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OPINIÓN: ¿Por qué extremistas como Breivik se vuelven violentos?

Las ideas de los líderes inspiran a los aspirantes a terroristas y aunque el extremismo no igual a violencia, sí la promueve, dice el autor
lun 01 agosto 2011 02:56 PM
Noruega - niño - catedral de Oslo
Noruega - niño - catedral de Oslo Noruega - niño - catedral de Oslo

Nota del editor: Marc Sageman es un consultor independiente en temas de terrorismo y autor de “Leaderless Jihad” y “Understanding Terror Networks”.

(CNN) — Cualquier masacre en gran escala, sobre todo cuando atenta contra jóvenes, genera shock  y horror. ¿Cómo es esto? La tentación es rechazarlo como una acción que proviene de un demente . Atribuir el asesinato de masas a trastorno mental es conveniente, sobre todo porque las explicaciones adicionales se vuelven innecesarias. Nos quedamos con un entendimiento superficial del asunto, nos afligimos por las víctimas y seguimos de manera normal con nuestras vidas.

Pero la masacre de masas cometida en nombre de cualquier ideología política o religiosa; sea en nombre del cristianismo, proletariado, raza aria, Islam, libertad, "la raza europea original” o cualquier otra noción abstracta se convierte entonces en un acto político y no puede ser fácilmente reducida a la condición psicológica del autor del crimen.

El terrorismo surge de una subcultura política. Esto hace que surjan preguntas sobre la relación entre una subcultura de extremismo y la violencia que genera en su nombre.

Los musulmanes pertenecientes a la corriente ideológica dominante se quejan de que terroristas como Mohammed Atta o Khalid Sheikh Mohammed , quienes afirman perpetrar asesinatos en nombre del Islam, no deberían ser vistos como musulmanes verdaderos, porque el Islam es una religión de paz. Muchos occidentales culpan a esta forma de terrorismo islámico y afirman que estamos en un gran choque  de civilizaciones, una especie de oposición existente entre el Islam del medievo y el Occidente surgido de la Ilustración.

Por su parte, el común de los cristianos han rechazado los actos cometidos por Anders Behring Breivik, el sospechoso de las matanzas recientes en Noruega , y es señalado como un no cristiano, porque el cristianismo es una religión de paz, aunque Breivik se denomine a sí mismo como un Caballero Templario, en defensa de la cristiandad europea. En efecto, en su manifiesto, Breivik a menudo hace alusión a fuentes neoconservadoras de Estados Unidos.

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Bajo este panorama, ¿qué podemos hacer? Lamentablemente, en las escrituras de las religiones abrahámicas existen pasajes que tanto elogian como condenan la violencia contra los “enemigos”. ¿Deben cargar con responsabilidad los líderes intelectuales que ayudan a formar estas subculturas extremas que se encargan de cometer los horrores destinados en el nombre de su causa? ¿Son culpables estos predicadores del odio de incitar a la violencia de masas?

La comparación de Breivik con cualquiera  de los nuevos  terroristas de la Yihad islámica clarifica esta cuestión. Tal y como estos terroristas surgen de una subcultura de la nueva Yihad que rechaza los valores de occidente, Breivik surge de una subcultura islamofóbica que rechaza la inmigración de musulmanes a occidente. En ambos casos, los seguidores buscan la justificación de sus puntos de vista en una lectura muy selectiva de sus respectivos textos sagrados.

Pero sería injusto culpar a todos los partícipes de estas subculturas por la violencia sucitada, puesto que no todos ellos son parte de las violentas conspiraciones actuales.

Los adherentes a estas causas se extienden desde la gente que culpa a Occidente de la violencia contra los musulmanes, o al Islam por la violencia en el hemisferio occidental, hasta aquellos que van más allá y abogan por el uso de la violencia. El problema radica en que los críticos más “suaves” proporcionan cierto grado de credibilidad y legitimidad a los discursos –y sus predicadores- que poseen mayor intensidad en el odio hacia los otros. Los prejuicios nunca están exentos de costos: estos son la infraestructura de los crímenes de odio y terrorismo.

Los terroristas se ven a sí mismos jugando un papel principal en una guerra apocalíptica global, compitiendo como las fuerzas de bien contra las fuerzas de mal para la salvación del mundo.

Puede parecer como si la polarización de sociedades Occidentales esté empeorado. Derechista, nativistas, supremacistas blancos y grupos fundamentalistas cristianos crecen tanto en Europa como en los Estados Unidos. El Southern Poverty Law Center  relató que estos grupos de odio que alcanzan el millar en Estados Unidos por primera vez desde que el Centro comenzó su conteo en los años ochenta. Esto no es de buen agüero para la seguridad del territorio en el futuro. Hasta parece que los defensores menos radicales de los nativistas echan leña al fuego del odio.

En las democracias liberales, hasta los grupos activistas más desagradable son protegidos. Estas subculturas que predican  el odio contra sus opositores son legales, y así lo serán en tanto no le permitamos al gobierno decidir cuáles puntos de vista son permitidos y cuáles no lo son grupos de ese tipo.

Pero estas subculturas a menudo abrigan a la gente orientada a la acción. Algunos fanáticos jóvenes que sus amigos creyentes en los ideales sólo "hablan, hablan y hablan", por lo que deciden “tomar las cosas” en sus propias manos. Se conciben a sí mismos como soldados que defienden su comunidad imaginaria de víctimas musulmanas, víctimas de los europeos originarios, víctimas cristianas o simplemente víctimas blancas. Comienzan a practicar artes marciales, juegan juegos de guerra como paintball, compran armas y práctica con ellas.

Ellos creen que están implicados en una guerra y hasta se visten como soldados, el estilo es ser afgano para los de la nueva Yihad, y el de Caballero Templario para Breivik. Inician su conspiración contra sus enemigos imaginarios y perseveran a pesar de la hostilidad extendida que muestra la sociedad. Por suerte, el número de aquellos que se atreven a matar de verdad es muy pequeño comparado con el número de miembros de sus subculturas.

La relación entre los líderes de estas causas y los terroristas es compleja. Por un lado, los líderes por lo general no participan en los ataques violentos, y no pueden ser culpados de ellos. En efecto, los terroristas a menudo rechazan a sus líderes al verlos sólo como “habladores”. Por otra parte, las ideas de los líderes inspiran a los aspirantes a convertirse en terrorista y le dan sentido a su acto. El extremismo no es lo mismo que la violencia, pero la promueve.

Esperemos que la tragedia en Oslo estimule la discusión sobre los costos humanos de los prejuicios y que ayude a disminuir la retórica de exclusión y victimización utilizado por todas las partes.

Las opiniones en este artículo sólo representan las de Marc Sageman

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