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La violación sexual en tiempos de guerra: 'escucha' a las víctimas

Investigadores sociales, que colaboran con diversas instituciones, dan testimonio de lo que ocurre en la zonas conflictivas del planeta
sáb 25 junio 2011 02:48 PM
Congo - víctimas de violación
Congo - víctimas de violación Congo - víctimas de violación

Nota del editor: Esta es la primera de dos historias que se centran en la violación sexual como un arma de guerra. La segunda habla de las historias no contadas de las violaciones del Holocausto. En ambas historias se utiliza un lenguaje fuerte; se recomienda discreción.
 

(CNN) – Comenzó como un dolor de cabeza. Luego su garganta se le empezó a cerrar. Un dolor invadía su pecho y también sus articulaciones. Pero Victoria Sanford continuó haciendo las entrevistas. Aún a media noche, las mujeres de Guatemala se las ingeniaban para encontrarla, a ella, a la “gringa” que había venido a escucharlas.

Fue a principios de los noventas, años antes de que la comunidad internacional reconociera formalmente el papel del gobierno guatemalteco en las violaciones sistemáticas de mujeres mayas, décadas antes de que la violencia actual en Libia y en otras partes del Medio Oriente recordaran una vez más al mundo la brutal efectividad de la violación como arma de guerra.

Sanford tenía 30 años y buscaba hacer un doctorado en la Universidad de Stanford. Ella hablaba español, trabajó con refugiados centroamericanos y se hizo amiga de los pocos mayas que se habían mudado a California.

“Me conmovieron sus historias, pero más porque estaban decididos a que alguien los escuchara. Pero nadie lo hacía”, comentó Sanford.

Sanford se unió al equipo de investigación de la Antropología Forense Guatemalteca -organización sin fines de lucro– y fue a Guatemala. La tarea del equipo era exhumar tumbas masivas, pero Stanford hablaba con las mujeres, quienes le contaron a otras sobre ella y pronto grabó sus historias.

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Aunque en eso momento no se percató de ello, Sanford se había involucrado con una pequeña fraternidad de entrevistadores que pasaban meses y a veces años en las zonas más conflictivas del planeta para escuchar los relatos de las víctimas sobre la violencia que consternaría hasta las mentes más morbosas. Sus entrevistas usualmente eran publicadas en estudios, artículos noticiosos o en un reporte en el escritorio de algún poderoso burócrata.

Una de las razones por las que lo hacen es para que las políticas internacionales se creen con más sabiduría y para que los recursos tengan un mejor destino.

También lo hacen por una sencilla razón: creen que escuchar es reconocer, y el reconocimiento es una especie de disculpa. Ellos afirman que lo menos que el mundo les debe es escucharlos.

Ellos se sientan pacientemente a escuchar a las víctimas: la niña que fue violada en el campamento de refugiados de Darfur y tuvo que ser amputada ya que sus agresores trataron de matarla cortándole sus brazos y piernas. El hombre de la República Democrática del Congo que contó cómo una generala de una tribu guerrillera lo convirtió en esclavo sexual y cómo lo tienen alejado del bebé producto de ese abuso para seguirlo manipulando. La mujer de Kosovo que no puede evitar gritar espontáneamente cuando relata cómo soldados se le encimaron, ahorcándola, golpeándola y haciéndole cosas demasiado gráficas para publicarlas aquí.

“Mataron a nuestros bebés”

En Guatemala, Sanford escuchaba las historias de las mujeres mayas –sucias, con moretones, desnutridas y con mirada apagada– sobre cómo escalaron las montañas congeladas mientras huían de las guerrillas que usaban sus aldeas para refugiarse de los militares que querían destruirlas:

"Los soldados quemaron nuestras aldeas. Mataron a nuestros esposos y hermanos, quemaron nuestras casas. Se esperaban a escuchar el llanto de nuestros bebés. Cuando los escuchaban, se venían a asomar. Mataron a nuestros bebés. Nos violaron".

La grabadora de Sanford se detenía cada 60 minutos. Volteaba o cambiaba el cassette ya que las mujeres a veces se tomaban horas para describir sus historias a detalle. Para que sus hijos no murieran a manos de un soldado o evitar que los gritos de un bebé alertaran a los soldados, algunas madres se veían obligadas a asfixiar a sus propios hijos, hasta dejarlos sin vida en sus brazos.

Sanford lloraba con aquellas víctimas que querían que llorara junto a ellas. Asimismo, aparentemente querían que se quedara estoica, lo hacía.

Con el paso de las semanas, su estómago se revolvió. Tenía problemas para respirar. Se sentía rara, vieja, desgastada.

“¿Qué iba a decir, por favor ya no más, me están traumando?”

“Cada historia es horrorosa, pero ellas están ahí y tú estás ahí, y eres humana. Una parte de mí quería escuchar mientras otra se estremecía”.

Inevitablemente, Sanford y los otros entrevistadores de víctimas de crímenes de guerra absorben lo que los psiquiatras denominan trauma secundario. Quizá una mejor palabra para describirlo la podemos encontrar en la cultura maya. “Susto”, le llamaban las mujeres cuando se lo detectaban.

Una mañana, el diagnóstico de las mujeres se manifestó de una manera terrible. Sanford despertó paralizada.

“No podía mover mi cuello ni sentarme. No me podía mover. Pensé, Dios, cómo me voy a subir al coche para ir a mis entrevistas? Era absurdo”.

“Tenía estrés severo y mi cuerpo estaba luchando por salvarme”.

Al recordar esa experiencia, Sanford dijo que sospecha que tuvo una especie de parálisis psicosomático temporal, un síntoma raro pero real que los psiquiatras han relacionado con estrés postraumático (PTSD) y trauma secundario.

Consejeros de las víctimas de los ataques terroristas del 11 de septiembre del 2001, han reportado problemas con el trauma secundario, al igual que los investigadores que tratan casos de abuso infantil.

Es una mal inevitable del trabajo como entrevistador de víctimas de crímenes de guerra.

“No quieres perder la cordura”

Daniel Rothenberg estuvo realizando entrevistas en Guatemala y saliendo con Sanford. Se conocieron en una conferencia sobre derechos humanos en Washington y él fue a Guatemala con una beca de Fulbright. Él recuerda haber llevado a su novia a un acupunturista y tratar de convencerla de dormir y darse una pausa de las entrevistas. Cuidó de ella hasta que mejoró de su parálisis. Ninguno de ellos pensó en renunciar. Cuando Sanford se alivió, ambos regresaron a entrevistar  a las víctimas de tiempo completo. Rothenberg, antes de los 30 años en ese entonces, es actualmente profesor de derecho en la Universidad Estatal de Arizona con algunas décadas de entrevistas realizadas en Latinoamérica, Asia y Medio Oriente en su trayectoria. Recientemente, colaboró con más de 9,000 entrevistas a iraquíes –la mayoría hombres- que afirman que fueron violados y torturados durante el régimen de Saddam Hussein y tras la invasión liderada por los Estados Unidos.

Los relatos documentados durante cinco años están resguardados en la base de datos en línea Iraq History Project, dirigido por la DePaul University's International Human Rights Law Institute.

“Victoria tuvo una experiencia terrible, pero todos tenemos algún tipo de trauma. Simplemente lo procesamos de diferentes maneras. No creo que yo lo manifieste abiertamente. Normalmente estoy estresado por tener la reacción 'correcta' hacia alguien. Quieres ser emotivo –no un robot- pero tampoco quieres perder el control frente a alguien. Ello no se benefician de verte colapsar”.

Algunos entrevistadores dijeron que su trabajo puede ser como estar viendo la película más triste y aterradora que nunca hayas visto y tratar de no reaccionar.

Él ha generado sus propios lineamientos a través de los años para llevar a cabo entrevistas: comienza con una pregunta abierta:

Cuéntame sobre tu experiencia. Míralos a los ojos. No observes tu cuaderno. Si contestan “no, no quiero hablar”, vete. Si dícen, “sí” y te cuentan cosas horribles, quita los sentimientos de tu rostro. Supera la sorpresa de lo que le cuentan a un extraño, como algo tan íntimo como una violación.

Tienes que estar consciente de que te lo cuentan porque tienen que contárselo a alguien, por la razón que sea. Y con eso en la mente, no prometas nada. Las víctimas quieren cosas distintas: venganza, compensación económica, asilo, procesamiento de sus agresores. Diles que sólo puedes escuchar y nada más.

Ataques de llanto y noches de insomnio

Algunas veces, según comentan entrevistadores, el sentimiento de impotencia como observador es abrumador. Kurda Daloye es una estudiosa de origen iraquí de la legislación internacional que habla inglés y árabe, y ha entrevistado a cientos de víctimas de tortura para el Iraq History Project.

A Daloye le tomó tan sólo una entrevista con una víctima de violación iraquí para decidir que nunca más quería entrevistar a otra víctima de violación.

La mujer le contó a Daloye que había sido violada por un miembro del Partido Ba'ath de Saddam Hussein. La mujer se embarazó y trató de esconderlo. Cuando dio a luz, el hombre que la violó se presentó y le quitó al niño de sus brazos. La mujer le dijo a Daloye que no tenía idea de dónde encontrar a su bebé.

“Soy una mujer iraquí y soy madre; en nuestra cultura te matan por esto, sabes, el haberte hecho impura. Escuchar esta historia me pone muy  molesta”, dijo desde su casa en Kurdistán.

Mientras contaba la historia, Daloye lloró.

“Soy buena en mi trabajo. Todo el tiempo escucho crímenes cometidos contra personas, cosas terribles, torturas. Pero esta mujer es distinta para mí”.

Daloye dijo que sentía como si se estuviera saliendo de su cuerpo durante la entrevista. Recuerda que lloró.

“Pienso en ello como una película. Me gusta pensar que fue algo que realmente no sucedió”, comentó. “De esa manera, me siento menos mal de no haberme podido controlar.  Mis lágrimas me dejaron como si alguien me hubiera echado agua encima”.

“Lloramos juntas y después de eso, ella supo que yo realmente estaba sintiendo lo que ella sentía”.

Cuando se les pregunta sobre el trauma secundario, la mayoría de los entrevistadores responden que no les importa el término, que está demasiado minimizado.

Afirman que en lugar de eso, mejor se hable de los ataques de llanto y noches de insomnio, de los entrevistadores que se emborrachan todas las noches pero que se levantan a las 5 de la mañana para hacer su trabajo, el cual hacen bien. Hablen de aquellos discretos y cautelosos que evitan que sus colegas apasionados y espontáneos se metan en situaciones que podrían resultar mortales. Mencionen a los médicos profesionales que hacen su trabajo por una miseria comparado con lo que podrían ganar en un hospital privado en un país pacífico.

Que todos sepan que la importancia que dentro del círculo de entrevistadores tienen los acompañantes y supervisores de las madres, normalmente con hijos y familias esperándolos en sus hogares. Ellos son los que hacen parecer que sentirse mal es lo correcto.

Hablen de Jan Pfundheller, dijo.

Un momento estremecedor

Pfundheller es una mujer difícil de encontrar. Dos días de búsqueda en línea consiguió únicamente una fotografía de una mujer usando unos pants y un cómodo corte de pelo, su cámara en la espalda, hablándole a un grupo de refugiados africanos.

Se ve como una mujer que podría estar frente a ti en la fila de una tienda de abarrotes. Y quizá lo ha estado, ya que ella es una abuela de Brewster, Washington.

Sin embargo, sus colegas alrededor del mundo describen a Pfundheller como una de las más hábiles entrevistadoras de víctimas de violación en zonas de guerra.

“La gente me pregunta, ¿lloras? Por supuesto que lloro, pero lo hago en privado o en la noche. En la noche estoy muy exhausta”, comentó. “Me siento agradecida cada que se rompe mi corazón o me enojo por lo que he escuchado ya que me doy cuenta que mi humanidad todavía me habla”.

Pfundheller habla cuidadosamente, con voz baja y con tonos controlados. Hay algo tranquilizador en su voz. Esa es la voz que escucharon las víctimas de violación y abuso en Brewster cuando Pfundheller trabajó ahí durante cuatro años como detective de crímenes sexuales.

Recién retirada del Departamento de Policía a mediados de la década de los 90, Pfundheller estaba en casa cuando su marido, entonces un agente federal de narcóticos, anunció que le había llegado una oferta interesante.

"Dijo que hubo una llamada de algunos amigos internacionales. Estaban buscando gente para ir a Kosovo para entrevistar a las personas que habían sido violadas como parte de la guerra allá", recordó Pfundheller. "Él me preguntó, '¿Quieres ir con nosotros?".

No había muchas dudas

Cuando llegó a Kosovo en nombre de la Corte Penal Internacional en La Haya y comenzó a hablar con las mujeres, se sintió abrumada. Escucho historias sobre  cómo las fuerzas de seguridad entraron en los hogares, violaron a las mujeres en presencia de sus familiares, y secuestraban y violaban a las niñas. Las mujeres fueron detenidas y mantenidas como esclavas sexuales en los hospitales abandonados, graneros o casas.

"Fue especialmente difícil para mí porque venía de un lugar donde la policía ayudaba a la gente", dijo Pfundheller. "(Si) tenías un problema, acudías con un oficial de policía. En mi mundo, los militares protegían las fronteras. En este mundo, la policía bebía cerveza mientras veían a agentes de policía que violaban a una mujer. Al oír estas historias sentí como una traición a todo lo que entendía".

Pfundheller llevó a cabo entrevistas en Kosovo durante cuatro años. Las historias que documentó ayudaron a condenar a varios líderes serbios acusados de violación por los tribunales de La Haya a finales de  los 90, de acuerdo con el profesor de derecho de la Universidad Northwestern, John Hagan.

Hagan trabajó en el caso crucial conocido como Foca, en el territorio de los Balcanes, donde los soldados serbios utilizaban los hospitales abandonados y otros edificios para mantener a las mujeres y niñas musulmanas como esclavas sexuales.

"El trabajo de Jan fue invaluable", dijo Hagan. "Se demostró que los serbios violaban por tres razones: para infligir dolor, para impregnar y 'limpiar' a la población étnica musulmana, y para desarraigarla".

"No tenían que violar a alguien para hacerlas sentir amenazadas”, dijo. "Si fueran a sus pueblos y dijeran: Vamos a empezar a violar a todas las mujeres a menos que usted se vayan, los aldeanos saldrían de sus casas muy rápido y no volverían nunca más".

El caso Foca fue pionero en el derecho internacional. A pesar de que la violación sistemática ha formado parte de los conflictos desde los tiempos bíblicos hasta las guerras de hoy en día, ningún acusado había sido condenado concretamente por violación como un crimen de guerra hasta ese entonces.

Después de que el caso terminó en los tribunales de La Haya, Pfundheller pensó que debería tomarse un respiro. Volvió a su casa y trató de relajarse durante unos pocos meses. No funcionó. "Resulta que realmente no me gusta el golf", bromeó.

Ella consiguió otro trabajo pronto, esta vez en Darfur. En el lapso de un año trabajando para el Departamento de Estado de EU, Pfundheller y su equipo de investigadores recogieron miles de historias de mujeres y niñas que dijeron que ellas, y algunas veces también sus hijos, habían sido violadas, torturadas y mutiladas por el gobierno de Sudán con el apoyo de las milicias conocidas como Janjaweed, un término coloquial  que en árabe significa "un hombre con pistola sobre un caballo".

Los Janjaweed estaban atacando a la gente que vivían en las aldeas donde los rebeldes antigubernamentales se refugiaron.

Cuando aceptó el trabajo, Pfundheller se sentía preparada para enfrentar otro Kosovo. Lo que encontró en Darfur la dejó sin palabras. Todo lo que podía hacer era informar sobre lo que escuchaba. El resultado contribuyó para que el entonces secretario de Estado, Colin Powell, reconociera en 2004, por primera vez, que el genocidio estaba ocurriendo en Darfur.

Gracia y consuelo

Pfundheller dijo que los entrevistadores no deben quedar atrapados al imaginar que su trabajo va a cambiar algo. En el caso de Darfur, los años de atrocidades fueron documentadas ante la comunidad internacional creando conciencia del genocidio que estaba ocurriendo. Y la violencia que continúa a pesar de que Darfur se ha convertido en una especie de causa célebre de Hollywood.

"Yo creo que el mundo reacciona de acuerdo con lo que el mundo piensa que puede hacer", dijo. "Con  respecto a Darfur, es abrumador para la mayoría de la gente".

Pfundheller dijo que ella no lleva  esperanza ingenua consigo, sólo los detalles de ciertas historias. Hay una mujer en particular a la que conoció en un campamento de refugiados de Darfur que se destaca. Pfundheller cuenta la historia de esta manera: "La aldea de la mujer había sido invadida por los Janjaweed. Ella estaba hablando en su lengua nativa. Tuve un traductor. Ella fue muy amable. Nos sentamos juntas. Ella dijo que su familia fue asesinada. Vio a otras mujeres que eran violadas. Entonces ella misma fue violada. Ella fue mutilada. Ella fue mutilada físicamente al final de la violación.

“Ella había sido entrenada en técnicas de enfermería fuera de Darfur y se arrastró hacia otras personas para ayudarlas y ayudarse a sí misma. Ella vivía en las circunstancias más adversas en un campo de refugiados. Era muy amable durante la entrevista”. 

"Cuando estoy en el final de una entrevista siempre le digo a mi traductor que no juegue al psicólogo y no trate de decirle a una persona que va a estar bien. Limítate a decir: 'Gracias'. Recuerdo que le dije, 'Gracias. Siento mucho que esto le haya sucedió a usted, y sólo quiero agradecerle mucho por decírmelo". 

"Mientras esperaba que se le tradujera ella dijo: ‘no gracias, mi hermana’ en un inglés perfecto”.

Pfundheller estaba atónita. Esta mujer podría haber mantenido la entrevista breve, con el dolor reducido o volver a contar su historia, con sólo hablar directamente con Pfundheller. En cambio, ella jugó por las reglas de este entrevistador, sin  deferencia y respeto por Pfundheller y  por su proceso.

Recordando el momento, Pfundheller rompe  en llanto brevemente, respira profundo y continúa. "Recuerdo la ropa que llevaba, el cabello, la mirada de sus ojos. Ha pasado mucho tiempo pero recuerdo todo lo relacionado con ella.

"Ella era tan digna en este increíblemente caliente, sucio, maloliente y horrible campamento de refugiados. Y esperó con paciencia y respeto a que terminara mi trabajo para revelarme las circunstancias de cómo se dio este encuentro”.

Después de que dejó a la mujer, dijo Pfundheller, volvió a su coche con su traductor, puso su cabeza entre sus manos y sollozó.

"En verdad trato de darme algo de gracia y consuelo", dijo Pfundheller. "Tienes que decir que lo hice lo mejor que pude. Hice mi mejor esfuerzo”. 

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