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La migración separa a afectados y familiares del tifón 'Haiyan'

Una madre viajó de Hong Kong a Tacloban para encontrar a su marido y sus hijos, y ahora tiene que regresar de nuevo para mantenerlos

Mientras miles de sobrevivientes traumatizados trataban de escapar de la desolada ciudad de Tacloban, Gina Ladrera trataba desesperadamente de regresar.

Habían pasado cinco días desde que el supertifón Haiyan azotó la costa de Filipinas y borró todo a su paso. En ese tiempo, Gina no supo nada de su familia: su esposo, Pedro Ladrera, y de sus dos hijos, Kyra, de 10 años, y Kim, de 11. Para la mujer de 39 años que vivía en Hong Kong, el silencio fue insoportable. Tuvo que volver a casa para encontrarlos.

CNN habló con Ladrera por primera vez el martes 12 de noviembre por la noche, cuatro días después del tifón. Estaba empacando para tomar un vuelo de Hong Kong hacia Cebú. Esperaba poder volar de allí a Tacloban y recorrer 17 kilómetros hacia el sur hasta Tanauan, una ciudad de unos 50,000 habitantes.

La voz de Ladrera se quebraba cuando recordaba la última vez que había hablado con su esposo el jueves 7, unas horas antes de que los poderosos vientos arrojaran un muro de agua contra la costa. "Me dijo: 'No te preocupes, mis dos hijos pueden manejarlo'. Fueron las últimas palabras que me dijo: 'No te preocupes, puedo encargarme de mis hijos'. Eso fue lo último que me dijo", recordó mientras rompía en llanto.

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Los Ladrera están acostumbrados a las separaciones. Gina ha estado trabajando en Hong Kong desde hace más de dos años y envía dinero a su esposo, quien trabaja como guardia de seguridad, para ayudarle a mantener a sus hijos.

Ladrera es una de las cientos de miles de empleadas domésticas que abandonan Filipinas para ganar dinero en el extranjero. En los días que siguieron a la tormenta, temió que Haiyan hubiera separado para siempre a su familia.

"Les pedí que evacuaran a otra parte o a otra casa, pero (mi esposo) no sabía que el tifón era mucho peor. No sé si evacuaron", dijo. "No puedo hablar con ellos".

Después de que la tormenta tocara tierra, trató de llamar durante horas a los teléfonos móviles de su esposo y su hija. No obtuvo respuesta. Para el viernes por la tarde, ni siquiera había señal. No sabía nada de los vecinos ni de persona alguna que los conociera. Días más tarde, el consulado de Filipinas en Hong Kong carecía de registros de su paradero.

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Con la ayuda de sus patrones de Hong Kong, Ladrera llenó una mochila grande con alimentos, agua, una tienda de campaña y una bolsa de dormir y partió rumbo a un lugar que, según los sobrevivientes, es "peor que el infierno".

El regreso a Tacloban

Ladrera viajó de Hong Kong a Cebú el miércoles por la mañana con su amiga, Rita Ladenia, una compañera de trabajo de Hong Kong que también estaba angustiada por su esposo y su hijo de cinco años. Ladenia se enteró de que su familia estaba con vida, pero tenía que asegurarse.

Ladrera planeó encontrarse con el esposo de su amiga en el aeropuerto; la llevarían a su casa, en donde esperaba encontrar a su familia sana y salva. Por alguna razón, ese plan no funcionó.

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Perder el contacto

Después del tifón, las señales de telefonía móvil funcionaban esporádicamente en Tacloban, una ciudad que quedó destruida por la fuerza de Haiyan , que asoló la costa el 8 de noviembre y que provocó una marejada que tomó a muchos habitantes por sorpresa.

Ladrera tenía un celular local, pero todas sus llamadas terminaban con el mensaje: "No es posible contactar al suscriptor. Por favor, intente más tarde". Una semana después del tifón, y no había forma de darle la noticia que ansiaba escuchar: que su esposo y sus hijos habían sobrevivido a la tormenta y que estaban a salvo.

'Es una gran bendición haberlos encontrado'

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Después se supo lo que Ladrera tuvo que hacer para llegar a casa y la asombrosa historia de supervivencia de su familia durante el embate de la tormenta que azotó su casa y prácticamente destruyó la ciudad entera.

En medio de los escombros, encontró a su familia: se refugiaban en una cabaña improvisada que su esposo había construido con los restos de su casa. "Estaban muy aturdidos. No esperaban verme. Lloraban de alegría; mis hijos no sabían qué sentían. Es una gran bendición haberlos encontrado", dijo.

Su esposo, sus dos hijos y sus suegros sobrevivieron al aferrarse al cableado del techo durante horas, hasta que la tormenta pasó. Estaban golpeados y tenían rasguños por los escombros que volaron; eran lesiones menores en comparación con la devastación que los rodeaba. Los vecinos les dieron ropa seca, y al día siguiente alguien les llevó arroz y agua. Cuando Ladrera llegó a casa ya no tenían alimento. Les dio lo que llevaba en la mochila y luego se dispuso a sacarlos de allí.

Regresaron a Tacloban y el domingo por la mañana tomaron un vuelo a Cebú. De allí, viajarán a Manila para dirigirse a casa de la madre de Ladrera, en Luzón. Los niños están traumatizados, dijo, y gritan cuando duermen. "Gritan: '¡no, no, no!'".

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Ladrera planea asegurarse de que su familia esté establecida antes de regresar a Hong Kong a trabajar. "Empiezo de cero", dijo, consciente de que les tomará tiempo reunir dinero para reconstruir la casa y la vida de su familia. "Regresaré a Hong Kong, tengo que hacerlo. Tengo que trabajar por mi familia", dijo. Les espera otra separación.

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