OPINIÓN: Alemania tiene un sucio secreto climático

El sucio secreto de Alemania apunta a la inevitable conclusión de que las energías renovables no son suficientes por sí solas para vencer el calentamiento global, opina Paul Hockenos.
Alemania  El país tiene más centrales de carbón que cualquier otro país de la Unión Europea.  (Foto: Expansión)
Paul Hockenos

Nota del editor: Paul Hockenos es un escritor establecido en Berlín, autor de varios libros sobre Europa, siendo el más reciente Berlin Calling: A Story of Anarchy, Music, the Wall and the Birth of the New Berlin. Las opiniones expresadas esta columna son exclusivas de su autor.

(CNN) — A la canciller alemana Angela Merkel suelen llamarla la "canciller del clima" por su apasionada postura en defensa del clima, que ha incluido el forcejeo en la materia con naciones rezagadas en Europa y más allá, como quedó demostrado en la cumbre del G20 en Hamburgo a principios de este mes.

Durante sus tres mandatos en el cargo ha liderado la transición energética de Alemania o Energiewende, una apuesta que ha aumentado sustancialmente la presencia de las energías renovables de modo que hoy éstas representan un tercio del suministro eléctrico del país, y producen un asombroso 85% de la electricidad en días especialmente soleados y con viento.

Pero la historia de éxito de Alemania tiene un lado oscuro que generalmente se pasa por alto en medio de tanto bombo y platillo. Sus emisiones de gases de efecto invernadero no han disminuido significativamente desde 2009, se han estancado en alrededor de 900 millones de toneladas anuales de dióxido de carbono: la cifra más alta de Europa con diferencia. (Las de Francia, por ejemplo, son menos de la mitad).

Todos los días en Alemania entran en servicio más renovables, impulsadas en últimas fechas por la poderosa contribución de una nueva flota de turbinas eólicas de última generación en el Mar del Norte y el Mar Báltico. Y el objetivo completamente factible del gobierno es que al menos el 60% de toda la energía, incluyendo la calefacción y el transporte, sea verde para el 2050.

Pero las emisiones, tercamente, se niegan a moverse. De hecho, Alemania corre el riesgo de no cumplir sus objetivos de emisiones para 2020 o 2030, esas metas que quiere que otros países adopten.

Si ni Alemania puede cumplir con sus obligaciones, el objetivo internacional fijado en la cumbre climática de París de 2015 de mantener el aumento de las temperaturas globales por debajo de los dos grados centígrados simplemente no es realista.

El sucio secreto de Alemania apunta a la inevitable conclusión de que las energías renovables no son suficientes por sí solas para vencer el calentamiento global.

Existen otros frentes igualmente críticos en la batalla para detener las crecientes temperaturas en todo el mundo, como la eliminación progresiva del carbón, la tarificación de las emisiones de carbono, la reducción del consumo y la reforma de nuestros sistemas de transporte. En estas áreas, Alemania deja mucho que desear, no es el pionero que podría ser.

Berlín, sin embargo, no es el único que no ha logrado reducir las emisiones o que vive con la ilusión de que más paneles solares, plantas hidroeléctricas y turbinas eólicas resolverán el problema al tiempo que estimulan una industria en auge que genera empleos e ingresos.

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Alemania, y otros también, pueden comenzar a corregir este flagrante déficit en la política climática agarrando al toro por los cuernos y yendo a la fuente del problema: las emisiones de gases de efecto invernadero. El Acuerdo de París dio un paso crucial en esta dirección estableciendo objetivos de emisiones para sectores individuales, como la energía, el transporte, la agricultura y la industria.

No hay mejor lugar para empezar que el carbón. Alemania tiene más centrales de carbón que cualquier otro país de la Unión Europea.

El sector eléctrico alemán, más dependiente del carbón que de las energías renovables, representa más de un tercio de las emisiones de carbono de la nación. Alemania podría poner fin a los subsidios a la industria y, como defiende el Partido Verde, comprometerse a eliminar completamente el carbón para 2030. Pero hasta ahora, las autoridades de Berlín ni siquiera han detenido la construcción de nuevas plantas de carbón (aunque están cerrando las más antiguas).

La resistencia a una medida como esa no se da solo en los cabilderos de la industria que presionan desde los partidos conservadores, como los demócrata-cristianos de Merkel, también viene desde el mayor partido de izquierda de Alemania, los socialdemócratas (SPD, por sus siglas en alemán), que temen la pérdida de empleos en las regiones que históricamente han votado por el SPD.

Las emisiones de carbono siguen aumentando en el sector transporte europeo, con Alemania a la cabeza, los principales culpables son los vehículos diésel, los coches de lujo y el transporte de mercancías por carretera. Alemania protege y mima a su industria automotriz de clase mundial, que ha sido extremadamente lenta para adoptar alternativas al motor de combustión. A pesar de las nuevas líneas de automóviles eléctricos -mucho después de que Tesla y otros fabricantes extranjeros avanzaran en ese frente- los alemanes siguen aferrados a sus grandes devoradores de gasolina.

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Justo la semana pasada, el poderoso grupo cabildero Asociación Alemana de la Industria Automotriz (VDA, por sus siglas en alemán), emitió un comunicado titulado "Prohibir los motores de combustión es el camino equivocado", donde argumenta que priorizar la movilidad alternativa y baja en carbono por encima de los automóviles convencionales es injusto y perjudicial para la industria germana.

Berlín ha intervenido incluso a nivel de la Unión Europea para rebajar las regulaciones dirigidas a disminuir las emisiones de automóviles. Nada ilustra mejor la actitud de la industria que el escándalo que envolvió a VW y otras automotrices por engañar en las pruebas de emisiones diésel, ante lo cual el gobierno alemán hizo la vista gorda al principio y todavía le está dando largas al asunto.

La opción de fijar fuertes precios o tarifas a las emisiones industriales, la quema de carbón y los automóviles que contaminan mucho es una manera de avanzar. Existen sistemas punitivos de tarificación actualmente en vigor, pero el costo para los contaminadores es demasiado bajo como para ser un elemento de disuasión real.

El esquema de comercio de derechos de emisión de la Unión Europea, un sistema basado en límites máximos e intercambios comerciales (cap-and-trade) para regular la contaminación industrial, no ha funcionado por años. Ponerlo en pie sería un paso decisivo para hacer pagar a los emisores, proporcionando motivación en dinero para reducir el uso de energía y cambiar a las energías renovables.

Por último, Alemania y el resto del mundo desarrollado tienen que examinar críticamente los niveles de consumo de sus sociedades. El actual volumen de consumo mundial y crecimiento económico es insostenible a medida que nuestra población se expande, un hecho en el que coinciden la mayoría de los economistas y los científicos del clima. Pero la mayoría de los políticos tampoco enfrentarán este hecho o serán medrosos para abordarlo públicamente, temiendo una reacción negativa de los votantes si se les pide reajustar su estilo de vida.

Es posible que Alemania no sea líder del mundo libre, como a veces se afirma, pero es líder de Europa y podría ser pionera en la protección del clima como lo es en la energía renovable a escala mundial. Pero primero tiene que ser creíble, esforzándose mucho más en casa. Seguramente otros la sigan, como lo hacen en el campo de las energías renovables.

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