El embarazo vuelve ‘súper poderosas’ a las mujeres

Por: Pablo Correa

Mientras el vientre crece, una tormenta de neuroquímicos y hormonas prepara al cerebro para garantizar la continuidad de la especie humana

La más ardua tarea

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Muchas mujeres comparten la idea de que el embarazo entorpece el cerebro y la vida intelectual, pero la ciencia no parece dispuesta a darles la razón.

La evidencia recabada apunta a que, mientras el vientre crece, una sorprendente transformación tiene lugar tras bambalinas. Un baño de neuroquímicos y hormonas remodela zonas del cerebro y prepara a la mujer para la más ardua de las tareas: garantizar la continuidad de la especie humana en un mundo hostil.

Los antojos quizá sean la señal más evidente de los cambios en marcha, junto con los dolores de cabeza y las alteraciones repentinas de humor.

Rebecca Pearson, de la Unidad Académica de Psiquiatría de la Universidad de Bristol, en Inglaterra, ofrece algunas explicaciones para los misteriosos caprichos.

“Es posible que los antojos sean un reflejo del desarrollo del cerebro materno o del incremento de la sensibilidad emocional”, señala. Algunos también sugieren que la preferencia hacia ciertos alimentos ocurre para proteger al feto y proveerlo de los nutrientes que necesita.

Pero eso es apenas una muestra externa de lo que ocurre en el interior de una mujer embarazada.

Sensibilidad femenina

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Rebecca Pearson, de la Universidad de Bristol, ha dedicado parte de su carrera a develar los secretos de la mente durante el embarazo.

En septiembre de 2009 publicó en la revista Hormones and Behavior los resultados de un estudio en el que se comprobó cómo, a medida que avanza el embarazo, las madres incrementan su sensibilidad emocional y agudizan sus sentidos para leer gestos en los rostros de otras personas.

Junto a su equipo, comparó a 101 mujeres durante las primeras etapas de gestación con un grupo similar pero en etapas más tardías. “Encontramos que las mujeres en etapas más avanzadas puntuaban más alto a la hora de decodificar expresiones de amenaza como miedo, rabia o disgusto”, comenta.

¿Cuál es el fin de tales cambios? Pearson piensa en el viejo Charles Darwin; cree que esta habilidad es una respuesta evolutiva que prepara a las mujeres para proteger y responder a las demandas de su cría. La rapidez para leer señales de miedo (una amenaza visible), disgusto (amenaza ambiental) y rabia (amenaza física directa) les permite reaccionar con anticipación a los peligros.

También las hace tremendamente hábiles para entender y reaccionar ante el lenguaje no verbal de un bebé.

Sopa de hormonas

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“La investigación indica que las dramáticas fluctuaciones hormonales que ocurren durante el embarazo, el nacimiento y la lactancia remodelan el cerebro, aumentan de tamaño neuronas de ciertas regiones y producen cambios en otras”, concluyeron Kelly Lambert, del departamento de Psicología del Colegio Randolph-Macon, y su colega Craig H. Kinsley, del Centro para la Neurociencia de la Universidad de Richmond.

Ambos investigadores analizaron la evidencia extraída tanto de experimentos con roedores como de observaciones en humanos.

Es un hecho comprobado que el estrógeno y la progesterona (hormonas femeninas), y el cortisol (la hormona del estrés), aumentan en el curso de la gestación.

En 1940, Frank A. Beach, de la Universidad de Yale, en Connecticut, comprobó que el estrógeno y la progesterona regulaban respuestas como la agresión y la sexualidad en ratas, hamsters, gatos y perros.

Más tarde, hacia 1984, el doctor en endocrinología Robert S. Bridges, de la Escuela Cummings de Medicina Veterinaria de la Universidad de Tufts, en Massachusetts, confirmó que estas mismas hormonas determinaban el comportamiento maternal, un concepto que engloba modulaciones en la voz, un afecto positivo, una tendencia a socializar, una agudeza en sentidos como el olfato y el oído, una tolerancia al estrés, así como el vínculo cariñoso hacia la nueva criatura.

El mismo Bridges sumó otra hormona a este coctel: la prolactina, responsable de la lactancia.

'Las mamás no nacen, se hacen'

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El engranaje hormonal parecía completo hasta que Alan R. Gintzler, profesor de bioquímica de la Universidad de Nueva York, habló sobre la importancia de las endorfinas. La naturaleza no podía ser tan cruel en cargar de tantas molestias a la futura madre, debía proveerle algo de alivio.

Las endorfinas son producidas por la glándula pituitaria, escondida en la base del cerebro y su vecino el hipotálamo, y al ser liberadas al torrente sanguíneo funcionan como un potente analgésico natural.

“Toda la información recopilada demuestra que la regulación del comportamiento maternal requiere la coordinación de muchas hormonas y sistemas neuroquímicos y el cerebro femenino es exquisitamente sensible a estos cambios”, apunta Lambert, y concluye: “Las mamás no nacen, se hacen”.

Son varios los cambios estructurales identificados por los neurobiólogos para explicar las nuevas habilidades. Una de las áreas en las que se han observado alteraciones es el área preóptica medial, en la base del cráneo.

Michael y Marilyn Numan, del Boston College (EU), probaron que al provocar una lesión o inyectar morfina en esta región se interrumpía el desarrollo del comportamiento maternal.

También hay cambios en el hipocampo, una zona relacionada con el control del aprendizaje y la memoria; también forma parte de los circuitos emocionales.

Los centros neurológicos que controlan los sentidos también se ven afectados.

Mamás ratonas

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En esta pesquisa de los cambios que vive el cerebro de las madres, los experimentos de laboratorio con roedores han resultado cruciales.

Los ratones son una especie ideal para la investigación pues el humano comparte con ellos mucho más de lo que la mayoría imagina: sólo 14 genes de los ratones no se encuentran en los humanos, y los cerca de 700 más que conforman su ADN son similares a los nuestros.

Esto permite pensar que hay una correspondencia con las observaciones que se hacen en las ratas de laboratorio.

Naomi Hester, Natalie Karp y Angela Orthmeyer, del Laboratorio Craig Kinsley, en la Universidad de Richmond, hallaron que a las ratas vírgenes les tomaba en promedio unos 270 segundos encontrar un trozo de alimento escondido en un laberinto, mientras que a las que eran madres lactantes, alrededor de 50 segundos.

Al otro lado del Atlántico, el investigador alemán Inga Neumann ha documentado una vez tras otra que las ratas embarazadas y lactantes sufren menos miedo y ansiedad en pruebas de riesgo como nadar.

Los altos niveles de la hormona del estrés, el cortisol, que también corre en altas dosis por las venas de las madres humanas, serían las responsables de esta repentina valentía.

Los súper poderes de mamá

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¿Significa esto que las madres embarazadas son mejores en el trabajo que sus compañeras que no lo están? Katherine Ellison, autora del best-seller “La inteligencia maternal” y ganadora de un Pulitzer, no tiene dudas al respecto.

Luego de entrevistar a diversos neurocientíficos así como a gerentes y empleadores resumió en cinco las ventajas de las futuras madres: son más perceptivas, más eficientes para las tareas múltiples, mejores para combatir el estrés, tienen una motivación más alta, y su inteligencia emocional para interactuar con los demás es mayor.

Autumn Marie Klein, especialista en neurofisiología del Hospital Brigham y de la Mujer, afiliado a la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, no sólo ha explorado éstos y otros cambios en el laboratorio. También lo ha hecho en su propio cuerpo durante sus tres embarazos.

“Se trata de un estado de alto estrés, mucha ansiedad, con cambios de imagen físicos y emocionales”. Estos cambios no terminan con el parto, por el contrario, la etapa que sigue al nacimiento del bebé es tanto o más intensa que las precedentes.

Las tasas de depresión, por ejemplo, aumentan en este periodo, y en mujeres con trastornos neurológicos, como la epilepsia o la depresión, ésta puede afectar a una de cada dos. El riesgo se prolonga hasta por un año.

Una lactancia adictiva

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Joan Morrel, de la Universidad de Rutgers, ha llegado a comparar el poderoso efecto del periodo posparto, en el que comienza la lactancia, con el de una adicción.

Como muchos otros de sus colegas, ha sugerido que el recién nacido posee la misma capacidad que las hormonas femeninas para gatillar el comportamiento maternal.

Cuando dio la oportunidad a un grupo de ratas embarazadas de escoger entre una dosis de cocaína y hacerse cargo de unas crías recién nacidas, la mayoría se inclinó por la segunda opción.

Como una explicación a este fenómeno, Kelly Lambert recuerda que al succionar los pezones de las madres, los hijos estimulan la secrección de pequeñas cantidades de endorfinas, los analgésicos naturales que resultan tan apetitosos para las neuronas como los opiáceos por la sensación de placer que liberan.

También se libera oxitocina, la famosa hormona del “amor”, bautizada por otros como la “molécula de la confianza” e involucrada en el reconocimiento y establecimiento de relaciones sociales.

La otra cara de la moneda de la remodelación cerebral son los riesgos de trastornos neuropsiquiátricos. Fernando López Munguía, presidente de la Asociación Psiquiátrica Mexicana, recuerda que la depresión en el embarazo y el posparto se relaciona con alteraciones hormonales.

La ventaja del embarazo tardío

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La pregunta sobre la mesa es cuánto tiempo duran los cambios en el cerebro.

“Creo que ningún investigador tiene una respuesta adecuada”, comenta la neuróloga Klein. Algunos de sus colegas aseguran que a las madres les toma entre seis y ocho semanas después del parto regresar a la normalidad.

Ella no cree que esto sea cierto y ese periodo podría extenderse hasta por un año.

Por otra parte, parece existir una recompensa extra para las madres. En algunos estudios, como el “New England Centenarian Study” que condujo Thomas Perls, de la Universidad de Boston, se encontró que las mujeres que se embarazaron cerca de los 40 años tenían cuatro veces más posibilidades de vivir hasta los 100 años que las embarazadas más jóvenes.

Perls sugirió que el aumento en la posibilidad de sobrevida podría deberse a que el embarazo tardío retrasaba el ritmo del envejecimiento.

Otros neurocientíficos creen que el embarazo y la experiencia maternal en estas mujeres repotencia sus cerebros en un periodo crucial en el que la producción de hormonas comienza a bajar por cuenta de la cercanía a la menopausia.