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Una ciudad japonesa cercana a zona de exclusión busca sobrevivir al éxodo

Casi la mitad de los 70,000 habitantes de Minami Soma abandonó la ciudad tras la crisis nuclear provocada por el terremoto y el tsunami
sáb 17 septiembre 2011 11:40 AM
niños de kinder
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Una línea que demarca la zona de exclusión alrededor de la planta nuclear de Fukushima, en Japón, atraviesa la ciudad de Minami Soma. Aunque existe una parte que estaría a salvo de radiación, esta área se está empezando a parecer al sector fantasma vecino.

Seis meses después de que el terremoto de magnitud 9.0 desencadenara un mortal tsunami que provocó fusiones y fugas radiactivas en el complejo de Tokyo Electric Power, Minami Soma, se esfuerza por permanecer con vida.

En la parte que debía seguir funcionando con normalidad, comercios y restaurantes clausurados en el tramo de una carretera que da a la entrada de la zona de exclusión muestran que declarar el sector a salvo no ha sido suficiente.

"La gente quiere que el Gobierno muestre directivas claras e idee una hoja de ruta, estableciendo finalmente qué zonas son habitables, cuáles no y por qué", dijo Tomoyoshi Oikawa, de 51 años, asistente de dirección del hospital de Mimami-Soma.

Ahora casi la mitad de sus 70,000 residentes se ha ido, incluidos doctores, enfermeras, maestros y funcionarios necesarios para administrar los servicios básicos de la ciudad, mientras la desconfianza sobre el oficialismo y los desafíos de la vida cotidiana amenazan con expulsar a más personas aún.

Inmediatamente después de las fusiones de los reactores de Fukushima, las autoridades impusieron la zona de exclusión, cercenando la ciudad. Más tarde, aconsejaron a ancianos y niños dentro de un radio de 20 a 30 kilómetros que dejaran el lugar y al resto que estuvieran preparados para hacer lo mismo.

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Miles aún viven en un limbo, afectados por temores a la contaminación por radiación y la incertidumbre por su futuro.

"Si nosotros, como doctores, no explicamos las cosas a nuestros pacientes adecuadamente, podemos ser demandados. Pero el Gobierno, que ha condicionado las vidas de al menos 200,000 personas a raíz de sus decisiones postsísmicas, no nos ha podido explicar sus pasos hasta ahora", sostuvo Oikawa.

Oikawa nació en la prefectura de Fukushima, obtuvo su título universitario en la región y está decidido a "ser enterrado" allí.

No todo el mundo está igualmente comprometido. El éxodo a otras partes de la región y el resto de Japón está creando un círculo vicioso donde a quienes se quedan les está costando cada vez más resistir.

"Sólo tengo a 140 de los 240 miembros de mi personal", dijo Oikawa, en su escritorio en el pasillo donde aún funciona una oficina de respuesta de emergencia creada en marzo, junto a la cual pasan empleados y pacientes y detrás de la cual hay un mapa de la radiación junto a cascos.

Incluso antes del desastre, la zona sufría una escasez de doctores y ahora su principal hospital funciona a un tercio de su capacidad, luchando por atender a pacientes preocupados por el impacto de la radiación.

El éxodo

La lúgubre sombra de la planta de Fukushima, donde ingenieros todavía luchan a diario para estabilizar los reactores y limitar la contaminación radiactiva, ha provocado un éxodo de jóvenes y familias con hijos.

Sólo alrededor de la mitad de los estudiantes primarios y secundarios y cerca de un 20% de los niños en edad para asistir al kínder han regresado, después de ser evacuados a la fuerza en los días posteriores a las explosiones.

Las mediciones oficiales muestran que los niveles de radiactividad de alrededor de 0.3 microsieverts por hora son más altos que antes del accidente, pero están bien dentro de los límites seguros.

Sin embargo, pocas personas confían en los datos oficiales.

"No les hemos permitido salir a jugar en los últimos seis meses", dijo Yuka Nagakawa, de 27 años, docente en un club de Minami Soma ubicado en un edificio ahora repleto de estudiantes de otras cuatro escuelas de las zonas evacuadas.

"Muchas madres están especialmente preocupadas por la exposición a la radiación interna y traen a la escuela sus propias botellas de agua", indicó Nagakawa.

Al Gobierno de Tokio le tomó casi medio año decir que planeaba reducir la radiación a la mitad en dos años en las zonas contaminadas, removiendo el suelo, plantas y árboles en una región que se extiende en miles de kilómetros cuadrados.

Los cambios en las pautas oficiales de seguridad y los meses que las autoridades demoraron en elaborar un plan para la limpieza del desastre nuclear han generado una profunda desconfianza hacia el Gobierno.

Muchos niños en el club de actividades extracurriculares vienen de familias que residen en viviendas temporales o centros de evacuación. Ellos lidian con el trauma del desastre, mientras encaran persistentes secuelas y constantes traslados de un lugar a otro.

"Uno puede verlo en la forma en que juegan. Los niños sacuden a sus muñecos, gritando 'dadadada' como si ocurriera un terremoto o actúan como si se ahogaran en el tsunami", explicó Nagakawa.

"A veces incluso hacen de cuenta de que la planta nuclear ha explotado y hablan entre sí sobre cosas como microsieverts", agregó la docente.

Una de las escuelas inmediatamente en el límite de los 20 kilómetros de la zona de exclusión alberga a unos 40 evacuados que huyeron de las inmediaciones de la planta de Fukushima y todavía esperan ser trasladados a una vivienda temporal.

Ellos tampoco saben si alguna vez regresarán a sus casas.

"Si existe la posibilidad de que la salud de las personas esté en riesgo, el Gobierno no debería alentar su regreso", dijo Iwao Hoshi, quien dirige el centro de evacuación.

"De una vez y para siempre debería evitar las ambigüedades y decirles a las personas si se pueden quedar o si deben irse".

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