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¿Por qué El Congo es la "capital mundial de la violación"?

Las mujeres de El Congo eligen ir a los campos de alimento y ser violadas antes que morir de hambre en casa, según ha documentado la ONU
Congo - mujeres - víctimas de violación
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Nota del editor: La galardonada cineasta Fiona Lloyd-Davies es una de las más experimentadas investigadoras extranjeras y productoras de programas de la actual situación en el Reino Unido. Ha hecho películas sobre temas de derechos humanos en zonas de conflicto desde 1992. Ella escribe para CNN como parte de una cobertura especial en la República Democrática del Congo, país que acudirá a las urnas el 28 de noviembre.

(CNN) - Desde la primera vez que entras en el Congo oriental te encuentras rodeado por lo exótico y extraordinario, ya sea la flora y la fauna o la simple incongruencia, como el ala cortada de un avión ruso arrumbada al lado de la carretera, o un niño con una pistola.

El lugar está palpitante del calor y la energía de una población que lucha por sobrevivir un día más. Pero la violencia aquí es tan intensa como esta intoxicante y embriagadora mezcla de lo mejor y lo peor del África.
 
El Congo oriental ha sido llamado la "capital mundial de la violación"  por la Representante Especial de las Naciones Unidas, Margot Wallstrom. Los Informes dejan constancia de que 48 mujeres son violadas cada hora. He estado trabajando en la región durante 10 años y he visto un desarrollo trágico de este impune crimen contra el corazón de la sociedad.
 
Primero fui a una ciudad llamada Shabunda, en medio del bosque. Era octubre de 2001 y las circunstancias me trajeron a Congo en lugar de Afganistán. Un pequeño avión bimotor era la única manera de entrar y salir.
 
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Era el apogeo de la guerra y yo estaba con un equipo de la ONG Médicos Sin Fronteras (MSF) que regresaba. Se habían retirado a causa de los ataques regulares en la ciudad, pero habían decidido sólo replegar a su equipo: había tanta necesidad de ayuda médica aquí.

A medida que el avión se deslizaba a su manera en la precaria pista de hierba, sabíamos que estábamos diciendo adiós a la única vía de escape que teníamos. Yo estaba allí por una semana.

Una semana escuchando historias terribles de tortura y violación. Violaciones múltiples. Violación violenta, brutal. Violación con palos y armas de fuego, incluso con bayonetas.

Las mujeres me dijeron que su elección, todos los días, era quedarse en casa y morir de hambre, o, bien, ir a los campos de los alimentos y ser violadas. La mayoría de las mujeres eligió la segunda opción. Se había convertido en la norma.

La guerra continuó hasta 2003, cuando un tratado de paz fue firmado. Oficialmente, la lucha llegó a su fin, pero no se detuvo, así como tampoco se detuvieron las violaciones.

Volví a Shabunda en el año 2005 para encontrar a las mujeres que había entrevistado y fotografiado cuatro años antes. Fue una búsqueda inquietante, pues la mayoría de esas mujeres habían muerto o desaparecido en el bosque después de un ataque, nunca fueron vistas de nuevo.

Las nuevas mujeres que conocí tenían similares historias de horror. Pero hubo un giro. La gente con la que hablé esta vez relacionaba los campamentos de violaciones organizadas, con un turno diario. Había una nueva eficiencia en la violación, se había convertido en parte integral en las vidas de las fuerzas rebeldes.

Como estas mujeres me lo contaron, ahora la violación es sistemática.

Algunos años más tarde, en 2009, volví para hacer una película sobre la violación y encontré una tendencia inquietante.

Las mujeres me dijeron que esperaban ser violadas. No una vez sino muchas. Las mujeres que conocí hablaban de violaciones en grupo, tres o cuatro veces. A veces eran "solo" dos soldados, más a menudo bandas de hombres, 10, 20, una y otra vez.

Muchas de ellas habían concebido hijos y las bebés, de apenas unos pocos meses de edad, también fueron violadas. La violación se ha convertido en generacional.

En el hospital Panzi en Bukavu, el Dr. Mukwege, un cirujano general, sigue trabajando sin descanso para reparar estos daños a las mujeres. Conocí a una de sus pacientes. Ella era una niña alegre, era imposible no ser atraída por su sonrisa.

La enfermera que me vio jugando con ella me dijo: "Sabes, ella es VIH-positiva".

Ella tenía apenas tres años de edad. Su hermana gemela había muerto cuando ella y su madre fueron violadas. Esta niña había sido concebida de una violación.

Es una lectura difícil, pero no tanto como lo es para las mujeres sobrevivientes, que viven con las consecuencias y el estigma de la violación.

No al menos para una mujer en particular, Masika Katsuva. Ella es diminuta, apenas cinco pies de altura, pero es de una personalidad gigante. Su historia ha inspirado a muchas de nosotras, es tan triste pero también de esperanza, porque ofrece una respuesta a estas mujeres.

Al igual que tantas mujeres sobrevivientes, también fue rechazada cuando ella y sus dos hijas adolescentes fueron violadas por los milicianos. Su marido fue asesinado delante de ella, cortado en pedazos y se vio obligada a comer sus partes íntimas.

Sus hijas Raquel y Yvette tenían 15 y 13 años de edad, y ambas concibieron hijos de esa violación. La familia del marido de Masika las rechazó, así que ella llevó a sus hijas y a sus nietos a un pueblo comercial a la orilla del lago Kivu, para tratar de reconstruir sus vidas.

Este año he hecho una película sobre ella y su trabajo. Ella está al cuidado de 170 mujeres al momento, la llaman Mamá Masika. En los últimos 10 años ha ayudado a más de 6,000 víctimas de violación, proporcionándoles una amplia gama de cuidados: prácticos, médicos y psicológicos.

Ha creado una comunidad en un área que no es atacada regularmente, proporcionando apoyo a cualquiera que lo desee, y utiliza una granja para reunirlas.

Ese campo es su esperanza, su tratamiento y su fuente de alimento e ingresos.

Ellas vienen a este refugio como víctimas, castigadas por la violación, la culpa y rechazadas por sus familias y la comunidad local.

Masika se ha convertido en una figura materna para las mujeres y sus hijos, resultado de la violación, y conforme cultivan, cuidan y finalmente venden sus cosechas comienzan a sanar juntas.

Masika trata de soñar con un futuro mejor, pero también es realista. Ella quiere que sus mujeres sean capaces de dejar de hacer trabajo manual en los campos y aprender habilidades como la costura. Pero para que eso suceda, según ella, la lucha y la violación tiene que parar.

Ella me mira a los ojos y con un suspiro dice: "Pero yo no veo que ni la violación ni la lucha vayan a terminar hoy".

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