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Nuestras Historias

Los primeros días

Aquí están ya los nuevos vientos. El gobierno de Fox extiende un largo pergamino de promesas, comi
mar 20 septiembre 2011 02:54 PM

Muchas buenas intenciones. Así pueden resumirse estos primeros días de gobierno de Vicente Fox, desde su multifacética toma de posesión el pasado 1 de diciembre hasta estos días. Buenas intenciones y promesas, muchas promesas, que apuntan –como lo escribe Héctor Aguilar Camín–, a “la tierra prometida de Fox” o, como han dicho otros, a “Foxilandia”.

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Es natural que el primer Presidente del país surgido de una alianza opositora de inmediato trace un escenario de cambio en el que se contemplan un sinnúmero de medidas y programas. Por ejemplo, de un plumazo, Fox anunció el mismo día de su ascenso al poder la creación de la Subsecretaría de la Pequeña y Mediana Empresa dentro de la rebautizada Secretaría de Economía, la inclusión de Fonatur en la Secretaría de Turismo, el Proyecto e-México, el Programa Nacional de Microcrédito, el Programa La Marcha hacia el Sur, modificaciones al Procampo, además de la creación de una serie de comisiones de asuntos variopintos.

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Ciertamente, queda claro que no será un gobierno inmóvil. Pero las sobrepromesas tienen riesgos que quizá no han sido bien calculados. Es evidente que en seis años no dejarán de existir niños en la calle ni cada familia tendrá una casa ni será posible que cada mexicano escoja a su médico de cabecera. Al incluir en su discurso estas metas irrealizables en seis años, Fox alimenta, aún más, las ya de por sí desmedidas expectativas de buena parte de la población, que espera cambios espectaculares en esta nueva administración.

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Por supuesto, el nuevo Presidente y su equipo merecen el beneficio de la duda. Al fin y al cabo, hay cierto consenso en que el proyecto de nación que dibuja es casi inobjetable, si bien todavía se desconocen los “cómos”. Detrás de sus discursos iniciales, se interpreta un énfasis en el desarrollo social integral, lo cual es conveniente y convincente. Lo mismo aplica a su intención de poner en marcha un programa de microcrédito a gran escala, ya que es más que claro que no puede esperarse un crecimiento real si el financiamiento no existe (o aparece con absurdas tasas de interés de 30% anual). Igualmente, su objetivo de librar la guerra contra la corrupción a todos los niveles es lógico, y más cuando los costos ocultos de este cáncer social son incalculables. La propuesta de “reinvención” del gobierno se percibe esperanzadora. Las metas de desregulación pueden traducirse en que, tal vez, tenga encanto estar dentro de la economía formal. En fin…

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Hay, pues, varias señales positivas. A ello hay que sumar su compromiso documentado de no jugar con las variables macroeconómicas y de llevar a cabo su programa con estricta disciplina fiscal, tema que contribuye a ahuyentar un poco el fantasma del populismo que de vez en cuando aparece junto a Fox. De hecho, puso en Hacienda al hombre con el sello más claro en ese sentido.

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A diferencia de sus antecesores (los fundamentalistas económicos que privilegiaron siempre los números, aun a costa de la realidad), parece claro que Fox quiere mover el país. Y hasta hoy, al menos, ha sido un muy eficaz vendedor.

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