T. Rowan, “a menudo es más fácil indignarse por una injusticia a medio mundo de distancia, que por la opresión y discriminación a media cuadra de casa.”

Hace poco, un cuate me contó que no a media cuadra de su casa, sino en el edificio donde vive, se manifiesta una de estas calamidades. Hay una señora que le dice al conserje “criado”, “gato” y “naco”, le avienta las llaves para que mueva su coche mientras ella se baña, y le exige que saque su basura so pena de dejarla desperdigada en el lobby. Uno pensaría que la señora está loca y ya –un espectro del siglo XVII–, pero la prueba de que es un caso representativo y vigente es que, increíblemente, la mitad del edificio la apoya en su cruzada, particularmente el administrador.

Me dice mi amigo que no han podido resolver el problema precisamente porque varios condóminos simpatizan con ella. En la memoria también están los casos del infame golpeador de valet parkings Miguel Sacal, y de las Ladys Polanco y Profeco, muestras inequívocas de este trastorno.

No es exageración. El racismo en México es cosa seria. Además tiene sus propias dinámicas, especialmente peligrosas para esa dizque unidad que despertó Trump. A diferencia de Estados Unidos, donde el racismo se practica contra minorías muy específicas, en México –inexplicablemente– es contra todos. Lo sabemos bien.

Los estudios del Consejo Nacional Para Prevenir la Discriminación (Conapred) lo confirman: el rasgo despreciado es el indígena. El problema es que, según el American Journal of Physical Anthropology, 93% de los mexicanos tenemos dicho rasgo, de modo que practicamos una suerte de racismo-sadomasoquista, o discriminación auto-infligida.

En efecto. Hace poco entrevisté a la antropóloga del Colegio de México (Colmex) Cecilia Salgado, quien ha estudiado y medido el racismo de primera mano en diversas comunidades, y una de sus conclusiones es que la clásica narrativa que pinta al racismo como vertical y asimétrico es pura fantasía. El racismo en México es ubicuo y horizontal… nadie se salva: los pueblos indígenas se discriminan entre sí, los mestizos discriminan a los indígenas y a otros mestizos, los “güeritos” son a la vez víctimas y victimarios, etcétera.

Una de las pruebas más escalofriantes es un experimento realizado por el Conapred en el que pusieron a niños mexicanos frente a dos muñecos –uno moreno y uno blanco– para evaluar sus actitudes raciales con base en una serie de preguntas (como dato curioso, el CONAPRED no pudo conseguir un muñeco moreno en el mercado y tuvo que pintar a uno blanco). Pareciera increíble –y esto refleja nuestro propio aguijón–, pero los niños morenos desconfían más del muñeco moreno que del blanco: lo consideran inferior, feo y malvado. Al blanco, en contraste, lo perciben bonito, confiable y bueno.

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¿Por qué sucumbimos a tal esquizofrenia... a tal fragmentación? ¿Acaso no es una práctica suicida? La pregunta ha intrigado a los científicos sociales. ¿Cómo es que perdura una simbología a costa de –y gracias a– la mayoría? En este sentido, se entiende un poco más –que no se justifica– el racismo estadounidense, con su propia lógica de dominación. Pero el racismo mexicano, ¿qué pretende? Condenemos las expresiones explícitas de racismo en Estados Unidos, sí, pero no olvidemos la confabulación simulada de la que somos partícipes. Como dijo el aforista Mason Cooley, “la hipocresía es la envoltura del cinismo".

Las opiniones expresadas en este texto pertenecen exclusivamente a Pablo Majluf.

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