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Un alcalde republicano de EU, inesperado defensor de migrantes

Paul Bridges es republicano, alcalde de Uvalda, un pueblo con 600 habitantes, y amigo de los trabajadores inmigrantes sin documentos
jue 30 junio 2011 07:57 AM
EU - Alcalde de Uvalda - Georgia
EU - Alcalde de Uvalda - Georgia EU - Alcalde de Uvalda - Georgia

Paul Bridges está en su escritorio, levanta el teléfono y marca un número con la rapidez y concentración de un hombre con una misión. El alcalde de esta pequeña ciudad del sur de Georgia está listo para la batalla, y en búsqueda de una nueva arma.

“Necesito ayuda para crear una página de internet”, comenta Bridges, deletreando el nombre que quiere para una página que promueva una reforma migratoria.

El hombre con el que habla le responde que tratará de ayudarlo. Pero esto no fue suficiente para Bridges. “La verdad no sé cuáles sean tus creencias sobre este asunto, pero te voy a convencer”.

Bridges quiere que el gobierno federal proponga una solución que le dé la oportunidad a millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos de trabajar legalmente en el país.

“Consígueme una invitación a esa reunión del Partido del Té y voy a… Me gustaría presentar los otros puntos de vista opuestos. Seguramente alguna persona de la audiencia será comprensiva”.

Bridges es un soldado poco común en el frente de batalla del debate nacional sobre la inmigración. El sureño de 58 años se autodescribe como un republicano conservador. Durante años supo poco de los inmigrantes pero no le faltaban opiniones respecto a ellos: “Simplemente eran personas de clase baja”, recuerda. “Ni siquiera podían hablar inglés”.

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El inglés de Bridges es informal, usa palabras y frases como “¡caramba!” o “¡diablos, por supuesto que no!". Aunque también puede cambiar al español con acento cantado de un trabajador agrícola mexicano. Asimismo, considera a algunos inmigrantes entre sus mejores amigos.

Bridges es uno de más de una decena que han demandado a Georgia y a su gobernador, para intentar eliminar la nueva ley migratoria del estado . Este lunes, ganaron un aplazamiento cuando un juez federal bloqueó temporalmente algunos apartados de la ley que estaban programadas para entrar en efecto el 1 de julio.

Uno de esos apartados criminalizaría algo que el alcalde de Uvalda hace casi todos los años: conducir un auto con pasajeros inmigrantes y estar consciente de ello. El juez también aplazó algunas secciones de la ley que permiten a la policía preguntar por el estatus migratorio durante las investigaciones de delitos criminales. Sin embargo, la batalla legal está lejos de llegar a su fin. Podría tardarse meses y llegar hasta las salas de las cortes más importantes del país.  Es una lucha que pone a Bridges en contra de muchos miembros de su propio partido y podría afectar a su futuro político. Pero eso no detiene al alcalde.

Tanto en discursos públicos como en artículos de opinión, ha atacado a legisladores por crear un mandato infundado que considera representará una carga para la policía y devastará a los granjeros que dependen del trabajo de los inmigrantes en sus campos de cebollas y bayas.

Sus palabras son más que líneas políticas. El potencial golpe a la economía de la región es una de sus principales banderas.

Bridges está librando una batalla muy personal.

La aplicación de la ley de Georgia lo podría llevar a la cárcel y destruir a las familias de algunos de sus amigos más cercanos.

En su oficina del ayuntamiento, a sólo unos metros de un libro de los alcaldes y concejales de Georgia, tiene un pisapapeles de cristal grabado con un verso bíblico. Se lo regaló una familia de inmigrantes en Navidad.

“Decidí que iba a ser el alcalde de todos”

Bridges está acostumbrado a enfrentarse a públicos difíciles. Los críticos lo llamaron “foráneo” hace dos años cuando decidió lanzarse para alcalde de Uvalda, un pequeña ciudad con tan sólo un semáforo, rodeado por campos de cebollas y bosques de pinos. No importaba que él hubiera crecido a sólo 26 millas de la ciudad. En Uvalda –con 600 habitantes- todos se conocen.

La familia de su oponente tenía raíces en la ciudad que datan de generaciones atrás, de hecho, se podría decir que Martin Moses era invencible en la categoría de reconocimiento de nombre: sus familiares fundaron Uvalda y su abuelo fue alcalde en alguna ocasión.

Pero Bridges estuvo a la altura del reto y fue de puerta en puerta en toda la ciudad para pedirle a la gente que le compartiera sus inquietudes y decirles que quería el puesto.

Actualmente, parece conocer a todos los que viven dentro de las 1.9 millas cuadradas de Uvalda. Su celular suena cuando les falla la televisión por cable, cuando sus recibos de luz suben o cuando olvidan sus llaves dentro del auto.

Te toma cerca de dos minutos en auto ir de un lugar a otro en Uvalda. Un poco más si te detienes por sandías y duraznos en los puestos que se ponen en la esquina del único semáforo de la ciudad. Normalmente la gente está de paso en Uvalda, pensando en otro destino. Sin embargo, Bridges planea quedarse.

Bridges cree que puede influenciar hasta a los más acérrimos partidarios de la ley migratoria del estado – al igual que como se ganó a Uvalda, uno por uno.

La ley -conocida como el proyecto de ley HB 87– ganó apoyos rápidamente en las salas del Capitolio de Georgia. Sus partidarios argumentaron que los inmigrantes ilegales estaba succionando los recursos del estado y que el gobierno estadounidense no estaba haciendo lo suficiente para aplicar las leyes existentes.

“Esta legislación es un paso hacia adelante con responsabilidad ante la ausencia de acción federal. La inmigración ilegal pone una gran carga sobre los ciudadanos de Georgia que pagan impuestos”, afirmó el mes pasado el gobernador Nathan Deal después de firmar el proyecto de ley.

Bridges dice que Deal está “promoviendo un sentimiento antimigrantes sin fundamentos”.

“La comunidad inmigrante representa una gran parte de la economía de Georgia”, comentó. “Esta gente gana dinero y paga impuestos al igual que el resto de nosotros”.

Bridges tiene una lista de quehaceres en un pizarrón de su oficina que uno esperaría de un alcalde de una ciudad pequeña. Está recaudando impuestos y tratando de convencer a la gente de abrir negocios en el dilapidado centro de la ciudad.

Él ve su responsabilidad –servir a los “ciudadanos”- un poco diferente a la mayoría de los alcaldes.

Para él, ese término no tiene nada que ver con pasaportes o documentos de residencia.

“Cuando me convertí en alcalde decidí que iba a ser el alcalde de todos, incluyendo de la gente que de otra manera no tiene voz”.

Los inmigrantes ya no son extraños

Bridges sabía que los inmigrantes era una fuerza laboral creciente en las granjas del sur de Georgia, pero nunca los vio ni escuchó.

Eso cambió una tarde de 1999 cuando fue a buscar ingredientes para lasaña en una tienda Soperton.

Una pareja de tez morena llamó su atención. Por la manera en que se recargaban entre ellos sabía que estaban muy enamorados. Salían palabras de sus labios, una serie de sonidos sin ningún sentido para Bridges. De cualquier manera siguió escuchando, esperando lograr entender algo.

Se les acercó al salir de la tienda con las bolsas del súper en la mano. “¿Quieren un aventón?”.  Se le quedaron viendo extrañados, por lo que les volvió a preguntar, “¿Quieren un aventón?”. 

La pareja y otro hombre se subieron a su auto, indicándole su destino a unos cuantos kilómetros: dos tráileres muy viejos en medio de un campo de algodón. Bridges los dejó y se fue a su casa a preparar la cena.

Pero Bridges no podía olvidar lo que había visto. Casi 30 personas viviendo en los dos tráileres. Unas horas después, Bridges regresó al campo de algodón, llevaba lasaña y el diccionario de español-inglés de su hija. Fue el principio del viaje a un nuevo mundo que cambiaría su vida.

Fue arropado por personas de las que nunca tuvo conciencia. Le enseñaron nuevas palabras, sirvieron sopa y mostraron fotografías de sus hijos en las paredes del tráiler.

“Me hizo darme cuenta de que tengo que mirarme a mí mismo… Realmente sacó a mi “yo” dentro de mí”, afirmó.

Pasó la noche de Año Nuevo ese año con una familia en México. Cuando regresó a Georgia, comenzó a dar clases de inglés como un segundo lenguaje para los inmigrantes. Se presentó con sus alumnos como “Pablo Puentes”, una traducción literal de su nombre al español.

Algunas personas no entendían su transformación. Cuando Bridges le presentó por primera vez un amigo inmigrante a su familia, su cuñado se dio la vuelta y se fue.

Bridges se negó a limitar su círculo social.

“Pensé: bueno, simplemente no lo conoce”.

Él también veía a los inmigrantes como extraños. Luego, muchos de esos extraños se convirtieron en amigos. Y eventualmente, en parte de la familia.
 

Los rumores de la nueva ley generan pánico

En un viernes por la tarde en el punto máximo de la temporada de cebollas, los trabajadores se dirigen a la tienda de conveniencia del sur de Georgia, emocionados por cobrar sus cheques tras una semana de trabajo en los campos de la zona.

Huelen a frutas frescas y los murmullos en español llenan el aire.

Bridges saluda a los clientes detrás del mostrador, interrumpido por el sonido de la caja registradora.

“Buenas tardes. Pásenle”, dice Bridges.

Ocasionalmente, algunos turistas se detienen a tomar fotografías de esta tienda en Santa Claus, Georgia, una pequeña ciudad cercana a Uvalda, fundada en los cuarentas por un granjero que esperaba generar ventas de nueces. Aunque el dueño de la tienda asegura que el flujo de inmigrantes ha sido un mucho mayor detonador para su negocio. Él opera el tipo de tienda de gasolinera que sólo vende cerveza, papas fritas y cecina desde hace una década. Ahora su inventario lo forman limas, hojas de maíz y chile seco. Detrás de su mostrador hay tarjetas telefónicas con la bandera de México.

“Hice los arreglos para que recibiera tortillas”, dijo Bridges, quien es voluntario en la tienda los viernes por la tarde. Le da la oportunidad de practicar diferentes tipos de vocabulario español, así como charlar con amigos.

“Gracias a usted”, le dice a un cliente después de cobrarle su compra. “Nada más firma tu nombre abajo", le dice a otro hombre esperando para cobrar un cheque.

Algunas personas hacen una parada cuando escuchan que él está en la tienda. Son viejos amigos o ex alumnos de inglés que lo conocen como Don Pablo.

Bridges bromea con ellos en español en lo que llegan al mostrador. Cuando un hombre llega con un paquete de 12 cervezas, Bridges le dice que quiere la mitad.

Pero mientras se difunden los rumores de la ley migratoria, las pláticas en la tienda han tomado un tono más serio.

“Me piden: dinos qué dice la ley”, comenta Wiggins. “Realmente no entienden… Los vemos entrar en pánico”.

La falta de información sobre la nueva medida dispara rumores sobre redadas migratorias. Padres ilegales con hijos nacidos en Estados Unidos discuten la posibilidad de salir de Georgia. Algunos trabajadores inmigrantes que pasan normalmente por Georgia han decidido mantenerse fuera del estado, prefiriendo trabajar en campos de Michigan o Carolina del Norte.

Bridges toma un descanso tras atender el mostrador para ver cómo está la situación en la granja de cebollas de al lado. Unos 20 trabajadores rodean una línea de ensamble en una bodega empacando cebollas en sacos para ser embarcados. La mano de obra es corta. Pocos trabajadores inmigrantes se presentaron esta temporada por los rumores de que la ley habría cruzado las fronteras estatales.

Bridges pregunta a los hombres quién dirige la operación y qué piensan de la nueva ley, advirtiéndoles que las consecuencias podrías ser nefastas.

“Si no la detenemos en Georgia, los demás estados la implementarán”, dijo Bridges.

El gerente de la bodega, Rubén Arizmendi, sugiere crear un sistema de permisos para trabajadores que ya viven en el país.

“¿Considerarías enviar una carta al editor de The Vidalia Advance?”, preguntó Bridges.

“Si alguien la escribe por mí”, responde Arizmendi.

Bridges le dice que él lo hará.

“Creo que debería mantenerse al margen de ese asunto”

En un correo electrónico lo llamaron “estadounidense malvado”. Otro lo etiquetó de comunista.

Y otro más –con el título de “El precio real de las cebollas”– lo criticó por llevar a inmigrantes ilegales para ser atendidos en consultorios médicos, afirmando que los ciudadanos estadounidenses están siendo obligados a pagar las recetas médicas de trabajadores de cebollas.

Al extenderse el rumor de la demanda, empezaron a aparecer mensajes de gente que Bridges no conocía en el buzón de correo de su oficina en el Ayuntamiento. Sin embargo, las críticas por el involucramiento del alcalde en la demanda se manifiestan también en las calles de Uvalda.

“Supe que alguien iba a armar un escándalo por eso. No creí que llegara a tener un impacto local”, dijo Leland Adams, quien es dueño de una tienda de herramientas ubicada a unas cuadras de la casa de Bridges en Main Street.

Los inmigrantes son buenos clientes, afirmó, pero deben obedecer la ley.

“Creo que prefiere mantenerse al margen de ese asunto, no meterse con la ley. Creo que todos deberían estar aquí legalmente y mostrar sus identificaciones cuando se requiera”.

Bridges no se avergüenza de defender sus puntos de vista. Un hombre le preguntó qué haría si alguien entrara a su casa y violara y matara a un miembro de su familia.

“Me gustaría saber si quisiera que esa persona fuera procesada con todo el peso de la ley. Si tu respuesta es sí, ¿por qué no quieres que se procese a otras personas que quebrantan la ley?”, le escribió. “Señor Bridges, usted puede y debe aplicar la ley por igual”.

Bridges le respondió:

“¿Está cómodo con una ley que le diga quién puede y quién no visitarlo en su propia casa? ¿Una ley que le diga quién puede y quién no subirse a su auto? ¿Una ley que convierta a un ciudadano respetuoso de la ley en criminal?

Bridges ha estado intentando cuidar sus palabras desde que una mujer del Southern Poverty Law Center le pidiera unirse a la demanda colectiva contra la ley migratoria de Georgia.

Él es padre de tres hijos, divorciado, y las advertencias de sus familiares y amigos lo influyen. Muchos trataron de convencerlo de que no se involucrara en el caso, temiendo que atrajera demasiada atención. Él está preocupado de que expresar lo que piensa pueda lastimar a sus seres queridos.

Asimismo, sabe que su participación en la demanda puede afectarlo políticamente si decide lanzarse nuevamente para la alcaldía en 2013.

Pero para Bridges, retroceder no es una opción.

A pesar de la ley migratoria, él seguirá llevando a inmigrantes a partidos de futbol y a centros comerciales. También seguirá dejando que los familiares de sus amigos indocumentados se queden en su casa durante la temporada de recolección de bayas. Y seguirá combatiendo la ley, aunque ninguna de las personas por las que lo hace pueda votar por él el día de las elecciones.

“Seguiré haciendo lo que estoy haciendo”, afirmó. “Porque no puedo huir asustado de algo que está tan descaradamente mal”.


Vale la pena arriesgarse por ayudar a los amigos

Bridges se sube en el asiento del conductor de la camioneta de su amigo y enciende el motor para un viaje de compras de viernes por la noche.

Una niña de cinco años que está en el asiento trasero lo llama “abuelo”.  Es la hija de uno de sus mejores amigos, un inmigrante mexicano que conoció en los tráileres del campo de algodón en 1999.

Al igual que Bridges, la niña nació en Vidalia, la “Ciudad de las cebollas dulces”, Georgia. Pero sus padres, hermano y hermana llegaron a Estados Unidos de manera ilegal.

Bridges trata siempre de llevarlos a donde tengan que ir. Una luz trasera del auto averiada o darse una vuelta prohibida podría destruir a la familia. Si las autoridades los detienen y se descubren que son indocumentados, podrían ser encarcelados o deportados.

Con la Ley HB 87, Bridges podría ir a prisión o recibir fuertes multas por llevarlos. Pero él dice que el riesgo vale la pena. También son su familia.

Juntos se bajan en varias tiendas y terminan el día en Wal-Mart, donde la familia planea encontrar un regalo de bodas para el día siguiente.

Bridges se encuentra a algún conocido casi en cada pasillo. Y menciona la ley migratoria cada que tiene oportunidad.

Se topa con un hombre –un ciudadano que acaba de casarse con una inmigrante indocumentada- le dice que se enteró de la ley unos días antes cuando leyó un periódico de habla hispana en un restaurante local. Desde entonces no deja de pensar cómo un simple viaje a comprar víveres puede arruinar la vida que él y su esposa están construyendo juntos.

“No puedo dormir. No sé qué voy a hacer. Ella es deportada y yo voy a la cárcel, ¿y todo por qué? ¿Por ir a Wal-Mart a comprar leche?”.

Bridges le dice que debería contactar a sus legisladores locales, antes de que sea demasiado tarde.

El hombre se encoge y dice: “¿Qué va a lograr un hispano de 22 años?”

Afirma que ha sido detenido más veces de las que puede recordar por un oficial de policía en un pueblo cercano quien siempre le repite la misma frase: “Tienes ese pelo negro y esa piel oscura. Y yo asumo que no tienes licencia”.

Bridges le implora que alce la voz.

“Tú podrías ser esa última gota”, le comenta. “Podrías ser el que lo logre. No sabes lo importante que es esto”.

El hombre se encoge nuevamente. “¿Qué les digo”, pregunta. “¿Ayuda?”

Bridges mueve su cabeza en señal de negación. Él cree que las mentalidades pueden cambiarse, como ocurrió con él.

“Sólo diles: quiero que me escuche. Soy una persona de verdad. Escúchenme”.

La lucha está ahora en manos de la corte

Bridges está sentado en un banquillo de madera en la primera fila de una corte de Atlanta, apretando un cuaderno. El ambiente es tenso, silencioso. Tiene náuseas y está solo.

Sus amigos lo están esperando en una camioneta en un estacionamiento cercano. La familia ha vivido en Georgia por más de una década pero ahora tienen miedo de salir al aire libre.

Bridges está luchando por ellos y por incontables amigos y ex alumnos. Su decisión de ser “el alcalde de todos” lo trajo hasta aquí.

La familia está dispuesta a esperarlo horas en el calor para que los lleve al centro comercial después de la sesión de la corte. Ante la incertidumbre de cómo les afectará la nueva ley, han cancelado la fiesta de quinceaños de la niña en caso de que tengan que salir del país. Asimismo, tienen la esperanza de recuperar el depósito que hicieron por el vestido.

“Todos de pie. La corte entra ahora en sesión”, comenta el alguacil.

Omar Jadwat, un abogado del American Civil Liberties Union (Sindicato de Libertades Civiles Estadounidense), menciona a Bridges en su argumento inicial, señalando que “el alcalde Bridges, quien ocasionalmente ayuda a amigos indocumentados a venir de Florida a Georgia”.

El juez de distrito Thomas Thrash Jr. Interrogó al abogado defensor del Estado.

Le pregunta qué ocurriría si un policía detiene a un joven de 18 años por manejar a alta velocidad mientras se dirige a una tienda de abarrotes con su madre indocumentada.

Mientras el juez habla, Bridges asienta con la cabeza tan intensamente que todo su cuerpo se empieza a mover de atrás para adelante. Está estimulado con el interrogatorio. El juez parece tener la misma visión que él: una ley que convierte a buenos ciudadanos en criminales y que destruye familias.

Asimismo, hace muecas ante la respuesta del abogado.

“No sería distinto a que la madre tuviera sus bolsillos llenos de cocaína y que él estuviera transportándola conscientemente para venderla”, dijo Devon Orland, Fiscal General Adjunto del Estado.

El juez no presenta su resolución ese día, pero promete que lo hará antes del 1 de julio, cuando está programado que la ley entre en vigor.

Afuera, en la entrada de la corte, Bridges se encuentra con un grupo de demandantes hablando con los reporteros. Después de una mañana como espectador, Bridges se va al ataque.

“Esta ley ha puesto el blanco en las espaldas de estos trabajadores y sus familias. Es antiestadounidense, excesiva y anticristiana”, comentó.

Su voz sube de tono. “No cuenta con los valores de mi Partido Republicano”.

 Algunos espectadores aplauden. Los reporteros lo rodean, asediándolo con preguntas. Aunque pierden el interés cuando otro demandante empieza a hablar.

Bridges se aleja solo de la corte.

Es un solo un hombre nadando en un mar de rascacielos desconocidos. Los vastos y amplios campos del sur de Georgia están a cientos de kilómetros de distancia. Su rostro se enrojece. Sus ojos se llenan de lágrimas. Pone su mano en su frente.

“Es más emotivo de lo que puedo explicar”.

Mientras da la vuelta a la esquina para llegar al estacionamiento, la niña de cinco años lo llama abuelo y lo abraza poniendo sus brazos alrededor de sus piernas. Él le da un beso en la cabeza.

“Se acabó princesa. Lo logré”, le dice.

Ella lo ve con una sonrisa de satisfacción. Pero su hermana mayor, quien nació en México y ha pasado la mayor parte de su vida en Estados Unidos, se ve ansiosa.

Se trata de la quinceañera cuya fiesta se canceló. Está aterrada de que la ley la obligue junto a su familia a regresar al país que apenas recuerda.

“¿Qué pasó?”, le pregunta.

Bridges le responde que el juez no decidió, pero que hizo muchas preguntas.

“¿Entonces tienes confianza?”.

Bridges no responde.

Los rostros de la inmigración en Estados Unidos

El lunes por la tarde, Bridges no podía dejar de sonreír. La decisión del juez era un rayo de esperanza en que el sistema judicial en el que cree es capaz de traer justicia.

Pero ya se está preparando para el siguiente episodio de la batalla. El Estado está apelando la resolución y posiblemente ambas partes regresarán a la corte para presentar sus argumentos sobre el caso.

En una sesión futura, Bridges espera tener la oportunidad de testificar.

Cuando recibió la noticia el lunes, llamó a un inmigrante mexicano que se ha convertido en uno de sus mejores amigos, el hombre al que su cuñado rechazó pero que ahora es bienvenido en las reuniones familiares de los Bridges.

Le comentó que las peores partes de la ley han sido detenidas por el momento.

Luego llamó a su sacerdote, quien dijo que la decisión del juez fue una respuesta a sus plegarias.

Minutos después, suena el celular de Bridges. La hija quinceañera de su amigo quería saber más de la resolución.

“¿Qué significa?”, le preguntó.

A cualquiera que escuche, el alcalde de Uvalda le dirá: la niña que pregunta ansiosa es uno de los tantos rostros de la inmigración en Estados Unidos, alguien a quienes los partidarios de leyes como la HB 87 ignoran pero que deben ver.

Ella es una estudiante de dieces cuyos padres están trabajando duro para darle una vida mejor. Ella ve a Estados Unidos como su país. Y como cualquier adolescente, ella no quiere dejar a sus amigos, maestros y la escuela que ama.

El lunes, ella le preguntó al alcalde por las palabras exactas para describir la resolución del juez.

Ella quería publicar la noticia en Facebook.

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