OPINIÓN: El error que Trump cometió en su reunión con Putin

En el marco de la cumbre del G20 realizada en Hamburgo, los presidentes de Estados Unidos y de Rusia acordaron no inmiscuirse en los asuntos del otro.
Cumbre del G20 en Hamburgo  La primera reunión entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia duro más de dos horas y hablaron de temas polémicos como la presunta interferencia de Rusia en las pasadas elecciones de EU.  (Foto: Expansión)
Edward Lucas

Nota del editor: Edward Lucas es editor en jefe de The Economist; fue director de la oficina de la publicación en Moscú entre 1998 y 2002. También es vicepresidente sénior del Centro para el Análisis de las Políticas Europeas, un grupo de estudios en Washington. Las opiniones en esta columna pertenecen exclusivamente al autor.

(CNN) — El primer día de la cumbre del G20 en Hamburgo llamó la atención porque se llevó a cabo la primera reunión de Donald Trump con Vladimir Putin y por la intensidad de las protestas.

Sería lindo pensar que los manifestantes estaban particularmente irritados por ver el encuentro de dos líderes autócratas que odian a la prensa y que tienen dudosos contactos de negocios. Tristemente, la reunión de Trump con Putin es secundaria en lo que concierne al movimiento antiglobalización. Ellos se oponen al G20 en general y consideran que la cumbre es el máximo ejemplo de un sistema mundial basado en un modelo económico voraz a cargo de élites que no rinden cuentas.

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Mientras recuperan el aliento tras haber atacado a la policía y quemado varias cosas, los manifestantes debieron pensar cómo les iría si la cumbre se hubiera llevado a cabo en Moscú o en Beijing. Las democracias occidentales tienen muchos defectos, pero permiten las protestas pacíficas. Rusia (y China) tratan a la disidencia con mucha más dureza.

A los manifestantes les irrita mucho el imperialismo. Sin embargo, los imperialistas más grandes del G20 no son los países occidentales, sino los líderes de Rusia y de China. El Partido Comunista de Xi Jinping ocupa el Tíbet (y el Turquestán Oriental y el centro de Mongolia). El Kremlin del Sr. Putin ha aplastado salvajemente a los chechenos y tiene una política chauvinista que da prioridad a los rusos en repúblicas de la Federación Rusa como Tartaristán, Baskortostán, Mari-El y Komi. Dudo que los manifestantes siquiera hayan oído hablar de esos lugares.

También es raro que los manifestantes odien a Donald Trump, ya que sienten el mismo desdén por el sistema de comercio mundial. Es cierto que no están de acuerdo respecto a la naturaleza de la injusticia, ya que a Trump no le gustan las reglas del orden internacional porque cree que son injustas para Estados Unidos, el país más importante y rico del mundo, mientras que los manifestantes se oponen al sistema porque perjudica a los países pobres. Pero eso es secundario.

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La reunión entre Trump y Putin duró más de lo esperado (dos horas y media en vez de los 30 minutos que se esperaban). Aparentemente, es una buena noticia, pero yo no estoy de acuerdo. Media hora era más que suficiente para transmitir los mensajes necesarios, algo así como "Sr. Putin, sabemos qué está tramando. Deténgase". Si hubiera sido necesario entrar en más detalles, podría haberse dicho algo como: "Sabemos en dónde guardan su dinero usted y sus cómplices. Si quieren volver a verlo, déjennos en paz".

Sin embargo, parece que Trump decidió tratar a Putin como su igual. Este fue un grave error. La población de Rusia es de menos de la mitad de la de Estados Unidos. Su PIB es menor que el de un estado grande de Estados Unidos. Es cierto que tienen muchas armas nucleares, pero la mayoría son obsoletas. La modernización de los sistemas de defensa de Rusia es ambiciosa, pero se están quedando sin dinero. La única ventaja verdadera de Rusia es que Putin puede actuar rápido (y hay quien cree que temerariamente) en cuestiones de política exterior, como se demuestra con la invasión de Ucrania y el respaldo al régimen sirio.

Sin embargo, en la reunión bilateral, los líderes se encontraron como iguales. A cada uno lo acompañó solo un ministro del Exterior (Serguéi Lavrov, de Rusia, y Rex Tillerson, de Estados Unidos). Eso fue raro. Estados Unidos tiene gran experiencia en Rusia, pero Trump la desdeña. Tillerson es un petrolero capaz, pero es inexperto en cuestiones diplomáticas. Los rusos, según mis cálculos, tienen 62 años de experiencia entre los dos; los estadounidenses tienen poco menos de un año.

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A Trump, quien está bajo fuego en casa por muchos errores y defectos, le encanta que lo adulen. Disfrutó la recepción que le organizaron en Varsovia, en donde dio un discurso incoherente y grandilocuente sobre la civilización occidental (el punto más importante: no dejen que la gente abuse de ustedes).

Ahora, logró reunirse con Putin, lo que podría considerarse un gran avance diplomático. El líder del Kremlin le juró que Rusia no se había inmiscuido en la política estadounidense. Trump dudó de esas afirmaciones pero las aceptó. Ambos países cooperarían en un proyecto indefinido sobre seguridad cibernética y seguirán hablando sobre Ucrania y Siria.

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Esta no es la "gran negociación" que los europeos temían hace seis meses: que Trump abandonara la OTAN a cambio de la ayuda de Rusia en otras cuestiones problemáticas. Dudo mucho que al gobierno de Trump se le haga más fácil avanzar con Rusia ahora. ¿Recuerdan el "borrón y cuenta nueva" o la comisión Gore-Chernomirdin?

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Pero no deja de ser preocupante. Una parte particularmente inquietante del aparente acuerdo es que sus países no se meterán en los asuntos del otro. Eso deja a Estados Unidos y a Rusia en el mismo plano moral. Grave error: los esfuerzos de Occidente por promover la democracia en Rusia (ayudando a la sociedad civil a vigilar las elecciones para evitar que estén arregladas, por ejemplo) no son lo mismo que usar ciberataques para robar y filtrar correos electrónicos privados con el fin de mancillar a los políticos y sembrar la desconfianza y la discordia, como lo ha hecho Rusia.

Entre todo el bullicio que reinó en Hamburgo, el punto real es que las democracias occidentales se enfrentan al gran desafío que representan las muchas combinaciones de capitalismo clientelista, autoritario y populista. Rusia y China son los peores ejemplos; Turquía va por ese camino y Hungría, Polonia y Filipinas están en la misma órbita.

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Del otro lado están Angela Merkel y Emmanuel Macron, junto con Justin Trudeau y otros líderes occidentales que defienden y reviven el orden liberal occidental. Los manifestantes de Hamburgo estuvieron incendiando la ciudad mientras el mundo que los protege estuvo a punto de estallar.

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