Las drogas en tu cerebro: sensaciones aumentadas y daños irreversibles

La sensación producida por las drogas es uno de los estímulos más intensos en el cerebro y rebasa al placer generado por el sexo o la comida
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Por: Aline Juárez
Autor: Aline Juárez | Otra fuente: CNNMéxico
(CNNMéxico) -

El consumo de drogas intensifica entre 10 y 300 veces la sensación de placer experimentada al comer un rico platillo o tener sexo; sin embargo, el abuso de estas sustancias inhibe el deseo de alimentarse o hacer el amor. Además, puede producir pérdida de materia cerebral y alteraciones en la memoria, motricidad y comunicación neuronal, señalan expertos.

Cuando Daniel, adicto a la marihuana desde los 26 años, le dio el jalón al primer churro (cigarro de marihuana), experimentó un estado de relajación totalmente novedosa para él. Al principio, con medio porro, obtenía un efecto que se prolongaba de cinco o seis horas, pero conforme empezó a fumar más, llegó a encender uno tras otro durante días enteros, el nivel de las sensaciones comenzó a bajar. “Al principio me daba sueño, cansancio; mi cerebro trabajaba a mil”.

El artista plástico de 31 años relata que incluso hubo una semana en la que sólo vivió de marihuana y cafeína. “No salí a ningún lado, me dediqué a ambas sustancias y nada más. Eso me provocó un estrés indescriptible y un insomnio desaforado. Fue brutal, a nadie se lo deseo”.

Consumir hasta que duela

Consumir drogas activa el sistema de motivación-recompensa (ubicado en el cerebro) y provoca en el individuo un placer hasta 300 veces mayor en comparación con otras actividades gratificantes, asegura Lydia Barragán Torres, responsable del Programa de Satisfactores Cotidianos para Usuarios con Dependencia a Sustancias Adictivas de la Facultad de Psicología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).    

Este hábito puede hacer que una práctica antes placentera pierda lustre ante la posibilidad de estar en el viaje, lo que merma la motivación del individuo para realizar otras cosas.

Por otro lado, dice, este hábito afecta la transferencia de información entre neuronas, conocida como sinapsis. Cuando la sustancia adictiva se adhiere a los tejidos grasos produce lesiones en la estructura de la membrana de estas células cerebrales e, inclusive, su muerte. Además, la velocidad de transmisión de datos disminuye.

Cuando los enervantes entran al cerebro y activan el sistema de motivación-recompensa, las neuronas liberan diversas sustancias, señala Oscar Prospero García, del departamento de Fisiología de la Facultad de Medicina de la UNAM y miembro del Sistema Nacional de Investigadores (SNI).

Cuando una persona tiene ganas de comer o tener sexo, se libera dopamina (neurotransmisor relacionado con los mecanismos de recompensa en el cerebro). Cuando obtiene lo que desea aparecen endocannabinoides y endorfinas, encargadas de producir placer. La droga produce esa misma sensación, pero potenciada”.

Un adicto a la cocaína o heroína no quiere saber de otra cosa que no sea drogarse, pues éstas elevan cualquier sensación a tal grado, que hacen que estímulos naturales, como el orgasmo, palidezcan, apunta el especialista.

“Estas sustancias provocan una sensación subjetiva de placer; por eso, si estimulamos eléctricamente el sistema de motivación-recompensa de una persona, para gozar ésta no tendría otra cosa más que hacer que presionar un interruptor, y esto no es ciencia ficción.

“En el laboratorio a mi cargo experimentamos con animales para confirmar esta hipótesis y, para ello, enseñamos a ratas a oprimir voluntariamente un botón que proporciona un choque eléctrico que produce gratificación. Así, el animal se queda horas, e incluso días, sin comer, dormir o beber, pues experimenta una sensación tan agradable como un orgasmo”, explica el científico.

Daños irreversibles

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a las drogas como sustancias que, introducidas en el organismo por cualquier vía, producen una alteración del funcionamiento natural del sistema nervioso central del individuo y pueden crear dependencia psicológica, física o ambas.

Lydia Barragán destaca que su consumo afecta, daña y lesiona diferentes partes del cerebro, como la zona frontal y temporal. La primera regula funciones como la atención, la memoria, la concentración e incluso la generación de ideas y toma de decisiones. La segunda se encarga de la comprensión y creación del lenguaje, memoria a largo plazo y el reconocimiento físico de las personas.

La investigadora explica que el volumen de la masa cerebral puede disminuir según la sustancia, cantidad administrada y características de cada persona. “Hay organismos no se recuperan ni reponen, y hasta pueden morir en su primer consumo”.

Los movimientos y el equilibrio se ven deteriorados y los reflejos se vuelven lentos, lo que expone a los consumidores a accidentes, caídas, movilidad agitada o acelerada, temblor de manos y cuerpo, e incluso convulsiones.

Silvia Cruz Martín del Campo, adscrita al Departamento de Farmacobiología del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, coincide en que los efectos dañinos dependen de diferentes variables (sustancia inhalada, cantidad usada, tiempo de consumo y susceptibilidad individual). Sin embargo, el riesgo aumenta mientras más jóvenes son los consumidores, ya que el sistema nervioso en desarrollo es más vulnerable a los efectos de sustancias tóxicas en general.

Las consecuencias graves se perciben a largo plazo, pues si bien no producen un daño visible en el cerebro, sí causan un problema funcional, alerta el especialista de la Facultad de Medicina de la UNAM, Prospero García.

Daniel, quien pronto ingresará a la licenciatura de Antropología Social, ha probado todo tipo de estupefacientes: cocaína, LSD, tachas, éxtasis, peyote y hongos, “pero lo mío es la marihuana”.

Al principio no le dio importancia a las consecuencias de su adicción; sin embargo, con el tiempo comenzó a notar una disminución en su memoria. “A veces no recuerdo cosas o eventos; además, drogarte te lleva a aislarte o ensimismarte”.

Al respecto, Prospero explica que el cerebro es propenso a la adicción: “Si alguien prueba la cocaína para experimentar y no se enganchó no es porque sea diferente a quien sí lo hizo, sino que ciertos sucesos en el pasado hacen más vulnerables a algunas personas”.

El universitario se dio a la tarea de identificar las causas por las que muchas personas generan dependencia. Para ello, en su laboratorio cuenta con un modelo experimental en el que expone a ratas recién nacidas a estrés temprano.

“Dividimos un grupo de roedores. A unos las alejamos de su madre tres horas diarias, por un periodo de 15 días, mientras que el resto pasó todo el día con su progenitora. Cuando llegaron a la etapa adulta nos dimos cuenta de que los primeros consumían mayores cantidades de alcohol en comparación con los que no fueron separados de sus madres”.

Este modelo demuestra que un evento de este tipo durante los primeros años de vida tiene relación con la predisposición a la dependencia. “Si bien no es el único factor, sí hay relación entre la vulnerabilidad y la adicción”.

Daniel relata que comenzó a consumir marihuana a los 26 años, práctica que compartía con su novia. Cuando ella terminó la relación, él continuó usándola. “Primero era un enlace entre nosotros, más que una adicción era algo espiritual que compartíamos, pero cuando se fue, drogarse ayudaba a evadir el abandono que sentía”.

Lydia Barragán, también responsable del programa de Prevención de Recaídas del Centro de Prevención de Adicciones de la Facultad de Psicología, expuso que los enervantes alteran las emociones. “Los usuarios pasan de un estado de mucho placer a la depresión; experimentan sentimientos de autorreproche, culpa e inseguridad, y en ocasiones contemplan el suicidio”.

A decir de la especialista, dominan pensamientos negativos y se presentan ciclos de ansiedad que puede llegar a crisis de angustia, sea por la necesidad de consumir estupefacientes o por no funcionar al 100%.

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