Tokio, su historia en concreto

Tokio inunda tus sentidos. Adina Chelminsky se dio a la tarea de descubrir la historia que cuenta la arquitectura de esta urbe, siempre diferente al resto: más nítida, más definida, más Hi-Def.
Adina Chelminsky

La realidad es más real en Tokio. Lo primero que notas cuando arribas a la ciudad es que cada imagen, cada cuadro visual, parece tener mayor número de pixeles por centímetro cuadrado.

Todo parece más nítido, los detalles más claros, los colores más brillantes, las líneas más impactantes. Mientras que otras grandes metrópolis del mundo están construidas en formato tradicional, Tokio es una ciudad Hi- Def. ¿Cómo empezar a entender una urbe que estimula y desborda todos tus sentidos? ¿Cómo encontrar el verdadero sabor de una ciudad tan igual al resto pero tan diferente a lo que estamos acostumbrados, con tanta gente y tanto movimiento? La respuesta está en lo único que no se mueve: su arquitectura.

Más allá de tendencias estéticas, las casas, los edificios, los puentes y calles, los auditorios y hasta las tiendas que pueblan las banquetas, cuentan la historia política, económica y social de un lugar. Y en ese sentido, Tokio es un verdadero museo arquitectónico. Quinientos años de historia oriental están expuestos en sus banquetas; desde los edificios tradicionales de la época de los shogunes (señores feudales) hasta lo que promete ser la arquitectura del siglo XXII.

Si hay un complejo que resume y explica perfectamente el estilo arquitectónico de Tokio, y por lo tanto el lugar ideal para empezar el recorrido, es el Museo Nacional en Ueno, el más antiguo y extenso de Japón que alberga más de 110,000 objetos arqueológicos y artísticos.

Sin embargo, más allá de lo que hay dentro de las salas y las vitrinas, es el espacio exterior lo que cuenta la historia. Construcciones típicas del periodo Edo con sus techos de pagoda y sus gárgolas religiosas (la Casa del Té, el Kuromon y la bodega de Azekura) conviven con edificios de mármol de corte puramente francés (Honkan y Hyokeikan, las galerías japonesa y asiática, respectivamente), y con edificaciones hiper-modernas de concreto y acero, limpias y minimalistas (Toyokan, Heiseikan y Horyuji, las salas de arte asiático, arqueología y la de tesoros). Diferentes edificios, cada uno construido en otro momento del tiempo, en estilos radicalmente distintos pero que, de una manera extraña, combinan perfectamente bien. Es más, sería imposible imaginar uno sin el otro.

El gusto japonés es esta mezcla de estilos opuestos pero visualmente complementarios y es lo que hace la arquitectura de Tokio tan rica y polifacética. Es un estilo que resume, en buena parte, el carácter japonés moderno. Al acabar la Segunda Guerra Mundial (y en medio del análisis de conciencia y replanteamiento de objetivos que vivió el país) una de las cuestiones que se discutió fue ¿Cuál es este “gusto japonés”? Esto podría haber parecido una pregunta menor entre las otras miles que debían ser respondidas, pero no lo era. En su respuesta se encontraba la base bajo la cual Tokio, virtualmente destruida por los bombardeos aliados, iba a ser reconstruida y tenía que estar dada con base en las necesidades físicas de la ciudad y en la nueva mentalidad que se gestaba en el país. Una mentalidad que deseaba ser parte de Occidente sin olvidar sus raíces.

Quizá el arquitecto que primero encontró el camino fue Kenzo Tange, quien por primera vez incorporó a la arquitectura “occidental” elementos de la ideología japonesa. Bajo su lápiz, que diseñó más de 50 años, se construyeron edificios que, hasta el día de hoy, siguen siendo los más emblemáticos de la ciudad: la Catedral de Tokio, el Gimnasio Olímpico, el edificio de gobierno de Tokio y las oficinas de Fuji (sus trabajos lo hicieron merecedor al premio Pritzker, el Nobel de la arquitectura).

Tange, sus alumnos y sus contemporáneos, lograron incorporar al modernismo y posmodernismo arquitectónicos dos aspectos centrales de la filosofía japonesa y de su manera de relacionarse con el mundo. No importa el estilo del edificio o los materiales que se usaran en su construcción, estos elementos siempre deberían estar presentes. Primero, resaltar la importancia de la naturaleza; ya sea mediante materiales tradicionales, como bambú y agua, o al incorporar jardines en los espacios más improbables (techos, paredes, recovecos) o, incluso, en expresiones artísticas, como esculturas de árboles de metal. Segundo, incluir siempre los dos conceptos básicos del budismo zen: la reflexión y el subjetivismo. Todas sus construcciones tienen espacios designados para la tranquilidad y la introspección, y en todas existen claramente lecciones y metáforas escondidas, pero sin un significado claro, absoluto o unívoco; es encargo de quien lo habita o visita darle su propio y personal significado.

Es justamente la presencia constante de estos elementos el hilo conductor que le da coherencia y concordancia a una ciudad de construcciones tan distintas. Armonía.

La arquitectura siempre ha sido mi pasión amateur. El gran Churchill solía decir “Construimos nuestros edificios y luego ellos nos construyen a nosotros”. Esa relación que existe entre el hombre y lo que construye me apasiona. Así es que buscando entender la historia de Tokio y comprender cómo se formó el "gusto japonés" me di a recorrer sus calles, con zapatos cómodos y de la mano de Tadeshi Saito, maestro de la facultad de Arquitectura de la Universidad de Tokio. Edificio por edificio, época por época. Después de todo, parafraseando al filósofo Lao-Tsé, “La travesía de un millar de años empieza con un solo ladrillo.”  Empezar por el principio… Para entender la arquitectura de Tokio hay que comenzar cuando la ciudad, lejos de ser la capital, era un feudo llamado Edo y Japón estaba completamente aislado de las influencias del resto del mundo. Pocos edificios quedan de esa época, ya que la mayor parte fue destruida en el terremoto de 1923 o durante la guerra. El complejo de Senso Ji (Asakusa) es el espacio religioso más antiguo de Japón, ahí entre pagodas, monasterios, mercados y jardines coexisten pacíficamente un templo budista y un recinto sintoísta, ambos actualmente respetados y venerados por millones de personas cada año.

En cada espacio del complejo, en cada edificio y detalle, la arquitectura y la religión se entremezclan. No sabes dónde empieza una y en donde acaba la otra. Los grandes arcos y guardianes dorados que dan la bienvenida a los fieles y protegen del mal de ojo, las lámparas de papel con símbolos religiosos, la predominancia del color rojo como referencia al poder del sol, los techos de bronce oxidado, que le da ese particular color verdoso que liga al hombre con la naturaleza. Todo lo construido tiene, ante todo, un significado y un objeto espiritual.

Aun cuando hoy esta forma de construir parezca meramente interesante, desde un punto de vista arqueológico-estético son, estos edificios, donde el gusto japonés moderno empieza a cobrar forma. El pasado no es historia olvidada, es punto de referencia para lo que se construyó después.

La vida y la imagen del Tokio moderno nacieron relativamente tarde. No fue sino hasta finales del siglo XVIII cuando el emperador Meiji decidió modernizar el país, abrirlo a las influencias extranjeras que habían rechazado por siglos y convirtió esta ciudad en la capital. Por primera vez en la historia lo Gai-jin empezó a ser lo deseado. Los trajes y vestidos empezaron a remplazar a los kimonos, el vino compartía la mesa con el sake, el foie gras con el gohan. Las calles se empezaron a poblar de edificios que bien podrían haber salido de las calles de cualquier capital europea. Los mejores arquitectos del mundo, a la altura de Frank Lloyd Wright o Josiah Conder así como japoneses educados en Europa, trasladaron los estilos en boga en el mundo, a las calles de Tokio para mansiones de los acaudalados e, incluso, edifi- cios públicos.

Pero el orgullo japonés tardó poco en protestar y en hacerse notar en sus construcciones. Más allá del discurso político, el nacionalismo se empezó a filtrar en sus edificios. En la sede original de la tienda departamental Takashimaya (Nihombashi) la lucha entre pertenecer a Occidente y permanecer japonés se esboza en las paredes. Construido a principio de la década de los treinta es, a primera vista, un palacete netamente renacentista, de mármol y piedra con cornisas talladas y columnas italianas. Pero las apariencias engañan. Los acentos orientales se asoman en cada espacio: las gárgolas estilo budista, las columnas con caracoles y mimetizados, las paredes con diseños japoneses. Detalles que más que complemento, se presentan como desafío.

Es aquí en donde nace el segundo elemento fundamental para la arquitectura del Tokio actual: la noción de que, por el carácter y orgullo de la nación, el gusto japonés no podía ser netamente importado, tenía que nacer, por lo menos en parte, desde adentro.

Tan cerca y tan lejos del resto del mundo. La reconstrucción de Tokio después de la guerra no fue un empréstito artístico, fue una necesidad vital, más de 80% de la ciudad estaba destruida por lo que se tenía que empezar a construir mucho y rápido, los primeros años de la postguerra fueron un paréntesis en el estilo de construcción, el objeto era la utilidad y la rapidez.

Pero dada la sensibilidad intrínseca de la nación, el arte no tardó en regresar a los edificios. A principios de la década de los cincuenta los arquitectos estrella, nacionales e internacionales, empezaron a regresar a Tokio, pero ya no con el afán de fotocopiar lo externo, sino de desarrollar una identidad japonesa real y moderna a través de sus construcciones. La pieza fundamental en este cambio fue el gran Le Corbusier, quien en 1955 fue comisionado para construir el Museo Nacional de Arte Occidental (Ueno). El resultado fue impresionante no sólo por el edificio, una construcción simple, elegante y modernista al más puro estilo del maestro, sino porque fue él quien puso el dedo en el detalle que haría despegar la arquitectura moderna del país. Le Corbusier encontró que existe una similitud conceptual muy importante entre la arquitectura modernista occidental y la filosofía milenaria de Japón. La sencillez, la importancia de la proporción, los materiales naturales y los espacios abiertos estaban presentes en ambas escuelas. Este detalle, al parecer sencillo, confirmó para la primera generación de arquitectos japoneses de la posguerra que era posible adoptar cualquier estilo de construcción, fuera clásico o moderno, e incorporar en él el alma nipona.

Arquitectónicamente nada volvió a ser igual. El despertar que empezó a vivir el país en la década de los sesenta se vio completamente reflejado en la arquitectura de Tokio. Japón se volvía la potencia tecnológica del mundo y sus edificios tenían que reflejarlo: diseños futuristas, casi salidos de las páginas de la ciencia ficción, materiales nuevos (como aleaciones plásticas para las fachadas) y la incorporación de tecnología de punta a las estructuras. Ser la sede de los Juegos Olímpicos del 64 presentó la oportunidad para demostrar esta vanguardia al resto del mundo. El Estadio Yoyogi (Harajuku), centro de los deportes acuáticos, fue el perfecto ejemplo de esta mentalidad. Masivo y elegante a la vez, su inspiración fueron las líneas y formas de los templos budistas reinterpretadas en concreto. Más allá de la belleza de su diseño, lo más impresionante era su techo en forma de carpa que no está sostenido sobre las paredes, ni sobre columnas, sino completamente flotando; millones de kilos suspendidos solamente por cables de metal. El tener un techo flotante da al espacio interior una apertura y luz impresionantes, símbolo de la luminosidad que los japoneses querían transmitir al resto del mundo. Los adelantos de ingeniería y tecnológicos para construir este estadio fueron tales que, aún hoy, sigue fungiendo como punto de referencia en la construcción de estructuras similares alrededor del mundo.

Grandeza. El aliado más grande de la arquitectura es la riqueza. La ecuación es simple: mucho dinero = mucha construcción. De esta manera el “milagro japonés”, la época de crecimiento económico casi sostenido por más de 30 años, fue un milagro para la arquitectura de Tokio. Las grandes empresas tenían dinero para gastar en sus edificios corporativos y el alto precio de los bienes raíces residenciales promovía la construcción. El panorama urbano de la ciudad parecía cambiar día con día. Edificios cada vez más altos, con tecnología de punta para evitar los embates sísmicos, cada vez más opulentos y cada vez más vanguardistas.

Dentro de todos los rascacielos el que gana la partida como el más impresionante es el Edificio No.1 del Gobierno Metropolitano de Tokio (Shinjiku), que forma parte del enorme complejo donde funciona el gobierno local. Su imponencia es bastante representativa de los poderes que en ella radican; después de todo la economía de Tokio, de la pura ciudad, es mayor que la de países como México, India, Corea y Arabia Saudita. La construcción de este edificio costó más de 1,000 millones de dólares de dinero público (por lo que también es conocida como “Tochô Tower”, la torre de los impuestos).

Esta es la segunda edificación más alta de la ciudad, con casi 250 metros, y, sin duda una de las más representativos. Su diseño es considerado la obra maestra de Tange Kenzo, quien como siempre trató de unir lo internacional con lo puramente japonés. La inspiración central del edificio está tomada de los diseños de Gaudí y de la catedral de Notre Dame en París, con sus dos torretas unidas por un recinto central. Pero los detalles provienen del oeste: las miles de ventanas están basadas en las de las antiguas casas de té. La imagen del edificio es el ejemplo perfecto de cómo la mezcla conceptual entre Oriente y Occidente no sólo es posible sino espectacular.

En el piso 45 de la torre se encuentran dos observatorios, desde donde indudablemente se puede tener la mejor vista de todos los edificios de la ciudad… Aunque realmente Tokio no es una ciudad sino 23 ciudades unidas, cada una con una atmósfera completamente diferente. La elegancia de Ginza y Aoyama, el Japón antiguo en Asakusa y Hibiya, la tecnología al máximo en Akihabara o la vida social en Roppongi. Cada una con un estilo arquitectónico distinto que refleja su carácter particular y aunque, a primera vista, pareciera que en todo Tokio todos los edificios son altos, funcionales y modernos, es un hecho que en ciertos barrios y callejuelas siguen existiendo recintos urbanos apacibles y discretos.

Quizá el mejor ejemplo de un oasis urbano es el complejo de Hill Side Terrace (Daikanyama). Un espacio tranquilo, casi bucólico, en medio del ritmo acelerado del resto de la ciudad. Hill Side Terrace fue concebida, desde antes de su construcción a finales de los sesenta, como un proyecto de largo plazo y constantemente evolutivo. El terreno (de poco más de una hectárea) estaba completamente listo pero el arquitecto (Fumihiko Maki, otro de los grandes de la arquitectura nipona) decidió desarrollarlo poco a poco en seis etapas diferentes a lo largo de más de dos décadas. Maki sabía que su estilo iba a cambiar a lo largo del tiempo, pero estableció una sola premisa para todo lo que iría construyendo: privilegiar, ante todo, el aspecto humano. No perder a la persona en medio del concreto. Así, los edificios son pequeños (no más de 10 m de altura), sencillos y con materiales naturales en donde abunda el verde y los callejones interiores para que jueguen los niños o platiquen los vecinos. Hoy este complejo es un espacio mixto de departamentos, cafés, tiendas y galerías, ideal para pasear y olvidar el estruendo del resto de la ciudad.

Parte del bullicio de Tokio tiene que ver con la cantidad de cosas que ahí se pueden comprar, sobre todo lo diseñado por los mejores artistas de la moda. Los ricos o los que quieren parecer ricos de Japón y del resto de Oriente (China, Corea, Tailandia) abarrotan las tiendas en busca de la última bolsa, los más novedosos zapatos o la mejor moda; pocas ciudades del mundo tienen tal concentración de boutiques de ultra-lujo como esta capital. Por eso, gran parte de lo que se ha edificado en Tokio en los últimos años está ligado a estas grandes marcas que han destinado miles de millones de dólares a construir los mejores edificios para albergar sus tiendas. En parte como signo de poder, en parte como una expresión artística y en parte para atraer al cliente no sólo por lo que hay dentro, sino por lo que puede ver fuera.

La zona de Aoyama, Omotesando (Omote-Sando) y Ginza es una mezcla (incluso más impresionante) de la Quinta Avenida, Rodeo Drive y Avenue Montaigne. Los más grandes constructores de Japón y del mundo han estado comisionados para levantar edificios absolutamente vanguardistas que les den una imagen de exclusividad y prestigio a las marcas. Caminar por estas calles es una virtual pasarela del quién es quién de la arquitectura moderna y un interminable asombro por ver lo que cada uno de ellos ha construido. Prada, diseñada por Herzog & de Meuron, como un trapezoide gigante compuesto por miles de rombos de cristal; Dior, con su fachada ondulada que le da la sensación de perpetuo movimiento; Giorgio Armani (en su tienda más grande del mundo) con un edificio que parece estar tapizado por hojas doradas de bambú; o la Maison Hermès, quizá la más impresionante de todas, diseñada por Renzo Piano, con una fachada de acero y cristal suspendido que la hacen parecer un bloque de hielo durante el día y un monolito resplandeciente en la noche. En cada esquina de la urbe la línea entre lo comercial y lo artístico desaparece y le da a toda la ciudad y al ambiente urbano una sofisticación muy especial. Viajar por Tokio visitando sus edificios es como pasear por un túnel del tiempo que te deja lecciones y mensajes en cada esquina. Su arquitectura es fascinante porque engloba la esencia de la ciudad y ayuda a entender mejor la cultura japonesa del siglo XXI. Una síntesis entre lo exótico y lo sofisticado, donde conviven grandes rascacielos y pequeños espacios y se mezclan lo estoico y lo opulento, lo antiguo y lo posmoderno, el bambú y el acero, Oriente y Occidente. Un lugar de contrastes que combinan y se complementan.

Pase lo que pase en el futuro, es un hecho que la arquitectura de Tokio es una propuesta en constante movimiento, porque la historia de esta ciudad se escribe a mil kilómetros por hora. En uno, cinco o diez años el panorama urbano será diferente, cada vez con nuevos edificios, nuevas propuestas y nuevas soluciones que reflejen lo que está ocurriendo en una de las ciudades más electrizantes y excitantes del mundo. Una urbe donde todo está en alta definición.

GUÍA DE TOKIO

CÓMO LLEGAR
Casi todas las aerolíneas internacionales ofrecen vuelos desde las grandes ciudades del mundo hacia el aeropuerto de Narita. De la Ciudad de México vuela Aeroméxico a Tokio vía Tijuana y Japan Air Lines, vía Vancouver.

DÓNDE DORMIR
Hotel Seiyo-Ginza
Exclusivo, elegante y excelentemente bien ubicado en medio de la zona más sofisticada de la ciudad.
www.seiyo-ginza.com

QUÉ COMER
Sushi como nunca lo has comido en alguno de los puestos alrededor de Tsukiji, el mercado de pescados más grande e impactante del mundo. Más fresco, imposible.

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QUÉ HACER
Si te interesa la arquitectura, toma uno de los tours arquitectónicos que ofrece TAD Co. Tienen programas organizados o hechos a la medida www.ta-d.jp

Si necesitas ayuda al organizar tu viaje, consulta a la Oficina Nacional de Turismo Japonés (JNTO) www.jnto.go.jp o www.japantravelinfo.com

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