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Arquitectura con producción automotriz

Ambas disciplinas son parecidas en su método de producción, tanto en forma como en funcionalidad.
 (Foto: Obras)
Antonio Toca Fernández. Arquitecto e investigador de temas d (Foto: Obras)

Desde hace tiempo creo que puede ser útil hacer una analogía entre la industria automotriz y la práctica de la arquitectura, en términos de producción, tanto en forma como en funcionalidad.

La industria automotriz desarrolló dos tendencias: la primera es la estadounidense, que en sus inicios logró un auto eficiente y económico: el Ford T. Ese primer éxito se transformó paulatinamente en una diversidad de modelos en los que la forma fue exageradamente privilegiada y la función quedó relegada. La gasolina barata y la economía en crecimiento provocaron coches más grandes y menos eficientes.

La otra tendencia es la de los europeos, particularmente los alemanes, en la que  diversas marcas lograron una evolución continua mediante el cuidado del funcionamiento y el rendimiento de todos los sistemas del vehículo, y a través del perfeccionamiento de su forma exterior. Los japoneses decidieron seguir esa misma tendencia. El extremo de ese proceso son los autos Fórmula 1, que tienen la máxima eficiencia y velocidad. El resultado de esas tendencias fue la quiebra de la industria estadounidense y el reconocido prestigio de los autos europeos o japoneses.

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En la arquitectura, las vanguardias de la modernidad propiciaron obras en las que la forma y la función estaban relacionadas claramente. Ante ese rigor se optó primero por volver a copiar el pasado. Después, con el auge financiero del final del siglo XX se construyeron miles de edificios en los que la forma exterior fue el criterio dominante. El desprecio por la función de los edificios fue llevado al límite por el arquitecto Peter Eisenman, cuando declaró públicamente que había que hacer edificios y después preocuparse por saber para qué servirían; habría que preguntar a los dueños y usuarios qué opinan de sus inútiles creaciones.

Estas obras privilegiaron la forma y despreciaron la función, su costo, eficiencia energética, adecuación al clima y a la cultura del lugar. Otra tendencia ha realizado obras que tienen gran calidad formal y que son ejemplos de eficiencia funcional. No sólo me refiero a arquitectos con obras pequeñas, como Ito, Sejima y Nizhizawa o Zumthor; incluyo a Foster, Rogers o a Piano, que lograron, mediante un proceso de evolución continua, que la forma y el funcionamiento de sus grandes edificios sean ejemplares. Lo curioso es que todos estos arquitectos son japoneses o europeos.

Ante esa situación, asombra que haya conferencias y reuniones apresuradas en las que los ponentes lamentan el dispendio y la irresponsabilidad que produjo la desvanecida riqueza y exhortan a la cordura y a la responsabilidad con lemas ya usados antes, como hacer más con menos. Tras la quiebra de esa tendencia, surgen apóstoles verdes que hablan -más que hacen- de la crisis energética y de la urgente necesidad de diseñar para los nietos que aún no tienen. Ante esta situación uno se pregunta: ¿cuál coche conviene, un estadounidense, un alemán, o un japonés?

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*Arquitecto e investigador en temas de urbanismo.

 

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