El otro yo de Karl Lagerfeld

El diseñador y fotógrafo de 77 años habla de su historia detrás de la máscara del genio de Chanel.

Indescifrable Karl

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karl  (Foto: Cortesia de Karl Lagerfeld)

Al llegar a la habitación del hotel Kempinski, recordé a Lagerfeld con su ceñido traje negro, su cuello eduardiano de 10 centímetros, sus lentes oscuros y sus guantes; recordé la frase con la que concluyó la entrevista en torno a la Ética de la belleza en el mundo grecorromano: "No hay ninguna historia que contar; la belleza sucede en un solo momento. La belleza es ahora... Pero también trasciende al tiempo.

La belleza es eterna". ¿Ahora y eternidad? Semejante afirmación, con las imágenes del calendario Pirelli a la vista, parece insostenible. Toda imagen es una historia, al menos en potencia, y el ahora sólo remite al momento en que fue tomada la imagen.  Parece la afirmación de un diseñador de moda perdido en el mundo de la fotografía. ¿Es cierto esto? ¿Cuáles son los límites entre ambas profesiones, si es que los hay? Cada profesión supone talentos distintos, incluso hombres distintos. ¿Es posible ejercer ambas con la misma calidad, la de fotógrafo y la de diseñador de moda?.

La historia de Karl, como la de cualquier personaje con talento abundante y con tal influencia en el mundo contemporáneo, precisa ser contada. Y una historia tiene ramificaciones infinitas. Padres, madres, hijos, hermanos, amigos. En esta historia sobresale, por encima de los demás, un amigo íntimo. La amistad es un hecho real en el día a día. ¿Quién no ha tenido a aquel amigo inseparable con el que ha formado mucho más que un vínculo afectivo? Esta es la historia de Karl y Otto.

Nacimiento de un diseñador

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karl2  Karl admite haber odiado la idea de la niñez, le parecía un momento de interminable estupidez ✓  (Foto: Revista Quién)

Ambos fueron criados, tras el ascenso de Hitler al poder, en un frío pueblo de unas 4,500 hectáreas al norte de Alemania. El padre de Karl, Christian, era distribuidor de una empresa que introdujo la leche condensada en Alemania. Su madre, Elisabeth, era vendedora de lencería de seda hasta antes de conocer a su marido; sin embargo, era bien educada -al grado que dominaba con maestría el violín-, con buen gusto y bastante rígida. Karl tenía una hermana mayor. Debido su corta edad, no sabía nada sobre lo que sucedía en el mundo, ni de Hitler ni de la guerra. Del éxito de su padre, Karl dijo alguna vez, contra sus detractores, que "siempre hubo comida a la mesa. Los granjeros no son gente pobre con tres vacas". Aunque buen estudiante, nunca tuvo amigos, "era demasiado exótico para el lugar en el que me encontraba. Odiaba la idea de la niñez, me parecía un momento de interminable estupidez".

Quizá este sentimiento se vio ahondado por el duro carácter de su madre. Cuenta Karl varias experiencias: En una, a pesar de ser corto de vista, su madre no le permitía usar lentes, "los niños con lentes son la cosa más fea del mundo", decía; o bien, que Karl nunca debería fumar, porque sus manos eran bastantes feas y el cigarro sólo llamaría la atención sobre ellas; o bien,  y en referencia al lento hablar y a las largas historias de cualquier niño, "Tú puedes tener seis años, pero yo no", lo que lo obligaba a hablar y a contar sus historias con rapidez.

Cierto día, con furia y conocedor de esas experiencias, el hermano de su madre le dijo: "Tu hijo va a ser igual de superficial que tú". Así, desde temprana edad, el pequeño Karl recortaba imágenes de revistas de moda y era bastante crítico con el modo de vestir de sus compañeros de clase y, en general, con el de la gente a su alrededor.

El fiel compañero

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mrkarl  El diseñador nunca quiso ser como los demás. Quería ser diferente ✓  (Foto: Revista Quién)

Por su parte, Otto tenía por padre al hijo  de una familia banquera sueca, que tenía gran cantidad de negocios, y contaba con 63 años cuando él llego al mundo. Su madre, Mrs. Bahlmann, de espíritu libre, era de estirpe desconocida. De ambos se dice que eran personas cultas cuya idea de una conversación de sobremesa era una debate teológico en torno a Teilhard de Chardin. A los tres los acompañaba una media hermana, mayor que Otto y de un matrimonio anterior de su padre. La familia sufrió bastantes privaciones a causa de la guerra, cosa que quizás orilló a Otto a la soledad: "Aprendí francés e inglés desde los seis años, de modo autodidacta".

Desde pequeño, Otto fue lector precoz; devoró desde La Iliada hasta Las cartas de la princesa Palatine, atravesando El Anillo de los Nibelungos. "Cuando era niño, jamás tuve algo parecido a un juguete", recuerda. Además, "odiaba la compañía de otros niños, quería ser una persona mayor, quería ser tomado en serio". Uno de sus mejores amigos era su tío, que en una ocasión, cuando apenas tenía diez años, en una larga caminata por el bosque, lo cacheteó por no conocer el nombre de un poeta menor alemán.

Quizás esto fue lo que definió su personalidad: "Siempre quise ser diferente. Nunca quise ser como los demás. Era diferente y quería ser diferente. Sólo tenía una idea: salir de aquí. Sólo quería leer, escribir, bocetar y aprender varias lenguas".

A pesar de los largos inviernos, se acompañaban uno al otro -Karl y Otto- en el ático de la casa, a veces uno contando al otro sus lecturas, a veces el otro enseñando al uno sus dibujos. Mientras uno le enseñaba al otro las palabras nuevas aprendidas del inglés y del francés, él se quejaba con el uno de los juguetes y su infancia.

La llegada del creador

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karllively  Karl confiesa que lo que más le gusta de la moda es que no se puede saber su futuro, eso la convierte en el paraíso del ahora ✓  (Foto: Revista Quién)

A los quince años, Karl emigró a París. Tan solo dos años después, en un concurso convocado por la International Wool Secretariat, ganó en la categoría de abrigos -Yves Saint Laurent participó en el mismo concurso, también ganando, sólo que él en la categoría de vestido para cóctel-, con un diseño casi hasta los tobillos de cuello alto y una forma en V abierta en la espalda.

Karl fue contratado inmediatamente como asistente junior por la muy importante casa de alta costura Pierre Balmain y pronto alcanzó el puesto de asistente en jefe.

El trabajo era agotador: continuos bocetos, dibujos, flores y siluetas para las distintas tramas y patrones. "Yo pensé que la atmósfera del backstage era terrible, pero inmediatamente me dije a mí mismo: ‘Tú no estás aquí como crítico de arte, estás aquí para aprender, así que calla, observa y aprende‘". Tres años después, abandonó Balmain "porque yo no había nacido para ser un asistente".

Trabajó, tres años más, como director artístico de la reconocida Casa Patou, donde produjo colecciones con los patrones del creador de la marca. Era 1961 y Karl se impacientaba con los trajes hechos a la medida para mujeres ricas, "la costura era ya un asunto burgués y carente de propuestas". Renunció a Patou y dio el salto a la industria del ready-to-wear, industria desdeñada por diseñadores de renombre y donde se vendió como freelance. Y quizá fue precisamente el ready-to-wear lo que originó una de sus citas más famosas: "No tengo idea del futuro; jamás. Eso es lo que me gusta de la moda: es el paraíso ahora".

Por esas fechas, Karl visitó a una adivina, "ella me dijo: ‘conforme avance tu edad, el éxito crecerá con ella'". Y dicho y hecho. Hace unos cuantos años, Karl tuvo que cancelar un viaje a Brasil cuando el gobierno concluyó que el costo por su seguridad sería muy alto. "Ya no puedo caminar más por la calle; esos días han terminado para mí". Este camino a la fama se dio más o menos, así: Después de trabajar para varias marcas como Krizia, Ballantyne o Mario Valentino, abrió una pequeña tienda, a la que siguieron más trabajos como freelance para Chloé en 1964, Curiel en 1970 y Fendi en 1972. Diseñaba zapatos, bolsas, peines, blusas, vestidos, guardarropas enteros para películas, óperas y teatro. Incluso lanzó un perfume, Photo, que fue un rotundo fracaso.

Su dinamismo era increíble."La moda me mantiene diseñando, el amor al cambio, la idea de que lo que sigue será lo correcto, el diálogo interminable". Finalmente, en 1982 le ofrecieron hacerse cargo de Chanel.

En medio de todo esto, después de su adaptación a tierras francesas y con su carrera ya consolidada, Otto alcanzó a Karl en París. La vieja amistad floreció otra vez. Sus otrora cuentos se covirtieron en férreos debates de su postura frente a la vida. Karl optaba por el mundo de la moda, del cambio y del ahora y de las consecuencias que ésta tenía, principalmente el ser una figura pública. Otto, por su parte, apelaba a un mundo más sólido, en busca de la permanencia y las consecuencias y condiciones que éste tenía, optaba por la soledad.

La otra cara del diseñador

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vanessakarl  La moda se convirtió para Karl en un autentico indicador de nuestro tiempo y en un modo de ser ✓  (Foto: Revista Quién)

 Estos debates llevaron al trabajo de Karl, en la moda, a otra dimensión. "Puedes ver las casas y los coches... y ellos sufrieron muy pocos cambios durante esos diez años, La arquitectura, por ejemplo, no sufrió un solo cambio. Por otro lado, la actitud de la gente, el modo de caminar, el modo en que se viste, cambio muchísimo".

La moda se convirtió para Karl en un auténtico indicador de nuestro tiempo y en un modo de ser: "El diseñador tiene que ser consciente e inconsciente a un tiempo; la razón, en un momento inadecuado, puede terminar con la inspiración y el talento". Comenzó a visitar mercados de pulgas en busca de ropa vintage y la desmantelaba para volverla a armar y conocer sus secretos. Se volvió fanático de la cultura de los siglos diecinueve y dieciocho. "Soy una persona del mundo de la moda, y la moda no es sólo acerca de la ropa; es acerca de todo tipo de cambio".

Compartía con Otto un estudio en París, en el que había más de 60 mil libros. Por su parte y mientras esto le sucedía a Karl, Otto se volvió cada vez más sobre sí mismo. "No soy una persona sociable. No es que no sea sencillo tratar conmigo; de hecho, es bastante fácil, pero eso me aburre. No la gente, sino todo el asunto. ¿Para qué hacerlo? Es improductivo. Yo sólo quiero hacer lo que tengo que hacer". Y eso parece normal en una persona en busca de la soledad. "Estar solo es una lucha constante. Uno tiene que recargar las baterías. La gente que no puede estar sola tiene un problema. La soledad es un lujo para gente como yo". Y la soledad encontró al fin su modo de vida.

Los retratos de una creación

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Su carrera como fotógrafo empezó en 1987 cuando, disgustado por el trabajo para las campañas de Chanel, fue retado por Eric Pfrunder, el director de imagen de la marca, a hacerlo por él mismo. Desde entonces ha fotografiado -con fuerte sentimiento melancólico- materias varias; arquitectura, desde la Torre Eiffel hasta el Castillo de Versalles: "Me encanta fotografiar la arquitectura porque puedo hacerlo sin necesidad de nadie más. Para la moda, necesito millones de personas".

Su inspiración proviene del arte de finales del diecinueve y principios del veinte; de la foto misma, del trabajo de aquellos llamados pictorialistas, entre los que se cuentan Edward Steichen, Alfred Stieglitz o Irving Penn.

Su trabajo abarca campañas de publicidad -piénsese en la de Dom Pérignon-, portadas, moda, trabajos personales, etc. Hace unos años, por ejemplo, fotografió a 50 personalidades en su estudio para Madame Figaro entre los que se encontraban Jack Nicholson, Nicole Kidman y Catherine Deneuve. O bien, recordamos esa bella serie inspirada en el cuento de Hans Christian Andersen, The emperor's new clothes. "No puedo imaginarme la vida sin la visión de un fotógrafo; veo el mundo a través del lente", ha dicho Otto.

La fotografía es el modo de expresión de su soledad. "Por más que se diga que la foto es un problema de perspectiva, yo carezco de ella. Yo simplemente hago las cosas". No sólo eso, él intenta borrar cualquier rastro, cualquier voz, cualquier tono: "Me encanta el  cambio, esconderme, jugar, usar distintas técnicas". Pero va mucho más allá. La foto es también el modo de captar en un instante aquello que el ojo común no ve.  "Muy seguido, con las cosas más banales, veo lo que la demás gente no puede ver. Es algo virgo, pero es bastante bueno para la fotografía".

Su trabajo es tan vasto que había sido casi imposible juntarlo en una sola exposición, lo que sucedió apenas hasta el año pasado donde, bajo el título de Parcours de travail, se montó su primera retrospectiva en la Maison Europeen de la Photographie, en París. Hasta el momento, su último trabajo fue la encomienda del calendario Pirelli.  

El otro yo de Lagerfeld

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La historia no termina aquí. La historia sigue hasta nuestros días. Sí, son dos personas completamente distintas, dos modos de ser irreconciliables -no necesariamente las profesiones, pero sí sus condiciones y consecuencias-: uno que está en el instante (la moda) y otro que vive para la eternidad (la foto). ¿Cuál es la relación posible entre la belleza y la luz, entre la moda y la foto?.

Con la imagen de Apolo del calendario Pirelli, recuerdo que éste, en la Grecia clásica, era una figura ambivalente. Por un lado, era el dios de la belleza, no a la manera de Afrodita; era más bien de un orden referente a la forma, a la composición. Al otro y conforme avanzó el tiempo, se le consideró el dios de la luz, es decir, aquél que revela y muestra las cosas en contraposición con la oscuridad. Apolo es, en el mundo occidental, uno de los primeros seres con dos personalidades. Hoy, este fenómeno se llama Doppelgänger. Es el modo en cómo un hombre es otro o es muchos.

Es el problema mismo de la identidad: "Para mí, la identidad es un problema privado, íntimo... La  moda no tiene porque ser tu identidad", decía Lagerfeld. En la suya conviven, sin duda, el amor por el instante, por el cambio, pero por otro, el amor por lo eterno, por la belleza. Para poder generar esta convivencia, es como si Lagerfeld, individuo, muriera a cada instante, en cada imagen, en busca de la eternidad. Una muerte sin fin. "Para mí la muerte es como aquella famosa línea de Shelley: ‘to wake up from the dream of life'. La muerte y el sueño son una misma cosa. Y entonces aprendes a no tomarte demasiado en serio".