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La sequía y la hambruna en Somalia vistas a través de tres historias

En Somalia, tienen dos temporadas de lluvias, en otoño y en primavera, pero este año no llegó ninguna de ellas y la tierra está seca
lun 25 julio 2011 09:31 AM

Nota del editor: Joy Portella es directora de comunicación de Mercy Corps, una organización humanitaria global. Visitó recientemente zonas de África que sufren de sequía y hambruna. A continuación algunos pasajes de su blog en MercyCorps.org que escribió durante su viaje.

(CNN) — Recientemente visité Garissa, Kenia -una ciudad de al menos 180,000 habitantes no lejos de la frontera con Somalia– y zonas del norte para ver cómo la sequía de este año había impactado a las familias . Desde una perspectiva externa, es normal escuchar sobre la sequía en el Cuerno de África y entristecerse. Es uno de esos escalofriantes desastres naturales sobre los que la gente de Occidente escucha cada año.

Pero esta no es sólo otra sequía anual; esta es la peor crisis de la región que se ha visto en 60 años. ( La ONU declaró oficialmente el miércoles pasado un estado de hambruna en Somalia ). En un contexto histórico, la situación se ve más lúgubre que la sequía masiva de Etiopía a mediados de los ochentas que inspiró el concierto Live Aid, y que la sequía de Somalia a principios de los noventas que desembocó en la bien conocida misión de paz de la ONU.

Garissa y el resto de la región –incluyendo partes de Kenia, Somalia y Etiopía– generalmente tienen dos temporadas de lluvias, una en otoño y otra en primavera. Este año, no llegó ninguna de ellas y la tierra está completamente seca. A continuación, tres personas que conocí en la región y sus historias personales tras la sequía.

Caminando 17 días

Hadado está tan seca como un hueso. El panorama cambia dramáticamente al aproximarte a esta pequeña ciudad del condado de Wajir, Kenia. No hay nada con vida hasta donde alcanza la vista. Hasta que vi a Hindiya y sus cabras.

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Hindiya tiene 10 años, es preciosa y sonriente. Ella viaja con su padre, Roble, con su hermano y hermana, así como un clan de pastores amigos y familiares. Y por supuesto, con sus cabras a su lado.

La sequía obligó a su familia a separarse. La madre de Hindiya y el resto de su familia fueron a Somalia en un intento por encontrar agua y comida para sus camellos. Hindiya, su padre y hermanos están en movimiento, vagando hacia donde escuchan que podría haber agua.

Eso fue lo que los llevó al condado de Mandera hace un par de meses. La familia acampó ahí hasta que la fuente de agua local se agotó y ahora están nuevamente deambulando. Cuando los encontramos, ya habían estado caminando durante 17 días, casi sin parar.

Le damos a Hindiya y a su familia botellas de agua, el bien más valioso en la región. Comer es un lujo. La familia de Hindiya no tenía comida esta mañana y no tienen nada para comer esta noche. En ocasiones comen en las tardes -generalmente cuando les es posible detenerse en un pueblo, matar una cabra y venderla– y a veces no.

Increíblemente, la familia no presenta enfermedades serias, aunque aseguran que ocasionalmente a alguien le da “un poco de malaria”, indicando que la medida de una “enfermedad seria” está muy elevada. Pero me pregunto cuánto tiempo podrán seguir con este paso antes de enfermarse gravemente.

La gente nos dice que esta parte del oeste de Wajir no ha recibido lluvias significativas en los últimos tres años. Los pastores –como la familia de Hindiya– que acostumbraban asentarse en períodos de seis meses, ahora tienen suerte si se pueden quedar durante un mes. Y entre los períodos de asentamiento, hay hambre, pobreza, muerte de ganado y caminatas, caminatas y más caminatas en busca de agua.

No puedo evitar observar la figura raquítica de Hindiya y pensar: ¿Cuánto tiempo más podrá seguir adelante?

Luchando por mantener viva a una cabra

Algo que debemos tener en mente sobre la gente de esta región es que la mayoría de ellos cuida y vende animales como una forma de vida, incluyendo a ganado, cabras y camellos.

Cuando no hay suficiente lluvia, los animales no tienen suficiente agua ni comida. Los animales se debilitan y enferman progresivamente, y la gente se apresura a vender a los animales que no pueden alimentar. A unos diez kilómetros del centro de Garissa hay un asentamiento de algunos cientos de familias, algunas de las cuales han estado ahí durante años y que migraron recientemente en busca de agua.

Hablé con Nimu Adan, una mujer de 65 años que vive con su esposo, ocho hijos adultos y varios nietos. La familia de Nimu ha vivido ahí durante 15 años, pero están rodeados por recién llegados que se han mudado a la zona desde la sequía. La familia tiene 20 cabras –la mayoría ha estado enferma en los últimos dos meses y no hay suficiente comida– y con los recién llegados hay más competencia por la poca comida que hay. La familia ha comprado medicinas para las cabras, pero Nimu afirma que no están funcionando.

Nimu explicó que, como los animales están enfermos, nadie quiere comprarlos, lo cual significa que el ingreso de su familia caerá en picada. Como consecuencia, la familia no puede comprar alimentos suficientes y han recortado sus tres comidas al día a sólo una o dos, y la han sobrellevado con “lujos” como leche.

Actualmente consumen sólo productos básicos como harina de maíz, difícilmente una dieta nutritiva. Lo que salva a Garissa es que está ubicada cerca del Río Tana, una fuente de agua para personas y animales. Pero entre más te alejas del río, verás menos áreas verdes y la situación es más desesperante.

Una familia de pastores me contó: “Nos mudamos de los campos, donde los animales tienen mucho pasto para comer, a Garissa porque necesitan agua. Ahora tenemos el agua del río pero no hay comida”.

La historia de una “viuda seca”

Una de las cosas más tristes de la sequía actual en el Cuerno de África es que está destruyendo familias. Los hombres se van con el ganado en busca de agua –generalmente recorriendo cientos de millas durante meses– o dejan la vida de pastores para ir a las ciudades a conseguir empleo. De cualquier manera, normalmente abandonan a mujeres y niños.

En la ciudad de Hadado, conocí a una de las mujeres que llamo “viuda seca”. Zeynab Hassan es relativamente nueva en Hadado. Ella y la familia de su hermana se mudaron aquí, provenientes de lo que antes eran pastizales cercanos a la ciudad cuando sus dos esposos se fueron. Los hombres están vagando con los animales que les quedan en busca de agua y comida.

Eso fue hace un mes. Le pregunté a Zeynab cuándo regresaría su esposo, se encogió de hombros y me djio: “No tengo idea”. Zeynab sobrevive vendiendo leña. Camina 32.19 kilómetros (20 millas) para conseguir madera, lo cual es duro y potencialmente peligroso. Vende paquetes de madera por unos cuanto chelines en la ciudad y usa el dinero para comprar azúcar y ugali –el almidón preferido de África Oriental– para sus hijos.

Es un trabajo que no genera mucho. Tres palos largos de madera cuestan cinco chelines kenianos; un kilo de azúcar cuesta 120 chelines. La situación del agua es peor. La familiz de Zeynab ha estado obteniendo agua de un pozo local –20 litros por cinco chelines– pero es salada y contaminada, por lo que los niños han estado sufriendo diarrea. Un comerciante transporta y vende agua fresca, 20 litros por 50 chelines, totalmente fuera de su alcance económico.

A Zeynab y su familia les iba bien antes de la sequía. Tenían mucho ganado, cabras y camellos. Cuando le pregunté cuántos animales poseían, me dijo que “más de 100” pero no podía –o no quería– ser más precisa. “No quiero hablar de la cantidad de animales que teníamos y perdimos. Me pone muy triste”, comentó.

La historia de Zeynab es muy común. Cuando le contamos a un colega de una organización local que queríamos hablar con una “viuda seca” sobre los retos que están enfrentando, respondió: “Vayan a cualquier aldea. Encontrarán a ese tipo de mujeres por todos lados”.

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