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OPINIÓN: Las lecciones del 3 de julio: ¿es sólo la maquinaria?

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mar 05 julio 2011 12:37 PM
Tuits-Elecciones-Especial
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Nota del editor:  El autor es profesor-investigador del CIDE , estudió el doctorado en Economía en George Mason University. Sus trabajos recientes han aparecido en Política y Gobierno y en los volúmenes Policymaking in Latin America, y Debatiendo la Reforma Política.

 

(CNNMéxico)— A primera vista, la jornada electoral del pasado 3 de julio —con elecciones para gobernador en el Estado de México, Coahuila y Nayarit, y para alcaldes en Hidalgo— puede considerarse la crónica de una derrota anunciada para el PAN y PRD: ganaron los candidatos priístas que aventajaban en las encuestas desde el inicio del proceso, mismas que no cambiaron mucho a lo largo de las campañas. El PRI gobierna en los cuatro estados y en tres de ellos nunca ha perdido la gubernatura (la excepción es Nayarit). ¿Cuáles son entonces las lecciones o sorpresas de esta elección?

En primer lugar, los inusitados márgenes de victoria. Hacía mucho tiempo que no veíamos votaciones cercanas al 60% para algún candidato. Eruviel Ávila obtuvo 62.5% de los votos en el Estado de México y Rubén Moreira 59.9% en Coahuila, con márgenes de victoria de 41 y 25 puntos, respectivamente.

Una primera reacción es afirmar que el viejo PRI y sus peores prácticas tales como echar mano de una maquinaria de movilización y compra de votos o el bloqueo sistemático a la oposición, están todos de vuelta; otros dirán que estás prácticas nunca se han ido. ¿Será cierto? Vayamos por partes y consideremos primero los ingredientes básicos. Una elección competitiva requiere, por lo menos, de candidatos viables y con recursos, campañas y/o plataformas suficientemente informativas así como cierto nivel de participación electoral.

En las elecciones locales de los últimos años, los bajos niveles de participación electoral han tendido a favorecer al PRI, mientras que una elevada afluencia a las urnas ha favorecido al PAN. Por ejemplo, en el Estado de México hubo un nivel de participación de 43.3%, apenas arriba del 42.7% visto en 2005. Quizá no es tan difícil conseguir una amplia mayoría de votos cuando casi 6 de cada 10 ciudadanos se quedan en casa.

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Pero Coahuila es el ejemplo contrario: el PRI obtuvo una holgada victoria con 60.3% de participación electoral (más de 6 puntos arriba del 54% observado en 2005). Si estos resultados sólo se debieran a una maquinaria en acción, resulta difícil explicar las derrotas del PRI en casi la mitad de los municipios de Hidalgo, o las derrotas del año pasado en Puebla, Oaxaca y Sinaloa. Así las cosas, con esta evidencia es muy difícil rechazar la noción de que algo están haciendo bien los gobiernos locales del PRI y los votantes parecen estarlo premiando.

En un sistema multipartidista, una estrategia obvia para derrotar a un partido dominante es mediante las llamadas coaliciones o alianzas electorales. Baste recordar que las derrotas del PRI en 2010, y en algunos municipios hidalguenses este año, ocurrieron mediante esta fórmula. De antemano se sabía que la única posibilidad real para PAN y PRD en el Estado de México consistía en formar una coalición. Al no lograr hacerlo, la suerte estaba prácticamente echada ara ambos partidos.

Ahora bien, aún sin ir en coalición, un partido verdaderamente interesado en mantener o ampliar su base electoral está obligado a postular al mejor candidato posible dentro de sus filas. Por ello no deja de sorprender que PAN y PRD hayan recurrido a los mismos candidatos que fueron derrotados por el PRI 18 años atrás. En 1993, con reglas muy diferentes, Luis Felipe Bravo Mena obtuvo 17.3% de votos, Alejandro Encinas 8.7%, y Emilio Chuayffet 62.4%: el contraste no puede ser más ilustrativo. Para no ir tan lejos, en la elección de Peña Nieto en 2005, el candidato del PAN ganó en Tlalnepantla; en 2011, Bravo Mena quedó en tercer lugar allí mismo. Por su lado, Encinas no logró ganar en Nezahualcóyotl, única demarcación donde sí lo hizo Yeidckol seis años atrás. La lección es muy clara: los candidatos importan, y mucho.

Consideremos por último las reglas. Hoy por hoy los partidos políticos disponen de un generoso financiamiento público y tienen acceso irrestricto a radio y televisión. Las elecciones se organizan y sancionan por instituciones relativamente independientes y autónomas. Ambos factores sin duda ayudan a tener elecciones competitivas. Sin embargo, si vamos más allá de las primeras apariencias, hay algunas señales preocupantes. Por un lado, no queda claro que el nuevo modelo de acceso a medios sea lo suficientemente flexible para que al menos uno de los retadores pueda acercarse al puntero de la contienda: gracias a la ley, es imposible tener el mismo número de spots que tuvieron Eruviel o Moreira.

Por otro lado, tampoco queda claro si los topes de gasto de campaña son realmente vinculantes en nuestras contiendas electorales. El tope de gasto de campaña para gobernador en el Estado de México en 2011 fue de 203.8 millones de pesos. Como comparación, el tope de gasto para un diputado federal en 2009 fue de 812,681 pesos, y el de presidente en 2006 de 651.4 mdp (cifras en pesos corrientes). ¿Alguien de verdad cree que las campañas en México se ciñen a estos topes? Una pregunta quizá más preocupante es: si no se respetan estos límites, ¿por qué casi no hay consecuencias legales?

En resumen, tres primeras lecciones de la más reciente jornada electoral son: 1) Las preferencias por el PRI están a la alza en un número importante de regiones. 2) Los partidos que no cuenten con candidatos viables o no logren construir alianzas, tienen pocas esperanzas de triunfo. 3) Va siendo tiempo de revisar si las reglas vigentes, y su implementación en la práctica, realmente promueven elecciones más competitivas que antes.

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