Síguenos en nuestras redes sociales:

Publicidad

Nuestras Historias

Los bajos ingresos obligan a las familias depender del trabajo infantil

Si bien no es contabilizado como tal, en las familias de escasos recursos, el trabajo de los niños se ha vuelto en un sostén
niños trabajadores
niños trabajadores niños trabajadores

Ocho grandes bolsas de plástico, que contienen semillas y dulces, dan sombra a José Mateo. Estudia segundo año de primaria, tiene siete años, y aunque, por su corta estatura no alcanza a despachar, trata de ayudar a la venta haciendo cuentas. Sabe cuánto cobrar y el cambio que debe entregar. Con su gemelo, Ángel David, se alterna para acompañar a sus padres a vender.

“A veces me lo traigo a él o a su hermano, según el que quiera”, dice la madre. Son originarios de Puebla, al oriente de la capital mexicana, y hace unos cinco años decidieron mudarse al Distrito Federal con la esperanza de mejorar su situación económica.

Viven en un barrio popular al oriente del Distrito Federal y de ahí se trasladan cada día hasta la Avenida Reforma, una de las principales vías de la ciudad, para vender golosinas.

Con el producto de la venta pueden cubrir los gastos escolares de los gemelos y su hermana mayor, de 15 años y que también ayuda al trabajo familiar cuidando a su hermano más pequeño cuando su mamá no puede hacerlo.

La imagen de esta familia es común en los hogares de millones de mexicanos: alrededor de 3 millones niños que desde temprana edad contribuyen al ingreso familiar con su fuerza de trabajo.

Juan Martín Pérez, director ejecutivo de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) explica que antes bastaba con el trabajo de una persona adulta para tener acceso a la canasta básica: “ahora se requieren a 2.5 personas para hacerlo”, es decir, el apoyo de un tercero – ya sea niño o adulto – para poder completar el ingreso familiar.

Publicidad

Con base en el reporte La infancia cuenta en México 2010 hecho por Redim, comparó el precio de la canasta básica alimentaria contra el salario mínimo. Mientras en 2006 el precio de la canasta básica se ubicó en 80.83 pesos, el salario estaba sobre los 48.57 pesos. Para el 2009, la relación estaba en 168.15 contra 57.46. 

Es decir, el gasto para poder consumir los bienes de la canasta básica se duplicó en tres años, mientras que el ingreso aumentó poco menos de 10 pesos.

El experto señala que suele criminalizarse el trabajo infantil, sin embargo, no en todos los casos se trata de abuso y explica: “la realidad los obliga a hacerlo, porque las familias han perdido poder adquisitivo”.

Es por dichas circunstancias que Arizbe, de 13 años, trabaja ayudando a sus abuelos en un puesto de flores ubicado en el centro del Distrito Federal. 

Cuando la venta va floja, sus abuelos venden ramos o arreglos florales de puerta en puerta, no pueden darse el lujo de dejar morir las flores. Mientras ellos hacen lo posible por vender, Arizbe corta tallos y quita pétalos imperfectos, limpia el local y barre los desperdicios verdes, para tener un punto de venta agradable a la vista y que los clientes se acerquen. 

Arizbe cursa el primer año de secundaria, aunque reconoce que no va muy bien con los estudios. Sus papás y sus 4 hermanos viven en Naucalpan, un municipio mexiquense al norte del DF y él en Toluca, capital del Estado de México. Cada semana visita a su familia nuclear. 

Mónica González Contró, académica del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) señala que aunque el trabajo infantil es un fenómeno recurrente, es difícil de medir.

“No hay por parte del Estado mexicano un diagnóstico de la situación de los derechos de la infancia, tenemos muy poca información.”, dice.

Pese al poco conocimiento de la situación, señala que “la opción que ha tomado el Estado ha sido la prohibición y no una política integral que incluya la erradicación de la pobreza y la garantía del derecho de los niños”.

Las leyes prohíben el trabajo infantil y se criminaliza a los padres que lo permiten pero “hace falta que haya un acompañamiento a las familias pobres, porque mientras haya necesidad económica habrá trabajo infantil pues de eso depende la supervivencia familiar”, explica González Contró.

En calle Victoria, en el centro de la Ciudad de México, un niño con uniforme deportivo atiende un estrechísimo local de hamburguesas: “Yo no vendo, estoy esperando que regrese mi papá. Se metió por unos ingredientes pero no tarda”, dice quien suple esas breves e inesperadas ausencias del padre, “es para que no vean solo aquí”, comenta sonriente el chico de no más de ocho años. 

Victoria Cruz López, coordinadora del Programa Internacional para la Erradicación del Trabajo Infantil en México , de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), considera que las causas que obligan a los menores de edad a trabajar deben ser resueltas por el Estado.“El trabajo infantil no es un asunto privado, es público, por lo que todo el Estado, en su conjunto, tiene la responsabilidad no sólo de prevenir sino de erradicarlo”, explica en entrevista telefónica.

La representante de la OIT explica que el trabajo infantil afecta a todos, a los niños, a su familia y al país.

“Les causa daños físicos y psicológicos y mañana los hará pocos productivos y con pocas oportunidades para salir adelante. Hoy le provoca al país baja competitividad y mañana tendremos una juventud cansada, enferma y, de nuevo, excluida”.

Según información de la Secretaría del Trabajo de México, 3 millones 14, 800 niños, de entre 5 y 17 años, que desempeñan alguna actividad de carácter económico.

Dicha cifra es menor a la registrada por la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del 2009, levantada por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) que reportó que en México, 3.4 millones de menores de 14 años trabajan . Casi la mitad de ellos (47.6%) no percibe ingreso o se les paga con comida y un lugar para dormir, ya sea al vivir con su padres o ellos solos.

Según el INEGI, alrededor del 16% de estos infantes contribuyen de manera “importante” al gasto de su hogar puesto que aportan la mitad o más de su salario.

Es el caso José Emeterio, un niño de Michoacán que hace un par de meses dejó inconclusa la secundaria por venir al Distrito Federal en busca de empleo. No parece mayor de doce años, por su figura menuda y estatura, menor al metro y medio, aunque asegura que tiene catorce. “Tuve que dejar la escuela porque ya no alcazaba el dinero”, cuenta al recordar que sus padres se quedaron en Michoacán.

No le gusta abundar en el tema de su partida, y a regañadientes cuenta que tiene una hermana de 22 años que ya formó su propia familia.

Dice que a mediados de abril pasado dejó su natal Michoacán para venir con un amigo al Distrito Federal. Tenían un contacto: un comerciante de frutas y verduras que ya había ido por otros jovencitos para darles empleo, algunos se regresaron al poco tiempo.

Los dos amigos viven en casa con el señor que los emplea; cuenta que su esposa e hijos les convidan de su comida. Cada quince días se los lleva a visitar su pueblo.

De lunes a sábado vende vasos con fruta picada en las inmediaciones de una estación de metro. Si la semana es muy buena gana erca de 400 pesos, unos 65 al día. No tiene un horario específico de trabajo, igual inicia entre seis o siete de la mañana, que termina a las cuatro o siete de la tarde, todo depende de "cómo vaya la venta".

¿Tienes poco tiempo?
Infórmate en menos de cinco minutos de lo más importante del día.

¡Falta un paso! Ve a tu email y confirma tu suscripción (recuerda revisar también en spam)

Hubo un error. Por favor intenta más tarde.

Publicidad
Publicidad