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OPINIÓN: El vaivén entre realidad y ficción en la obra de Fernando Vallejo

¿Cómo aproximarse a la obra de Fernando Vallejo, recientemente reconocido con el premio para Literatura en Lenguas Romances 2011 por la FIL?
mar 30 agosto 2011 01:32 PM
vallejo
fernando vallejo vallejo

Nota del editor: Álvaro Enrigue es escritor, profesor, editor y crítico. Comunicador por la Universidad Iberoamericana, obtuvo un master en Literatura Iberoamericana en la Universidad de Maryland y ha sido editor literario del Fondo de Cultura Económica.

(CNNMéxico) — A principios de los años noventa la nueva literatura latinoamericana era apenas un rumor. Casi todos los gigantes del Boom seguían activos –Onetti, Donoso, García Márquez tenían el grado de actividad que hoy sólo tienen Fuentes y Vargas Llosa— y la siguiente generación había despegado y había conseguido lectores por todo el territorio de la lengua, pero de una forma un poco sombría. Escritores como Manuel Puig, Alfredo Bryce Echenique o Fernando del Paso eran referencias sólo para lectores con una formación literaria sólida y sofisticada. La constelación de novelistas que en la actualidad son comunes por toda Hispanoamérica –Piglia, Rey Rosa, Aira, Pitol, Pauls, Villoro— eran leídos cada uno sólo en su país y sus libros se traficaban más bien como material caliente.

En ese contexto de encierro, en el que las literaturas nacionales casi no hablaban entre si, recuerdo que un día, dentro de las agobiantes oficinas de Alfaguara , Sealtiel Alastriste –por entonces amo y señor del catálogo que recién había cobrando importancia continental con la adquisición de los derechos de todos los figurones del Boom excepto García Márquez—, me tendió un libro editado por la sucursal colombiana del mismo sello editorial. Me dijo: "me llegaron sólo cien, que estamos distribuyendo a cuentagotas para ver si va a funcionar en México. Léelo y me dices qué opinas".

Dos o tres semanas después publiqué una reseña deslumbrada sobre La virgen de los sicarios (Alfaguara, 1994), de Fernando Vallejo (Medellín, Colombia, 1942) en la revista Viceversa —que en esa época tal vez más generosa en que los jóvenes todavía podían publicar sus notas de crítica en medios de papel, pasaba por un auge. Recuerdo, con mucha claridad, que al poco de enviar mi nota me llamó por teléfono el director de la revista, Fernando Fernández, y me dijo con genuina sorpresa que Vallejo había sido su profesor de Gramática en la Universidad, que era un excéntrico y un gran tipo, “¿De verdad la novela es tan buena cómo dices?” —me preguntó. Mucho mejor, le dije. Es algo nuevo, compacto, distinto de todo lo demás que hemos leído y no tiene nada que ver con lo que entendemos por latinoamericano.

Este lunes la Feria Internacional del Libro de Guadalajara anunció que reconocía con la edición de su premio para Literatura en Lenguas Romances 2011 a Fernando Vallejo. Hemos andado un buen trecho.

Nuevas historias, nuevas formas

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Las novelas de Fernando Vallejo tienen de peculiar que llevan puesto el acento en la voluntad de exhibición; el momento en que el autor deja ver que lo que está contando tiene un sabor a confesión, no importa si remota o fotográfica. La idea es producir un vaivén entre realidad y ficción y lo que implica es que la verdadera obra sucede en el territorio mental en el que dos individualidades —la del autor y la del lector— se reconocen mediante un procedimiento creativo.

Fernando Vallejo casi siempre es el personaje principal de sus libros y lo que tiene de interesante su obra —la razón por la que La Virgen de los Sicarios o El desbarrancadero (Alfaguara, 2001) hicieron época—, es la fascinación que resulta del hecho de que lo contado pide correspondencia con la realidad. La escena —que ya tiene peso fundacional— en la que un sicario mata a un taxista porque tiene muy alto el volúmen de la radio, debe su impacto a que no se lee como un chiste brutal a lo Tarantino, sino como la descripción helada de un hecho visto. Como en la pornografía, lo sabroso viene de la convicción de que lo que se explicita es verdad; de una serie de estrategias retóricas que conducen a una representación clínica del mundo.

En el fondo, lo que sucede en novelas como La rambla paralela (Alfaguara, 2002) es que lo que se describe con la frialdad de la fotografía médica no es una realidad sino una consciencia que, gracias a los guiños constantes de la tercera persona que narra la historia, parece representar al yo efectivo del autor. La novela deja de ser una meditación crítica sometida a la forma de la narración para convertirse en la transparencia de una amargura y una máquina de exprimir significados del vocabulario común, hecho extremo gracias a la brutalidad de un autor que dice las cosas tal cual suceden, sin mediaciones líricas o morales.

¿Dónde quedó el género literario?

Ponerse a narrar es una inocentada para el que quiere traspasar los velos que hacen tolerable la vida; la novela, desde esta perspectiva, no es más que el remanente formal de un mundo en el que se aspiraba al sentido, de ahí que Vallejo no dibuje una línea clara entre realidad y ficción, pero tampoco entre los géneros literarios: La puta de Babilonia (Planeta, 2007) —en el acosamiento a la Iglesia Católica y todo lo que representa sin ninguna misericordia pero con mucha gracia— es tan una novela como Mi hermano el alcalde (Alfaguara, 2003),  que el establishment editorial decidió vender como ficción.

Fernando Vallejo es dueño de una sabiduría socarrona, una poderosa autocrítica y una inteligencia descarnada del lenguaje. Es brutal, pero también es un gran humorista, es sólo que, al entrar en sus libros, se complica soltar la primera carcajada por ser tan arduamente críticos de todas nuestras debilidades, de las inexactitudes de nuestra cultura, de nuestra idiotez como especie. 

Ventanas abiertas

Hay un gesto muy significativo y refrescante en el hecho de que el Premio FIL haya sido concedido a Fernando Vallejo: supone el ingreso definitivo de una generación —los nacidos en los años cuarenta— al canon literario de la lengua. El hecho es importante porque tal vez sólo el premio Cervantes sea, en español, más importante que el FIL.

Esto implica que toda una camada de autores —sin duda los más influyentes para nuestro tiempo—de pronto puede acceder a él. Salvo en el caso de Lobo Antunez, que por ser portugués es un poco difícil de sitiar en la danza de las generaciones latinoamericanas e hispanoparlantes, hasta ahora el premio FIL estaba vedado para escritores nacidos después de 1939.

El premio FIL ha ganado su merecido prestigio porque hasta ahora ha tenido el gusto elegante de no reconocer a autores que ya fueran insignia fuera de su patria. Lo más parecido a una figura consagrada mundialmente que lo haya obtenido fue, también, el primero en recibirlo: Nicanor Parra. Eso lo coloca como un impulsor hacia reconocimientos más grandes y lectorías internacionales. Las noticias sobre el premio para Vallejo son, entonces, buenas para autores como Ricardo Piglia o José Agustín, poetas como Oscar Hahn o David Huerta, que ya están ahí, tocando a la puerta más grande.

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