OPINIÓN: Las cárceles mexicanas, un calvario que no puede describirse

Las prisiones son territorios donde el poder punitivo, donde los reos y las autoridades mantienen un contubernio que puede propiciar el caos
En esta casa termina el túnel de 'el Chapo' Guzmán
Autor: Isabel Arvide | Otra fuente: 1

Nota del editor: Isabel Arvide es periodista y fue la primera mujer en ganar el Premio Nacional de Periodismo en 1985. Ha publicado 11 libros y ha sido analista política desde hace 35 años. Twitter: @isabelarvide

(CNNMéxico) —Más de 250,000 mexicanos viven revolcados en el hacinamiento, la prostitución obligada, el consumo de drogas, y la más extrema vulnerabilidad en un cosmos apocalíptico cobijado por los gobernantes en turno que apuestan a la  derrama política de su negligencia. Mejor llevar la fiesta-cárcel en paz.

Charcos de lodo, colchonetas agujereadas, fondos de botella usados como plato, garras de vestimenta son el doble castigo de los internos que esperan una sentencia. Da igual que hayan violado a sus hijas, asesinado a veinte personas o robado un celular, la consigna para 112,141 reos procesados es esperar. Conforman más del 40% del total de la población penitenciaria. Su calvario no puede describirse con exactitud.

Destruido el principio constitucional de presunción de inocencia, los dueños de este circo podrido, reos que no tienen qué perder, ejercen el poder desde el mal llamado "autogobierno", en instalaciones totalmente inoperantes. Ellos cobran a los menesterosos hasta por usar un excusado. Y a los demás por todos los lujos ilegales. Sus ganancias salpican los escritorios pertinentes.

Así corrupción de autoridades en contubernio con los reos, y apatía oficial propician el caos.

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La falta de sistemas de seguridad en las cárceles mexicanas permitió fugas espectaculares, como la de David Kaplan en 1971, cuando un helicóptero lo "rescató" del patio de la cárcel de Santa Martha Acatitla; o la huida del penal de Lecumberri de Alberto Sicilia Falcón y cuatro reos más en 1975, precisamente con la construcción de un túnel. O los 10 internos que se fugaron del penal de Calera de Víctor Rosales, un pequeño pueblo de Zacatecas, amarrando a los cuatro custodios que los "cuidaban", en abril del 2012.

El gobierno de Felipe Calderón impulsó un sistema penitenciario que buscaba desterrar estos vicios, al menos en las prisiones federales. Fue un intento estructurado y dotado con mucho presupuesto. Se construyeron nuevas cárceles, se supo por primera vez con exactitud cuántos presos existían en el país, se sometió a miles de criminales, se fomentaron acciones para liberar a presuntos inocentes, se creó la Academia de custodios, se impusieron controles de confianza a los funcionarios. Se apostó por el factor personal y puso este proyecto en manos experimentadas, con una jerarquía inusitada. Patricio Patiño no fue solamente subsecretario delSistema Penitenciario, sino alguien con voz en Los Pinos. Vinieron los gringos a certificarnos y nadie se volvió a escapar. Un reo fugado en diez años de panismo versus los tres que lleva este "nuevo" PRI de regreso en Los Pinos.

En muchos ámbitos surgió el culto a los penales federales de "Alta Seguridad”, fortalezas anticorrupción que contrastaban con las obsoletas cárceles estatales donde a los reos se les permite cada noche para matar a sus rivales o ver a sus novias.

El retroceso inició cuando desaparecieron la Secretaría de Seguridad Pública Federal, y disminuyeron la dimensión del sistema penitenciario federal, hasta terminar siendo un "órgano desconcentrado" marginado en el organigrama oficial. No sorprende que hayan nombrado como su titular, en junio del 2014, a un abogado provinciano que no había pisado una cárcel, Juan Ignacio Hernández Mora.

Al principio del sexenio hubo un motín en el penal de Islas Marías, con un saldo de 25 lesionados. En los meses siguientes se incrementó el número de incidentes violentos en las cárceles federales en un 150 por ciento. En 2014 hubo intentos de fuga en tres penales y escaparon dos internos en el Cefereso 9 de Ciudad Juárez.  La posterior liberación del director y los cuatro custodios involucrados envió un mensaje de impunidad grave.

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Todo se fue carcomiendo durante los primeros años de este gobierno, hasta llegar al desastre de la fuga fantástica de Joaquín el Chapo Guzmán, provocando que millones creyeran que el gobierno lo dejó salir. Perdimos la razón moral como eje de la conducta de la autoridad entre declaraciones de brazaletes fantasmas y pájaros muertos junto al televisor de la celda. El miasma subió hasta el ventilador y ninguna explicación logra apagarlo.

Hoy, los protagonistas demacrados, víctimas de un sudor incontrolable, ponderan  inviables virtudes del sistema penitenciario bajo su mando, mientras la sociedad recuerda la expresión presidencial "imperdonable" en la boca oscura de un túnel. Y el secretario (de Gobernación) responde que no renuncia por la crisis que empolló su molicie.

Era impredecible, nos sorprendió… La frase del Comisionado Monte Alejandro Rubido, interrogado sobre la fuga del Chapo, es un epitafio justo para la conjunción de inexperiencia, blandura y vanidad política que destruyó al sistema penitenciario federal desde la secretaría de Gobernación.

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Las cárceles son territorios donde el poder punitivo tiene todo a su favor, donde la Ley puede imponerse a priori, y todo lo que suceda debe someterse al control de la autoridad. La pachorra del Estado-Gobierno y su complicidad con la corrupción han permitido que se conviertan en submundos pútridos.

Las opiniones de este texto pertenecen exclusivamente a Isabel Arvide                                                        

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