Cartagena: el riesgo es querer quedarte

Conoce los encantos de esta ciudad, que hacen olvidar la vieja imagen de una Colombia insegura; recorre su antigua arquitectura y su ambiente cálido con la guía de la revista Travel + Leisure.
Joseph Estavillo

Antes de llegar sólo sabía de los numerosos intentos de invasiones extranjeras que sufrió Cartagena en la época colonial. Una vez ahí, me sentí como un saqueador a quien la gente le abrió sus puertas, gustosa de que me llevara lo mejor de ella.

Al bajar del avión me inundó un aire fresco y húmedo. El encanto continuó al observar en el camino rumbo al hotel, edificios coloridos, gente conviviendo mientras se escucha música alrededor de las plazas y los bares del centro.

Mi primera sorpresa fue una banda de música caribeña que parecía recibirme; tocaban la famosa canción “Noches de Cartagena”, además de otras piezas de salsa y merengue frente a la Puerta del reloj.

Alrededor muchas personas caminaban desenfadadamente y, al mismo tiempo, de una manera alegre. Supongo que a eso se refieren con el modo de ser de la gente del trópico.

El ombligo del puerto

La primera noche me dediqué a recorrer el centro histórico sin ruta planeada. Descubrí una ciudad amurallada con grandes casas y mansiones del siglo XVIII que me recordaban a ciertas partes del centro de Mérida, en México.

Ahora entiendo la razón por la que la UNESCO declaró esta zona de Cartagena como Patrimonio Cultural de la Humanidad.

Al llegar a la plaza de la Aduana, me vi rodeado por decenas de locales mezclados con turistas que abarrotaban los cafés y bares del lugar.

Me llamó la atención un pequeño local llamado Bar Donde Fidel. Hasta la calle se escuchaba el son cubano que salía del interior. Una vez adentro, sobre mi cabeza, descubrí que colgaban del techo varias fotografías de personajes de la Cuba precastrista. Me senté un rato a ver pasar a la gente, mientras tomaba una limonada de coco, la bebida típica del lugar. Al salir del establecimiento me enteré de que estaba parado sobre El Portal de los Dulces, llamado así por los puestos que ofrecen una variedad de golosinas típicas de Colombia.

Ya de noche, tomé un paseo en un carruaje tirado por caballos, ahí mismo, en la Plaza de la Aduana. Descubrí que entre las pequeñas calles del centro histórico había galerías, hoteles boutique, restaurantes y tiendas de diseño a la altura de las grandes capitales del mundo. Aquello era lo nuevo sobre lo viejo. Mejor aún, mantiene un aire de provincia, tranquilo y amable, donde se escuchan las risas de los niños y se les ve correr por los jardines de la costera, y donde también se puede disfrutar la vida nocturna.

Edificado para durar

Pensé que las murallas de la ciudad serían un lugar ideal para tomar fotos. Así fue. Cuando repasaba las imágenes, las veo diferentes ahora que sé que la muralla es la razón por la cual existe Cartagena de Indias. Gracias a ella, la ciudad se mantuvo firme ante la codicia de invasores franceses, ingleses y piratas de la época.

Desde que fue fundada, en 1533, sufrió 100 años de constantes saqueos, entre ellos el cometido por Sir Francis Drake, conocido en el Caribe como el Pirata Drake. Los habitantes, apoyados por el imperio español, construyeron las murallas y el castillo de San Felipe de Barajas, una de las más impresionantes fortalezas de la época colonial.

Así, Cartagena se convirtió para 1700 en una ciudad impenetrable. Su arquitectura colonial es un reflejo de la abundancia de aquella época de comercio de oro, azúcar y esclavos.

Muchas de aquellas construcciones actualmente son hoteles boutique, como el Casa Pestagua, el Anandá o el Agua, uno de los mejores 40 hoteles de Travel+Leisure de 2005.

Fueron los hoteles, precisamente a partir de la inauguración del Sofitel, lo que impulsó la repoblación del centro, entre ellos el escritor Gabriel García Márquez. El Nobel de literatura tiene una propiedad a unas cuadras de este hotel, edificado sobre un antiguo convento del siglo XVII en el barrio de Santa Clara.

Unas manzanas adelante está el emblemático teatro Heredia. Construido sobre lo que quedó de la iglesia de La Merced en 1911 y restaurado en 1989, lo que sirvió para que continuara su vida útil.

De nombres cartaginenses

Al lado del centro se encuentra el barrio Manga, llamado así porque solía ser una huerta de mangos, y muchos de éstos se conservan en la zona. Aquí se pueden apreciar las típicas casas caribeñas y algunas, incluso, con detalles árabes.Fue aquí donde se filmó la película basada en la novela de García Márquez El amor en los tiempos del cólera.

Me dirigí al convento en el cerro de La Popa. Su nombre tiene un origen más peculiar; se debe a que la forma del cerro asemeja a la parte posterior de una embarcación. Desde ahí se aprecia una vista espectacular de la bahía y de toda la ciudad. Otra nomenclatura curiosa es la de la iglesia del convento, dedicada a la purificación de la Virgen o La Candelaria, llamada así por las candelas que encienden en su honor el 2 de febrero. Ésta es una de las mayores fiestas en la ciudad; multitudes realizan una procesión desde el santuario de La Popa hasta el centro de la ciudad.

Una opción es visitar el castillo de San Felipe, después de ir a La Popa, ya que está en la parte baja del cerro. Es la edificación militar española más grande de la época (se empezó a construir en 1536 y se amplió en 1657). Al principio fue llamado castillo de San Lázaro, por estar sobre la colina del mismo nombre. Este complejo fue de gran importancia para la defensa de la ciudad, ya que está de frente a la bahía donde podían atacar a los barcos extranjeros. Desde ahí se dominaba cualquier intento de invasión ya fuera por tierra o una vez que entraran a la bahía. Su interior es un tejido de túneles, galerías, desniveles y trampas con un inteligente sistema de comunicaciones y vías de escape.

Definitivamente ha quedado lejos aquella imagen de una Colombia insegura. Incluso el eslogan de la oficina de turismo “El riesgo que corres es que te quieras quedar”, es cierto. Una vez en Cartagena desearías que tu estancia continuara por más y más días.

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