OPINIÓN: No se puede ser más loco que el líder norcoreano Kim Jong Un

Aunque Trump hace bien en dar prioridad al asunto de Corea del Norte, debería concentrarse en las soluciones, no en las amenazas.
Kim Jong Un  El joven dictador ha dejado bien claro que seguirá desarrollando tecnología nuclear y para misiles balísticos.  (Foto: EFE)
John Kirby

Nota del editor: John Kirby, colaborador de CNN, es contraalmirante retirado de la Armada estadounidense y fue vocero de los departamentos de Defensa y Estado de Estados Unidos en la presidencia de Obama. Las opiniones expresadas en esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — Donald Trump, presidente de Estados Unidos, tuvo las manos llenas en cuanto a seguridad nacional el lunes 24 de abril: almorzó con los embajadores de los países que componen el Consejo de Seguridad de la ONU, se reunió con su secretario de Defensa y con el presidente del Estado Mayor Conjunto, y cenó con los senadores republicanos John McCain y Lindsey Graham.

El plato fuerte fue Corea del Norte.

De hecho, en una breve entrevista que dio durante el almuerzo, Trump dejó en claro que considera que el statu quo en la península coreana es "inaceptable" y pidió a los miembros del Comando Especial de las Naciones Unidas (UNSC, por sus siglas en inglés) que impongan nuevas sanciones al gobierno norcoreano por su programa nuclear y de misiles balísticos.

"Esta es una amenaza real para el mundo, queramos hablar de ella o no", dijo. "Corea del Norte es un gran problema para el mundo y es un problema que a final de cuentas tenemos que resolver. La gente ha cerrado los ojos desde hace décadas y es hora de resolver el problema".

Dejando de lado la falsedad de que de alguna forma la comunidad internacional se ha cegado ante este asunto, Trump tiene razón. Corea del Norte representa una amenaza considerable a la paz y a la seguridad, no solo en la península y en la región, sino potencialmente en Estados Unidos y el resto del mundo.

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Cinco de las siete alianzas por tratado de Estados Unidos están en la región del Pacífico; dichas alianzas exigen asistencia militar estadounidense en caso de ataque. Una de esas alianzas es con Corea del Sur, país en el que Estados Unidos tiene apostados casi 30,000 soldados. Además hay que recordar que la guerra de Corea no ha terminado, al menos no técnicamente.

Nunca se firmó un tratado. Los combates cesaron en 1953 y se firmó un armisticio para "garantizar el cese completo de las hostilidades y todos los actos de fuerza armada en Corea hasta que se llegue a un acuerdo pacífico". Nunca se ha llegado a tal acuerdo. Por eso, el vicepresidente de Estados Unidos, Mike Pence, visitó la "zona desmilitarizada" a mediados de abril y no la frontera. Por eso, de acuerdo con algunos expertos, el joven Kim Jong Un no tiene intención alguna de ceder sus juguetes. Sabe que aunque puede fabricar una bomba, no puede fabricar la paz. Lo que realmente quiere es supervivencia… tanto para él como para el régimen.

Como se señaló en el semanario The Economist esta semana, Kim "vio cómo Muamar Gadafi de Libia cedió su programa nuclear a cambio de mejores relaciones con Occidente… y terminó muerto".

Así, el joven dictador deja bien claro que seguirá desarrollando tecnología nuclear y para misiles balísticos con el fin de que algún día, si lo necesita, pueda lanzar una bomba nuclear contra sus enemigos. Y debemos creer su amenaza. ¿Bravatas? Sí, desde luego. Pero las respalda con pruebas constantes, investigaciones constantes y recursos constantes. Kim habla en serio.

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A veces, esa táctica funciona. A veces, no tanto. Pero para Kim, el fracaso no existe. Cada vez que intenta un lanzamiento o detona una bomba, aprende. Cada vez, gane o pierda, gana. Gana porque su conocimiento mejora. Gana porque demuestra que habla en serio. Gana porque logra que para otros países sea más atractivo comprarlo. Tanta atención sobre él lo eleva. Eleva el estatus de Corea del Norte. Tal vez, solo tal vez, le sirva para estar en mejor posición para garantizar la sostenibilidad del régimen.

Es más o menos como esa escena de la cinta Arma Mortal, en la que el policía encubierto, Martin Riggs (protagonizado por Mel Gibson) trata de comprar un camión de cocaína con cien dólares y luego exhorta a los policías que están en la escena a disparar a discreción, aunque es muy seguro que el propio Riggs quede atrapado en el fuego cruzado.

"¿Quieres ver locuras?"

Pero Kim Jong Un no nada más está loco. Es cruel y calculador. Además, da la impresión de que calcula que, aunque Corea del Norte es radicalmente más débil que el resto del mundo (y que sus vecinos del sur), puede subir las apuestas lo suficiente como para que el terreno de juego se equilibre bastante rápido.

Aunque no gane la carrera, aunque le demos una paliza con un ataque preventivo, puede hacer que nos cueste muy caro: la muerte y la destrucción que causaría tan solo en Seúl en un par de horas (hay estimados de más de 100,000 víctimas), sin mencionar la reactivación de la guerra de Corea, serían sangrientas, brutales y desastrosas.

Es por ello que no hay buenas opciones. Solo opciones "menos peores": más sanciones; más presión; más diplomacia; más disuasión.

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Estas no son soluciones atractivas. No acapararán los titulares. No darán la gratificación instantánea que da lanzar misiles Tomahawk contra Siria, por ejemplo. Toman tiempo y este es precioso y escaso porque Kim avanza con sus programas. Exigen esfuerzos multilaterales y consenso internacional, y la gente que cree que "Estados Unidos es primero" no tiene paciencia para ello. Exigen la colaboración decidida de China y, a pesar de que la administración de Trump afirme lo contrario, hay pocas pruebas de que la haya.

Pero vale la pena analizarlas al menos porque un ataque preventivo previene únicamente que Corea del Norte lance un misil nuclear contra Estados Unidos o sus aliados, no una guerra.

No me malinterpreten. Si llegáramos al punto de tener que atacar, deberíamos atacar. Esa siempre debería ser una opción, como pasó con Obama y sus predecesores.

Aunque nos preparemos para esa terrible posibilidad, deberíamos agotar todas las vías. Francamente, también deberíamos consolarnos con la idea de que la administración de Trump aparentemente está haciéndolo. A pesar de todas sus bravatas, Trump ha presidido un proceso aparentemente normal, riguroso y deliberado de discusión y debate sobre las soluciones al problema de Corea del Norte.

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El primer viaje que Mattis hizo fue a la región del Pacífico, a donde viajaron el secretario de Estado y el vicepresidente, poco después. Todos ellos afianzaron la confianza de los aliados y los socios de Estados Unidos en que serán firmes y que están comprometidos a lidiar con la amenaza.

Trump llevará a los líderes del Congreso a la Casa Blanca el miércoles 26 de abril para informarles sobre Corea del Norte; el secretario de Estado, Rex Tillerson, viajará a Nueva York el 28 de abril para encabezar una reunión ministerial especial en Naciones Unidas, dedicada a Corea del Norte.

Dos de los primeros visitantes oficiales de Donald Trump fueron el primer ministro de Japón, Shinzo Abe, y el presidente de China, Xi Jinping. De hecho, volvió a hablar con ellos el domingo 23 de abril y le dijo a Xi, según una transcripción de la Casa Blanca, que Estados Unidos y China tienen que "fortalecer la coordinación para lograr la desnuclearización de la península de Corea".

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También tiene razón en eso. El camino a Pyongyang pasa por Beijing. Ningún otro país del mundo tiene tanta influencia en Corea del Norte como China. China también lo sabe, aunque dice que no y teme usarla. No debería permitírseles que sigan siendo irregulares en la implementación de sanciones, aunque afecten la economía de China.

Los chinos quieren estabilidad en la península, así que se han visto bien dispuestos a hacer la vista gorda mientras las importaciones y las exportaciones transitan por esa frontera. Ha sido una tontería. Ahora que Kim es cada vez más intransigente y tiene más capacidades nucleares y que el fantasma del caos y del conflicto acechan la frontera de China, se esperaría que el gobierno chino finalmente se dé cuenta de que el comercio ilícito no era el único problema que tenían mientras miraban al otro lado.

No es probable que Xi no se haya dado cuenta de que Kim disparó un misil tan solo dos días antes de que llegara a Washington. El mensaje era tanto para él como para Estados Unidos. Debe haberle dejado un amargo sabor de boca.

Si los chinos realmente quieren estabilidad, a estas alturas tendrían que saber que no podrán obtenerla ignorando la situación. Tienen que hacer un análisis sesudo de sí y del gobierno norcoreano. Tienen que mirar al sur. Ahora que el portaaviones estadounidense USS Carl Vinson se dirige al norte, parece que a la administración de Trump le va a dar mucho gusto recordárselos.

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Ahí es donde Trump se equivoca. No, no en mover los barcos. Esa es una misión clave de la Armada, servir de disuasión. Hablo de sus propias bravatas al respecto. Debería seguir el ejemplo de su gabinete y del proceso de seguridad nacional que implementó y centrarse en las soluciones, no en las amenazas.

Primero que nada, no queremos asustar a la Corea equivocada. Nuestros aliados surcoreanos han invertido mucho en esta relación como para perderlo si no encontramos una solución pacífica.

En segundo lugar, Kim no es un personaje racional y no está por encima de las exageraciones. Hacer lo que hizo Martin Riggs tal vez sea espectacular, pero esto no es un guión cinematográfico. No puedes ser más loco que Kim Jong Un.

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