OPINIÓN: Ningún acuerdo, el mejor acuerdo que Trump puede alcanzar con Putin

Aun cuando un gran pacto entre Estados Unidos y Rusia es una noción descabellada, un acuerdo exclusivamente centrado en la lucha contra el terrorismo en Siria es al menos imaginable.
Relación  Putin buscará formas de utilizar el empeño de Trump por un acuerdo para legitimar aún más el papel de Rusia como socio principal de Estados Unidos en Siria, aseguran expertos.  (Foto: Reuters)
Aaron David Miller y Richard Sokolsky

Nota del editor: Aaron David Miller es vicepresidente y académico distinguido del Woodrow Wilson International Center for Scholars. Es el autor del libro "The End of Greatness: Why America Can't Have (and Doesn't Want) Another Great President." Miller fue negociador para Oriente Medio de administraciones demócratas y republicanas. Síguelo en @aarondmiller2. Richard Sokolsky es investigador senior no residente del grupo de expertos Carnegie Endowment for International Peace. De 2005 a 2015, fue miembro de la Oficina de Planificación de Políticas del Secretario de Estado. Las opiniones expresadas en este artículo son exclusivas de los autores.

(CNN) - Con dos líderes impredecibles - Vladimir Putin y Donald Trump - y su propensión a asumir riesgos, no hay manera de saber con certeza cuál será el resultado del encuentro bilateral del viernes, paralelo a la cumbre económica del G-20. Estamos muy tentados a concluir que la reunión terminará en nada.

Sin embargo, la combinación única de personalidades, políticas, el deseo aparentemente preternatural de Trump de llegar a algún acuerdo con Putin, y ahora el carácter formal de la reunión, sugieren la posibilidad de un resultado positivo que permita a ambos líderes atribuirse el éxito sin resolver las cuestiones centrales que los dividen.

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Que no nos engañe un comunicado post-cumbre que instaure grupos de trabajo para tratar asuntos pendientes. Las diferencias fundamentales entre Moscú y Washington sobre cuestiones fundamentales casi garantizan que, en el mejor de los casos, éste será un momento transaccional y no transformacional en la relación entre Estados Unidos y Rusia.

La atención del mundo se centra en el irresoluble problema norcoreano, pero los rusos tienen muy poco que ofrecer allí. Hay más motivos para el optimismo en Oriente Medio, donde, al menos en el papel, Washington y Moscú tienen cierta coincidencia de intereses en la lucha contra ISIS. Pero incluso aquí, Trump probablemente sobrestime la utilidad de Putin en esta empresa y subestime los riesgos de tal colaboración.

En vísperas de las elecciones presidenciales de Estados Unidos en noviembre pasado, y por un breve periodo posterior, los expertos especularon que Trump y Putin tratarían de llegar a un gran acuerdo que resolvería todos los problemas globales que los dividían: la seguridad europea, la guerra cibernética, Ucrania, Siria y el control de armas, por nombrar solo algunos.

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Dichas esperanzas, incluso antes de que el "Russiagate" devorara al gobierno de Trump, siempre fueron un sueño inalcanzable. Debido a un alto nivel de desconfianza mutua, conflictos de intereses, objetivos y valores, y la necesidad doméstica de Putin de un ‘ogro’ estadounidense para mantener su apoyo popular, siempre fue disparatado "imaginar un mundo en el que de repente, bajo Trump, nos convertiríamos en socios de los rusos, ya fuera en Ucrania o en cuestiones como Ucrania", como dijo un experto.

Es incluso más descabellado creer que esta cumbre, que se produce en medio de las tribulaciones del presidente ruso, pudiera producir tal avance.

Aun cuando un gran pacto entre Estados Unidos y Rusia es una noción descabellada, un acuerdo exclusivamente centrado en la lucha contra el terrorismo en Siria es al menos imaginable. Después de todo, en el núcleo de las aspiraciones de Trump para mejorar las relaciones entre Estados Unidos y Rusia está una coalición con Rusia contra ISIS para, en sus palabras, "juntos machacar a ISIS".

Putin también llegó rumiar visiones similares de una coalición. Por ejemplo, el año pasado, propuso la formación de una "amplia coalición internacional antiterrorista", no muy distinta a la alianza entre Estados Unidos, la Unión Soviética , Gran Bretaña y otros países que derrotó a Adolf Hitler en la Segunda Guerra Mundial.

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Todos conocemos el anhelo de Trump de lograr que Putin participe en una coalición global para combatir a ISIS. A Putin nada le gustaría más que negociar esa participación a cambio de un levantamiento de las sanciones que pesan sobre Crimea y Ucrania. Pero aunque Trump parece cautivado por la posibilidad de trabajar con Rusia contra ISIS, hay varias razones de peso por las que esa asociación se ha exagerado, vendiéndose como la panacea.

Sin la ayuda de Rusia, Estados Unidos está haciendo un buen trabajo despojando a ISIS de territorio, petróleo, fondos y combatientes, tanto en Siria como en Iraq. De hecho, las ventajas de asociarse con Moscú en el contraterrorismo tienen que sopesarse contra las desventajas de vincular la campaña militar estadounidense con un régimen al que le importa poco causar víctimas civiles indiscriminadas, y tomar en cuenta los numerosos riesgos de compartir inteligencia con Rusia cuando los intereses estadounidenses y rusos en Siria no coinciden.

El nombre de Estados Unidos ya está bastante manchado por su renuncia a actuar militarmente para sacar a Assad. Imaginen cuán bajo caería la credibilidad de Washington si se asociara con Putin, facilitador de las matanzas masivas de Assad. De cualquier forma, Putin ha estado mucho más interesado en apoyar a Assad y en neutralizar a la oposición siria que quiere deshacerse de él que en luchar seriamente contra ISIS.

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Mucho más importante para el encuentro es si los dos líderes avanzarán en el entendimiento mutuo y la acción conjunta en cuanto a Siria. Putin ha demostrado que puede manipular un proceso diplomático con Estados Unidos como tapadera para llevar a cabo sus fines (las negociaciones sobre Siria en Ginebra bajo tutela de la ONU). Esos fines incluyen asegurar y expandir bases, bloquear el uso de la fuerza estadounidense para eliminar a un régimen, elevar el estatus de Rusia y mantener a Assad en el poder.

Barack Obama y John Kerry consintieron este juego con la esperanza de detener la matanza. ¿Pueden imaginar lo vulnerable que quedaría Trump, dada su falta de interés en el futuro de Siria o en la salida de Assad, si cayera en la misma jugada?

Putin buscará formas de utilizar el empeño de Trump por un acuerdo para legitimar aún más el papel de Rusia como socio principal de Estados Unidos en Siria, e intentará persuadir a Trump de que la mejor manera de estabilizar Siria es trabajar con Rusia y, por asociación, con Assad. Incluso podría ofrecer como incentivo la posibilidad de reprimir el uso de armas químicas por parte de Assad o una transición política a una Siria sin Assad.

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A diferencia de las cuestiones de Ucrania, Crimea, la seguridad europea, las armas nucleares y el hackeo ruso, Siria, bajo determinadas circunstancias, podría representar un área de posible cooperación. Pero por ahora, un conflicto congelado le viene bien a Putin, siempre y cuando pueda manejar a Trump y pueda asegurarse de que Trump nunca considere seriamente desafiar a Assad, y mucho menos trate de apartarlo del poder.

Putin no es un admirador del dictador sirio, cuya imprudencia ha puesto a prueba su paciencia en más de una ocasión. Pero por ahora, Assad sigue siendo un activo útil para Moscú.

Tal vez el encuentro bilateral en Hamburgo produzca algún acuerdo y Estados Unidos pueda beneficiarse de un resultado en el que los intereses estadounidenses y rusos estén representados.

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Y por eso, al final, la reunión que mejor sirva a los intereses estadounidenses no sería una reunión sobre algo (una cumbre en la que Trump abandone los intereses y principios de Estados Unidos en aras de alcanzar un acuerdo) sino una reunión sobre nada.

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De hecho, sin importar lo que crea el autor de "El arte de la negociación" y el autoproclamado mejor negociador del mundo, es preferible, por mucho, ningún acuerdo, a un acuerdo malo.

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