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Los egipcios lamentan la brecha de la desigualdad tras la revolución

A un año del levantamiento con el que se derrocó a Hosni Mubarak, Egipto enfrenta la lucha contra la división social entre ricos y pobres
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Khaled Gamal mira la monotonía de un paisaje delineado por edificios y ropa tendida a través de una ventana rota. Hoy hay algo diferente. Observa la fila para votar en la calle en la que vive en Manshiyat Nasr, uno de los vecindarios más pobres de El Cairo. Tras más de 30 años bajo dominio de Hosni Mubarak, muchos no creían vivir para ver una elección presidencial entre 13 candidatos para presidente de su nación en “los comicios más libres de la historia de Egipto”.

La música de la calle llega hasta el departamento de dos recámaras que Khaled comparte con su madre, su abuela y tres hermanos. Su madre, Umm Ahmed, decoró las paredes con retratos en sepia de sus parientes e imágenes de La Meca, la ciudad santa del Islam.

El sueño de la democracia

Gamal, de 18 años, admira su dedo pintado con tinta púrpura. Era la primera vez que votaba. Apoya a Abdelmonein Abul Futuh, un islamista independiente que fue miembro de la Hermandad Musulmana, uno de los movimientos islamistas más influyentes y más grandes del mundo. 

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El muchacho trató de mantenerse despierto para enterarse de los preliminares de la primera ronda de votaciones, pero le ganó el sueño. Despertó con la noticia de un desempate entre Mohamed Morsi de la Hermandad Musulmana y el antiguo primer ministro de Hosni Mubarak, Ahmed Shafik.

El desempate de este fin de semana enfrenta a los candidatos que representan al choque histórico entre el brazo político del Islam y los remanentes del régimen de Mubarak. Mientras ambos hombres se enfrentan en un duelo por el futuro de Egipto, Gamal lucha por sí mismo, batalla que nadie, ni islamista ni laico, según dice, puede ayudarle a ganar.

Cuando tenía 10 años, tras la muerte de su padre a causa de una enfermedad de la que ni él ni su madre saben el nombre, Gamal abandonó la escuela y se convirtió en el único sostén de la familia. Trabajó sin descanso en un taller fabricando pirámides de plástico para vender en un mercado de recuerdos para los turistas.

Bromea al decir que su improvisado “centro de comando revolucionario” es un escritorio que encontró abandonado entre escombros en el taller y no en la famosa plaza Tahrir (donde los activistas siguen protestando en contra de la elección presidencial y la absolución de varios oficiales de alto rango que servían bajo las órdenes de Mubarak luego de que este último fuera sentenciado a prisión).

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El escritorio está cubierto de papas fritas y tareas de matemáticas. Durante las últimas semanas, Gamal ha estado estudiando para el examen estatal, que decidirá su destino: obtener una plaza en una codiciada universidad. 

“Estoy orgulloso de la vida que llevo, pero es la clase de vida que nos llevó a Tahrir”, dijo, subrayando que muchas veces no podía asistir a las protestas porque tenía que trabajar. “Quiero un mejor sistema de drenaje, buenas preparatorias. El régimen e incluso los revolucionarios olvidan constantemente a los pobres”.

Este es un grito de guerra que se escucha a través de los laberintos polvorientos que atraviesan los barrios de Egipto. Dos terceras partes de los habitantes de El Cairo viven en barriadas llamadas ashwiyat (que en árabe significa al azar). Los asentamientos improvisados han proliferado en la ciudad a lo largo de las últimas tres décadas, durante el gobierno de Mubarak. Son el resultado de la creciente brecha social en Egipto y el fracaso del régimen al enfrentar la falta de viviendas económicas y sostenibles.

Este universo de cemento pardo se ha convertido en el lastre de Egipto, originado por una dictadura de más de 30 años. “A menos que seas el hijo de alguien prominente, o que conozcas a alguien influyente, no puedes conseguir que se haga nada y definitivamente no puedes ascender”, dijo. 

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El olvido de la gente

El Cairo es la ciudad más grande de África y del Medio Oriente. En el territorio habitan 20 millones de personas y la población de la capital de Egipto se ha sextuplicado en los últimos 60 años. El barrio de Gamal es un ejemplo de la economía decadente de Egipto. La nación se ubica en el puesto 112 de entre 177 países del Índice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas de 2011; este estudio toma en cuenta factores como: esperanza de vida, educación y nivel de vida. Más del 40% de los egipcios ganan menos de dos dólares al día.  

“Este país se ha rebelado contra las injusticias, y aún así, el pueblo sigue olvidado”, dijo, David Sims, autor del libro Como entender El Cairo: La lógica de una ciudad fuera de control. Según Sims, en vez de aprovechar la oportunidad histórica para llevar a cabo un cambio, los actuales ministros de Vivienda y otras entidades relacionadas siguen encabezadas por gente de la era de Mubarak.

Muchas personas dicen que el nuevo ministro de Vivienda, Mohamed Fathy El Baradei, está cortado por la misma tijera. Sims afirma que se sigue enfrentando al problema de la vivienda con el mismo enfoque del antiguo régimen: negligencia, marginación y disposiciones improvisadas para una ciudad diseñada para albergar solo a la mitad de la población actual.

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Se estima que para el año 2030, la población la capital egipcia alcanzará los 30 millones de habitantes; el gobierno calcula que la mitad de dichos habitantes no vivirá en El Cairo, sino en una ciudad satélite. Como consecuencia de las presiones poblacionales, en la década de 1950 los funcionarios del gobierno empezaron a urbanizar en las afueras de El Cairo.

A principios de los años 80, se empezaron a planear las Ciudades Nuevas. Se esperaba que estos asentamientos absorbieran la mitad del crecimiento entre 1998 y 2017. La lejanía con el centro de la ciudad, la falta de servicios y oportunidades les restan atractivo, vivir ahí resulta costoso para la mayoría de los egipcios. En consecuencia, según el censo de 2006, las áreas informales han absorbido casi el 79% del incremento de la población.

Algunos de los parientes de Gamal se mudaron a un desarrollo habitacional fuera de la capital egipcia; sin embargo, decidieron regresar ya que invertían casi todo su sueldo en transporte hacia las fábricas en las que trabajan en el centro de la ciudad. Sims señala que “si no se implementan planes integrales, la frustración seguirá aumentando. El país necesita replantearse; hemos visto que el centro no puede resistir”.

Durante el régimen de Mubarak, los planeadores urbanísticos del gobierno expusieron un plan de desarrollo urbano llamado Cairo 2050, una presentación de power point de 260 diapositivas, condenada de inmediato por sus mandatos “desde lo alto”, que por medio de proyectos enormes pretendían reubicar a gran un número de residentes, la mayoría pobres. Era un esfuerzo por convertir El Cairo en una “ciudad global” parecida a la glamurosa vecina, Dubai.

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Dina Shehayeb, arquitecta y planeadora de El Cairo, explica que el plan solo reflejaba el matrimonio de política y negocios que Mubarak manejaba. Shehayeb describió el plan para “aislar a los pobres, sacarlos de la ciudad, recompensar a sus compinches empresarios. Sin embargo, estas nuevas ciudades son inhabitables, aún más que los barrios supuestamente irregulares e indomables que la gente creó para sí”.

La arquitecta egipcia teme que el actual gobierno quiera tomar esa misma postura. El otoño pasado, el ministro de Vivienda anunció otro plan para ofrecer 100,000 lotes en nuevas ciudades a aquellos que tuvieran ingresos limitados, todos ellos en tierras indeseables, muchas al sur de El Cairo, en el Egipto rural. Sims asegura que el plan indica que el gobierno necesita desesperadamente ser visto en acción respecto a la vivienda, sin importar la eficacia de sus planes.

En los oscuros pasillos del Ministerio de Vivienda, que remiten a mejores días en la década de los 50, Heba Abdelfadel, arquitecta y consultora para la división del Ministerio que encabezó Cairo 2050, se inclina sobre los planos de una barriada en la que espera poder construir caminos más anchos para dar acceso al comercio en la comunidad. “Tomará tiempo la descentralización del sistema. Tardará hacerlo menos burocrático y romper los viejos hábitos”, dijo. “Veamos cuántos de mis consejos son aplicados. En verdad, espero ver algunos cambios”.

Otros integrantes del ministerio de Vivienda no son tan optimistas. Un arquitecto que ha trabajado allí durante los últimos 10 años dijo: “Estamos lidiando con el mismo régimen, la misma forma de pensar. Felicidades y feliz revolución”.

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No sólo se trata de vivienda

Muchos planeadores dicen que en Egipto no hay sólo una crisis de vivienda. El asunto es más sistémico y va más allá de la división entre islamistas y laicos; se trata de la división entre pobres y ricos.

Los estudiosos han sostenido por largo tiempo que las revoluciones no las hacen los pobres, como Gamal, quien dejó de protestar tras la caída de Mubarak simplemente porque tenía que trabajar. Las revoluciones, dicen, “las hacen las élites urbanas, los activistas que tienen influencias en los círculos más altos y la élite política que muchas veces no logra establecer un lazo con la gente trabajadora de las ciudades y el campo”.

La madre de Gamal creció en un asentamiento rural al sur de El Cairo. No le gusta hablar de la revolución. Para ella es una fantasía lejana que hace más daño que bien y que ignora las necesidades reales de la vida cotidiana. “Los revolucionarios nos metieron en este lío y nos abandonaron para ir a causar más caos y hacer más protestas en vez de trabajar para ayudarnos a obtener el pan de cada día”, dijo Umm Ahmed, sentada en un sillón destartalado, ahuyentando a las moscas. “Debieron estar aquí y no en la plaza Tahrir”.

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Hani Hinawi, arquitecto que ha trabajado en muchas de las zonas pobres de El Cairo dijo: “Es una sociedad clasista; es uno de los temas de los que nadie quiere hablar”. Él y su esposa Sana, que también es arquitecta, han tratado de fomentar una sociedad civil proletaria en tales zonas a través de organizaciones no gubernamentales, una de las cuales sacó a Gamal del sombrío taller y lo ayudó a regresar a la escuela.

“No hay integración de clases en Egipto, es por ello que la élite política no ha logrado conectarse con el pueblo”, dijo Sana. “Mubarak nos mantuvo así, divididos y temerosos, así que nunca hemos sabido establecer un lazo con los demás”.

Desde el levantamiento, han aumentado la consciencia y los esfuerzos para ayudar a los pobres. Algunos programas de televisión han hecho de las dramáticas visitas a barriadas de celebridades egipcias, como el premio Nobel Mohamed El Baradei, una práctica común. El pasado otoño, en el programa One from the People de la cadena Dream TV, un impresionado El Baradei dijo: “El ver esto (el descuido de los pobres por parte de las instituciones) me hace avergonzarme de ser egipcio”.

Vidas paralelas

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Yahia Shawkat, arquitecto que investiga y analiza las políticas urbanas en su blog Ministerio de Vivienda Alternativo, visita las áreas irregulares de la capital egipcia y filma a los habitantes con el fin de humanizar sus experiencias y difundirlas para crear consciencia. “Existe un gran estigma alrededor de estas áreas y de la gente pobre de El Cairo, a pesar de que son la mayoría. Son nuestros vecinos, y sin embargo vivimos vidas paralelas en Egipto”.

A lo largo de la carretera principal de El Cairo, se despliega el pulcro mundo paralelo, con marquesinas que prometen comunidades cerradas “exclusivas” y “modernas” con nombres como: Tierra de Sueños y Utopía. Por la noche, el cielo se ilumina con los anuncios electrónicos de estas comunidades. En un folleto se anuncia el nuevo distrito de Madinaty (Mi ciudad), tiene villas, un centro comercial, campo de golf y cancha de futbol. En los anuncios se ven familias atractivas comiendo croissants y bebiendo jugo de naranja.

Los propietarios de Madinaty, el Grupo Tallat Mustafá (TMG), es el constructor inmobiliario más grande de Egipto. Recientemente enfrentó un cargo por negocios ilegales con los terrenos; sin embargo, una corte dictaminó en noviembre que la compra de las tierras propiedad del Estado para la construcción del proyecto Madinaty era válida. Desde entonces, otros grandes desarrolladores han tratado de sortear las acciones legales devolviendo las tierras al Estado; sin embargo, el arquitecto Minnawi dice que “siguen siendo comunes los tratos por debajo del agua”.

Uptown se encuentra a 15 minutos en auto de donde vive Gamal, en la cima de un risco. Los anuncios de la nueva comunidad cerrada, “una ciudad dentro de la ciudad”, pregonan que “el corazón de El Cairo está cambiando” y muestran bellas y exóticas mujeres nadando en pétalos de rosas y familias vestidas con ropa de diseñador contemplando el atardecer. Incluso se pueden agregar detalles de los avances de la construcción en la red social Pinterest.

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“La vida sigue”, dijo un vendedor que no quiso decir su nombre, señalando que el desarrollo está casi completamente vendido. “No se nos puede culpar por tener dinero”, dijo una mujer que observaba los anuncios en el centro de ventas del grupo inmobiliario. “En Egipto, cuando tienes dinero, te ves obligado a vivir aislado de los demás" Sin embargo, incluso quienes viven en las comunidades privilegiadas dicen que estas no son sostenibles.

Heba, gerente de una agencia de publicidad, visita una cafetería de moda en una elegante “isla” en el centro de El Cairo en donde se puede apreciar una vista del Nilo mientras se comen unos macarrones. No obstante, esta vista trae consigo una ignorada franja de barriadas en la otra margen del río; un recordatorio de la vida del otro lado. Heba no ignora esto. Impaciente, dice que ella es parte del 1% que forma la élite en la que todos se conocen.

“Vivo en una comunidad cerrada, visto ropa de diseñador y fui a la plaza Tahrir”, relata. “Esos 18 días en la plaza fueron de los pocos en los que he estado al lado de gente de otra clase social. No me enorgullece, pero un año y medio más tarde, hemos vuelto a nuestra vieja vida dividida y aislada”.

La desigualdad de El Cairo no es exclusiva de Egipto, sino parte de una creciente brecha entre pobres y ricos alrededor del mundo, señaló Mohamed Elshahed, creador del blog Cairobserver y candidato a un doctorado en la Universidad de Nueva York. “Tanto las comunidades cerradas como los asentamientos irregulares son la respuesta al mismo problema: la desilusión por la incapacidad del régimen de proporcionar a sus ciudadanos una ciudad digna". 

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¿Se requiere de una revolución más integral?

Tarek Wafiq, arquitecto que dirige el comité de planeación urbana de la Hermandad Musulmana, dice que se requiere de una revolución más integral para implementar reformas fundamentales dentro de los ministerios. “Necesitamos un registro y una transparencia reales para que el desarrollo urbano deje de fallar”, dijo. Ha presionado por apresurar la planeación de un tercer tren que comunicaría mejor a las comunidades, pero dice que se ha topado con la misma mentalidad de “¿yo qué gano con eso?” entre los funcionarios.

Durante uno de los viernes de protestas en Tahrir en contra del manejo militar de la transición a un gobierno civil, los habitantes de una aldea a una hora al norte de El Cairo imprimieron sus exigencias en camisetas: “El derecho a la vivienda es un derecho humano”. Hicieron un llamado a sus representantes en el Parlamento, la mayoría islamistas recién electos, para que cumplan sus promesas de mejorar los sistemas de drenaje y agua.

Ahmed Naguib, de 67 años, temblaba mientras gritaba a un funcionario del gobierno. Umm Farouk, mujer de 54 años, pregunta sobre una revolución que no ha visto mientras está sentada dentro de su pequeña casa con un ojo cerrado por la hinchazón consecuencia de la falta de atención médica. Dice que Tahrir no ha hecho nada por ella y que “sólo ha causado más problemas". 

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Mohamed Lofty, investigador egipcio que trabaja con Amnistía Internacional, dijo que “No hay retorno en cuanto a que la gente. Ahora tiene confianza para expresar sus exigencias tras 30 años de silencio y represión. Ya no temen. Sin embargo, el sistema no ha sabido enfrentar esas exigencias, en especial las que los obligarán a ser más equitativos”, dijo. “Será un proceso lento”.

De vuelta en Manshiar Nasr, Gamal espera su lección con su tutor mientras posa un pie en una pared pintada con caras felices, flores y arcoíris. “No digo que no tengas derecho a ser rico y conducir un buen auto. Puedes hacerlo, solo queremos tener la oportunidad de llegar allí también. No importa que tan duro trabajes, el sistema está en tu contra”, dice Gamal, alzando la voz. “En la siguiente ronda votaré por Morsi (candidato presidencial de la Hermandad Musulmana), él puede, Dios mediante, acabar con ese sistema, no con el hombre que lo protegía”.

A primera vista, Gamal parece uno de los millones de jóvenes egipcios que no tienen a dónde ir ni nada qué hacer, pero sus ojos cobrizos vibran con determinación. Da una última fumada a su cigarro y se prepara para su lección. A pesar de los llamados de los activistas a tomar la plaza Tahrir para protestar en contra del veredicto de Mubarak y el voto presidencial que ha dejado a la mayor parte de la sociedad entre la espada y la pared, dice que seguirá peleando su propia revolución. “Estoy construyendo mi futuro como el ingeniero que quiero ser”, dice, sonriendo. Sin embargo, su revolución seguirá mientras el sistema y el país se basen en los mismos planos.

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