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Los parecidos entre la Primavera Árabe y la crisis del euro en Europa

Desempleo, bajo crecimiento y líderes sin experiencia son algunos de los trasfondos en común en las crisis de Europa y Medio Oriente
dom 27 noviembre 2011 10:38 AM
protestas violentas en italia
indignados-roma

La victoria del opositor Partido Popular en las elecciones generales de España significa que siete líderes o gobiernos alrededor del Mediterráneo han sido echados ​​en el último año, en medio de una explosión de protesta popular. Muchos otros luchan por su supervivencia. Lugares que a menudo fueron considerados como cuna de la civilización se han hecho famosos por el caos político. Varias son las razones, pero hay características comunes que indican que las consecuencias negativas del 2011 estarán con nosotros durante muchos años.

En el mundo árabe, una joven generación (urbana) se rebeló contra las dinastías autoritarias y la estrujante falta de oportunidades. Los jóvenes tunecinos y egipcios vieron que sus contemporáneos en otros lugares —en países como India, Indonesia, Turquía y Brasil— tenían oportunidad, el oxígeno de la libertad de expresión y un creciente ingreso monetario. Mientras tanto, los jóvenes árabes seguían atrapados bajo el yugo de regímenes corruptos e indiferentes, en economías estancadas.

En Europa, la consecuencia del pesado gasto del Estado dentro de la camisa de fuerza de la eurozona —los 17 países que utilizan la moneda única europea— fue una contradicción que tarde o temprano terminará en lágrimas. El exprimer ministro británico, John Major, escribió este mes en el Financial Times, “el origen del caos actual puede remontarse a malas políticas que tuvieron prioridad sobre una economía prudente”. Si las protestas árabes fueron motivadas por una “crisis de la comparación”, las de Europa fueron por una “crisis del derecho o asistencia social” construida sobre falsas expectativas.

Tan diferentes como son sus orígenes, las transformaciones en ambos lados del Mediterráneo tienen algunas similitudes. Lo rápido de los acontecimientos, la tecnología de la globalización (el dinero se puede mover instantáneamente en todo el mundo; la comunicación inmediata se activa a través de las redes sociales), simplemente anegaron el viejo orden: sea un potentado árabe que enfrenta a ciudadanos rebeldes o un gobierno europeo que enfrenta mercados rebelde.

Los disturbios también representan una creciente desconfianza y resistencia de los líderes políticos que se ha desbandado por todo el mundo. En Europa, el auge de los partidos populistas de derecha refleja el desencanto con el consenso político de la posguerra. En Medio Oriente, donde las urnas rara vez han ofrecido un raudal para desahogarse, los levantamientos han sido medidos por el número de pies en las calles.

A pesar de ser sociedades muy diferentes, los países del sur de Europa y del norte de África comparten otros problemas. El desempleo juvenil está en lo más alto: en España, más del 40% de los menores de 25 años no tienen trabajo; en Túnez, el 30%; en Egipto, por lo menos un 25%. Medio millón de jóvenes egipcios se unen a la fuerza laboral cada año. Y el crecimiento es anémico o inexistente en ambos lados del Mediterráneo. La economía griega estos años se contraerá en un 5%. La mayoría de los economistas esperan un periodo prolongado de bajo crecimiento en Italia, donde el 30% de la deuda soberana debe renegociarse el año entrante. Egipto batallará por lograr un crecimiento del 1.5%, y Túnez es nulo.

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Reactivar a estas economías necesitaría de estímulos masivos de gasto. Pero no hay un Plan Marshall para el nuevo mundo árabe; y no existe voluntad política en Europa para darle más dinero al Sur. El lunes, Olli Rehn, comisionado europeo de asuntos económicos y monetarios, dijo sin rodeos que la austeridad era el único camino disponible. “Uno no puede construir una estrategia de crecimiento acumulando más deuda, cuando la capacidad de pagar la actual deuda es cuestionada por los mercados”, comentó. Si las revoluciones árabes han de ser sostenibles, el dinero deberá provenir del Golfo, con un poco de ayuda de un muy ocupado Fondo Monetario Internacional.

Los terremotos políticos alrededor del Mediterráneo pueden tener también una consecuencia común: muchos de los nuevos líderes tienen poca o ninguna experiencia de gobierno.  Mario Monti y Lucas Papademos son tecnócratas experimentados, pero heredan crisis explosivas en las que la política a puño limpio será tan importante como la experiencia económica. En los quisquillosos parlamentos, puede que tengan dificultades para comandar mayorías sólidas. Mariano Rajoy, quien el próximo mes se convertirá en el nuevo primer ministro de España, tiene mucha experiencia ministerial, pero hereda un país furioso y con resentimiento hacia sus políticos , en donde la deuda en el sector privado es la mayor preocupación. Antes de las elecciones, se vendían bien los rollos de papel de baño con los rostros de Rajoy y de su oponente.

En Túnez, Libia y Egipto, los políticos y académicos novatos heredan situaciones revolucionarias en donde las expectativas son tan irreales y los desafíos son enormes en materia de educación, pobreza y de construcción de una sociedad civil. Hay relaciones complejas para trabajar con las fuerzas de seguridad (como ha sido grandemente evidente en Egipto), millones de personas que desesperadamente necesitan trabajar, y los principales mercados para sus exportaciones y el turismo están estancados.

Las consecuencias del 2011 tomarán varios años para quitárselas de encima.

En el mejor de los casos

Los analistas dicen que el escenario ideal podría ser algo como esto: La Unión Europea, escarmentada por su experiencia cercana a la muerte, suma disciplinas económicas fiscales y de otra índole al lujo de la unión monetaria. Los políticos alemanes y el Bundesbank (Banco Federal Alemán) superan su reticencia a reforzar el Banco Central Europeo como un prestamista de última instancia por el bien de mantener a la eurozona unida. Después de una dolorosa reestructuración que implica el adelgazar al gobierno, el núcleo interno de la UE comienza a recuperarse, ofreciendo, sobre la marcha, mercados y empleos a los árabes que están del otro lado del mar. 

No todos ven esto como la panacea. John Major cree que una mayor integración “peligrosamente distanciaría mucho a los electores y a los tomadores de decisión. Más decisiones impuestas de arriba hacia abajo por una lejana elite podría provocar una fuerte antipatía”.

Según este modelo optimista, los líderes autoritarios y las divisiones sectarias en el mundo árabe son sustituidos por el “modelo turco” , personificado por Recep Tayyip Erdogan, un musulmán practicante que ha presidido un crecimiento récord durante sus ocho años como primer ministro de Turquía. El Islam y la democracia conviven, el Estado permanece laico (aunque a veces autoritario); se fomentan las capacidades de las personas; crece una clase media educada y se convierte en una fuerza para la estabilidad; y la economía próspera. Siria finalmente se une a Egipto, Túnez y Libia como una especia de democracia, y como resultado Irán pierde influencia en la zona.

Hay algunas señales de viento favorable. Tanto el partido Ennahda en Túnez (que ya ha tenido éxito en las urnas, con un 41% de los votos para la Asamblea Constituyente) y un recién formado partido islamista en Libia, bajo la dirección de Ali al-Sallabi, prometen seguir el estilo de moderación turco, que separa al estado de los asuntos religiosos, en tanto que acepta la Sharia como de legislación. El partido marroquí Justicia y Desarrollo (el mismo nombre del partido gobernante en Turquía), tiene buenas posibilidades en las elecciones legislativas que se celebran esta semana.

La ironía de esto es que Turquía cambió su enfoque hacia el mundo árabe y Asia Central sólo después de que su solicitud de adhesión a la UE fue enviada al carril de baja velocidad. Ahora, algunos políticos europeos piden un nuevo diálogo estratégico con Turquía, en tanto que se convierte en un actor clave en todo el Mediterráneo.

El peor de los casos

Un escenario menos que ideal ve surgir una nueva generación de líderes autoritarios en el mundo árabe, algunos de ellos preferentes a una aplicación más estricta de la Sharia. Los principales desafíos de oportunidades, educación y derechos de las mujeres no son resueltos; las fuerzas militares intervienen en el proceso democrático (como solían hacerlo en Turquía). En algunos lugares, la falta de un gobierno eficaz da espacio para crecer a los militantes islámicos; en otros, se hacen más fuertes las divisiones sectarias entre chiitas y sunitas. En Siria, la fisura se da entre la minoría alauita y la mayoría sunita. Vali Nasr, autor del libro El renacimiento chiita: ¿Cómo los conflictos dentro del Islam definirán el futuro?, dice que la lucha podría velozmente atraer a los principales actores de la región.

En Europa, el peor de los casos ve a Alemania dar la espalda al “cinturón de olivo (Mediterráneo)”. La semana pasada, la canciller alemana, Angela Merkel, dijo sobre el papel del Banco Central Europeo: “Interpretamos los tratados [de la UE] de tal manera que el BCE no tiene la autoridad para resolver los problemas”. El sentir popular se oscurece en tanto que el desempleo sigue siendo desorbitadamente elevado. Partidos de extrema derecha se convierten en componentes fundamentales en las coaliciones de gobierno (en Finlandia y los Países Bajos ya lo están); la hostilidad hacia la inmigración sigue creciendo; y el  modelo socialdemócrata de la posguerra se derrumba en tanto que una envejecida población quiebra los servicios del Estado.

Hay que agregar a este sombrío pronóstico una posible división entre los integrantes de la UE dentro y fuera de la eurozona —los países que han adoptado la moneda única—. Los que están dentro (17 en la actualidad) ponen mallas más estrechas a sus economías; los que están fuera (10, incluyendo a Gran Bretaña) se vuelven marginales respecto al proyecto europeo. El primer ministro británico, David Cameron, ha comenzado ya el argumento de que los problemas de Europa son consecuencia del sobreestiramiento.

La peor posibilidad es que la eurozona se derrumbe de manera desordenada, llevándose con ella al mercado único europeo y terminando en una profunda recesión en todo el continente. Ese es un escenario que ahora se discute abiertamente por propuesta del ministro de finanzas holandés, Jan Kees de Jager.

¿Algún punto intermedio?

El curso de los acontecimientos puede terminar siendo una desordenada combinación de los arriba expuestos. En el corto plazo, no habrá escape de la volatilidad y la inquietud. En caso de que el nuevo primer ministro italiano, Mario Monti, falle en entregar las reformas que los mercados esperan, es probable que haya una reacción desproporcionada entre los inversores. Muchos analistas pronostican  una “moratoria o default desordenado” por parte de Grecia y la deuda soberana de Francia, Bélgica, España e Italia haciéndose objeto de mayor presión.

Como Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group, escribiera el lunes: "Hay 17 parlamentos [en la eurozona] con diferentes sistemas políticos, estructuras de partidos, intereses especiales atrincherados, y calendarios electorales que hacen que las preocupaciones por la paralización de Estados Unidos parezcan una mera curiosidad”.

En el mundo árabe, una muestra excepcionalmente fuerte de los Hermanos Musulmanes en las elecciones parlamentarias de Egipto, el seguimiento en los disturbios en El Cairo o la incertidumbre sobre la sucesión en Arabia Saudita podría provocar estremecimientos a los aliados occidentales. La caída de Siria hacia una guerra civil traería mucho más que estremecimientos.

Una probable consecuencia del drama del 2011 será un cambio en el centro de gravedad, tanto de Europa como de Medio Oriente. El durante mucho tiempo motor económico de Europa, Alemania, ahora impone su peso político. Como condición de suscribir cualquier rescate de la eurozona, es probable que exija una integración mucho más estrecha de las economías de la eurozona.

En Medio Oriente, mientras que Egipto está preocupado por las consecuencias de la revolución, Arabia Saudita está empezando a imponerse. Ha sido inusualmente dura en su crítica del régimen de Bashar al-Assad en Siria; desarrolla una relación más estrecha con Turquía y mueve a la opinión pública árabe contra Irán, mientras que respalda con energía a las monarquías de Jordania y Marruecos. También cuenta con los fondos para reafirmar su influencia. El activismo de Qatar en Libia y Siria es una prueba más de una inclinación en la balanza regional hacia el Golfo.

La semana pasada, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, dijo que Europa enfrenta “una verdadera crisis sistémica”: palabras que bien podrían haber venido desde el otro lado del tormentoso Mediterráneo.

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