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Migrantes y vecinos de un barrio mexiquense, dos realidades enfrentadas

Una puerta y unas vías de tren dividen la realidad de vecinos de una colonia popular y migrantes centroamericanos que se dirigen hacia EU
vie 19 agosto 2011 02:34 PM

En Lechería, una colonia popular ubicada al norte del Valle de México, cruzan -desde hace más de seis décadas-, los trenes de carga y de pasajeros que se dirigen al norte del país. En el techo llevan pasajeros extra: cientos de migrantes que buscan llegar a Estados Unidos. En ese barrio, una puerta blanca con una cruz color cobre divide esas dos realidades : la de los migrantes y la de los residentes.

Los guatemaltecos, los hondureños y los salvadoreños que se hospedan en el Albergue de San Juan Diego duermen apretujados en literas y colchones viejos que acomodan incluso en el patio de la iglesia, acondicionado como asilo según la cantidad de huéspedes. 

Dicen que van de paso, que no hacen daño a nadie, que no tienen ningún interés en enfrentarse con los habitantes de Lechería, ubicada en el municipio de Tultitlán en el Estado de México.

Los habitantes de la misma calle donde está la iglesia se sientan a charlar y a ver jugar a los niños futbol al atardecer. Y señalan que las actitudes de los migrantes "van de mal en peor": que se drogan, se emborrachan, tienen relaciones sexuales al aire libre y se sientan frente a las entradas de sus casas para molestar a las adolescentes con piropos vulgares.

Las dos realidades se enfrentaron, con la muerte de Julio Fernando Cardona Agustín , un guatemalteco de 19 años cuyo cuerpo apareció a la orilla de las vías del tren, con signos de pedradas y golpes en el rostro el pasado 8 de agosto. Los migrantes quisieron hacer un rezo y una ceremonia para recordarlo, pero ese día, los vecinos salieron a las calles a protestar y exigieron el cierre del albergue a gritos.

Las realidades dentro del albergue

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Al abrirse la puerta blanca, la vista choca con una montaña de ropa vieja, mochilas vacías y un montón de chamarras sucias frente al escritorio de Arturo Montoya, el encargado del albergue. En un extremo, una reja negra divide la habitación de hombres y mujeres acostados en las camas o sentados sobre el suelo mientras ven una telenovela mexicana.

Se rehúsan a dar sus nombres porque dicen que los medios siempre publican lo que quieren, que los satanizan y que además es peligroso, porque saben que cruzar un país que no es suyo sin papeles, es ilegal.

Cuando sale a cuento la muerte de Julio Fernando, relajan la mirada. Uno de ellos dice que al principio acusaron a los migrantes de haber sido los asesinos, pese a que algunos testigos vieron cómo se lo llevó la policía municipal.

Un hombre delgado, de 40 años, salvadoreño, dice que los estigmas que les han colgado los mexicanos siempre los dibujan como criminales, cuando “lo único que queremos es llegar al norte”. 

El hombre junto con otro ciudadano salvadoreño de 28 años y una mujer hondureña de 36 años recuerdan la protesta de vecinos del sábado y coinciden en que pensaron que los iban a linchar.

“Fuera, fuera, fuera migrantes, gritaba la gente y pensamos que se iban a meter a matarnos”, dice el salvadoreño que se niega a ser fotografiado y que no quiere dar su nombre.

Él ha estado en el albergue más de lo que las reglas lo permiten —un máximo de 48 horas— porque está enfermo de gripa y le están dando tratamiento médico. En cuanto esté sano, será hora de partir hacia territorio estadonidense, siguiendo las vías del tren.

El recuerdo de Julio Fernando

Angy, una hondureña de 21 años que tiene el tobillo lastimado porque resbaló al bajar del tren en Tabasco, llegó a entablar una amistad con Julio Fernando, asesinado la semana pasada.

Recuerda que El guatemalteco, como lo llamaban, dejó el albergue un par de días antes en compañía de otros dos hondureños.

“Se querían ir lo antes posible al norte”, cuenta mientras se incorpora de una siesta que fue interrumpida.

Ambos llegaron con la Caravana Paso a Paso hacia la Paz y decidieron seguir su camino a Estados Unidos. Ella cree que los vecinos de la zona han caído en un ánimo confrontativo, porque la mayoría, dice, sólo piensa en continuar su ruta al norte.

Aunque ella evalúa el quedarse en México porque ha escuchado que las cosas están complicadas en Estados Unidos y no puede darse el lujo de no enviar nada a su hijo de dos años que dejó encargado con una amiga.

Lechería y sus vecinos

Un jueves por la tarde, de un momento a otro, las calles aledañas a las vías del tren se llenaron de patrullas de la policía municipal y personal de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH). Un hombre golpeado, que hablaba con palabras que usan los mexicanos como “güey” o “madrazo” apareció frente al albergue con moretones en la cara señalando que hondureños lo golpearon sin motivo aparente.

Los vecinos dijeron que no era de la zona, que tal vez era un centroamericano hablando como mexicano y se juntaron a observar la reacción de la policía. Repiten, cuantas veces es posible, que todo es por culpa de los migrantes, quienes "sólo provocan problemas".

La policía y personal de la CNDH hablaron durante un rato y tras interrogar al que dijo que fue golpeado, decidieron irse a los vagones abandonados a buscar a los supuestos culpables. Era una escena conocida para los habitantes de la zona, quienes se quejan de que últimamente las autoridades protegen más a los centroamericanos que pasan por ahí, que a los mexicanos.

Ni la policía municipal ni el personal de la CNDH ofrecieron una versión sobre el conflicto.

“Estamos presentes para evitar que los derechos de los migrantes se violen, es lo único que le puedo decir”, dijo un empleado de la CNDH, y se alejó corriendo.

El ambiente se tornó más tenso cuando, frente a un policía, un vecino comenzó a decirle a un par de centroamericanos que él también se gana la vida trabajando pero que no viola la ley.

Las calles de la colonia Lechería están llenas de cafés internet, tiendas que venden tarjetas telefónicas para celular y para llamadas de larga distancia y cantinas que expenden cervezas de poco más de medio litro a 50 pesos.

Algunos migrantes salen del albergue, cargan mochilas con cobijas y algo de comida, y comienzan a caminar por las vías. Una pareja joven se sienta a la sombra de un árbol a comer pan y a preparar su partida. Otro hace lo mismo, pero al notar la presencia de cada vez más personas, decide interrumpir su cena y acelera el paso.

A las ocho, el albergue cierra sus puertas, y quién no haya alcanzado a entrar deberá dormir en las vías y cerrar los ojos con hambre y dependiendo del clima, sintiendo frío o calor. La historia se repite desde hace más de 60 años, pocas cosas han cambiado. Ahora, a diferencia de hace unas décadas, los vecinos ya no los acogen y por eso, los pocos que logran obtener un lugar en el albergue, prefieren no salir hasta estar listos para seguir su viaje a la frontera norte. 

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