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OPINIÓN: Cecilia Suárez relata el encuentro que tuvo con Alain Delon

La actriz cuenta cómo es que llegó a Acapulco para compartir un cena con el actor, icono del cine de las décadas de 1960 y 1970
dom 25 diciembre 2011 10:18 AM
cecilia suárez
cecilia suárez cecilia suárez

Nota del editor: La actriz mexicana Cecilia Suárez fue invitada a colaborar con la revista Quién para relatar su experiencie en la cena de gala en honor a los actores Alain Delon y Sophia Loren en Acapulco; fue publicada en la edición de la primera quincena de diciembre de 2011.

(QUIÉN) — Era jueves y le llamé a Alejandra Frausto (directora del Instituto Guerrerense de la Cultura) para invitarla a mi fiesta de cumpleaños. Lo primero que me dijo cuando contestó su celular fue: “¿Dónde estás? ¡Llevamos días buscándote! Queremos que vengas a Acapulco”.

Danna Vázquez, mi representante, me había comentado que [la gente del gobierno de Guerrero] quería que estuviera para la visita que Paz Vega haría al puerto. Yo estaba a mitad de ensayos para la película de Francisco Franco, llamados de Capadocia 3 y promoción para El encanto del águila. Además, la visita de Paz estaba programada para el día que yo celebraría mi cumpleaños. Imposible.

“Es mañana y es para una cena con Sophia Loren y Alain Delon ¡Tienes que venir!”, dijo Alejandra. Me quedé pasmada. Lo chequé y para el viernes no había ensayo ni llamado. ¡Era libre! Le llamé para confirmar y al día siguiente estaba abordando un avión.

Llegué a Las Brisas con poco tiempo para otra cosa que no fuera comer, descansar un poquito y alistarme para el homenaje y la cena a estos señores. A las 7 pm estábamos en el recinto donde les entregaron sus premios. De ahí a la cena, que por suerte fue al aire libre y frente al mar.

Mientras la gente se acomodaba en sus mesas, Alejandra me comentó que yo estaría sentada junto a Alain , pero cuando fui llevada a ocupar mi lugar, me di cuenta de que junto al nombre del actor estaba el de Marisela Morales, y junto al de ella estaba el mío. “¿Pero de qué le va a hablar la procuradora a Alain Delon?”, pensé. Entonces cambié su nombre al lugar que ocupaba el mío, y el mío al de ella. El señor que estaba sentado frente a mí lo vio, me dijo: “¡Muy bien!”, y nos reímos.

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Al final de cuentas resultó que Marisela nunca llegó, algo que me hizo sentir mucho mejor respecto a mi deliberada osadía.

“Bienvenido a México”, le dije cuando Alain llegó a la mesa. Me contó que había estado en nuestro país dos veces antes, en el DF y en Cuernavaca, pero que era su primera vez en Acapulco. Le parecía una locura haber dejado París a cinco grados y llegar al calor desmesurado de la playa mexicana. “Quítate el saco”, le propuse. “¿Puedo?” “¡Claro! ¡Estás en el trópico!”. Se rió y me agradeció. “Arremángate la camisa”. Lo hizo, pero antes me pidió que le quitara una de sus mancuernillas. Ahí estaba yo quitándole la mancuernilla a Alain Delon… La generación entera de mi mamá hubiera matado por algo así.

El mesero nos ofreció whisky o vodka, y Alain reparó en que eso no era posible estando en el mar. Pidió champagne y el mesero tembló. No había. Llamé a Alejandra y le dije que urgía que alguien volara a conseguir una botella.

Mientras el champagne hacía su recorrido por todo Acapulco, hablamos de las dos películas que ha filmado en México y del buen recuerdo que tiene de ellas, de su vuelo directo París-Acapulco que lo trajo ayer para regresar mañana, de la campiña donde vive que queda justo entre París y Génova, y de que escucha sólo música clásica, de que ya casi no actúa salvo si se trata de compartir escenario con su hija de 20 años, de que tiene una compañía productora, que conoció a Sophia en 1957 en Cannes junto a Romy Schneider… “¿Puedes creer que Romy murió hace 30 años?”, añadió como si yo la hubiera conocido. Le pregunté que cómo era ella: “Beautiful”, respondió. “¿Y compleja?”, le digo yo, a lo que hizo un gesto que afirmó y acentuó aquello de compleja para convertirlo en muy compleja.

Toda esta conversación sucedía intercalada de numerosas repeticiones de “¿Dónde está el champagne?”. Misma pregunta que yo transfería a Alejandra. Hasta que, entre agobiada y divertida, me dijo: “Ya no me preguntes por el champagne, querida. ¡Ahí viene!” Alain me decía: “Creo que me lo van a mandar a París”.

Finalmente llegó. Alain enfría las copas en la hielera y al sacar la mía me toca el brazo con ella y me guiña un ojo. Me dice que esta botella es sólo para mí y para él, ¡nadie más! Me río.

Seguimos con Sophia, de lo hermosa que es. Me dice: “Tiene 77”. Le pregunto su edad. “Uno menos que ella”.  Le digo lo bien que lucen ambos y le pregunto si de joven era consciente de sus looks o si más bien no prestaba atención a ello.

Me cuenta que era consciente no por él, sino por los otros… “Las mujeres me atendían, me prestaban mucha atención, cosa que está bien y no. Sólo me trataron mal cuando estuve en la militar”. Me cuenta entonces que recuerda gente diciéndole a su madre lo lindo que era cuando niño y que ella había colgado un letrero en su cuna que decía: “Puedes ver pero no tocar”.

Le pregunto cuánto le ha pesado tener esos looks cuando la gente sólo ve eso. Hace una pausa y añade: “Pero tampoco está tan mal”, y se carcajea.

“¡Yo era así de niño!”, exclamó cuando vio la foto de mi hijo. “Mis ojos se comían el resto de mi cara. ¡Qué lindo es! Bueno, con una mamá así era obvio y el papá debió ayudar!”. En seguida pienso en contárselo a Osvaldo.

A mitad de la cena le molesta el ruido de la música, se siente acalorado y tiene jet lag. “It would’ve been much worse without you”. Llegó el mariachi  y resulta que Fernando Allende se levantó de su silla, hizo una corta introducción y se lanzó a cantar El rey.  Alain estaba perplejo. ¡Ido! “Hace rato me saludó y me pidió que viera una película que acaba de dirigir, pero no imaginé que cantara así!”, dice Alain.

Llega el final de la cena y con ello la hora de despedirse. Un grupo de personas se arremolina cerca de donde estamos para tomarse una foto o saludarlo.  Nos levantamos, me toma de las manos y me dice: “He tenido mucha suerte de que me tocaras tú al lado”. “Yo he tenido mucha suerte de que me tocaras tú a lado”, le respondo ¡y pienso en Marisela Morales! “Tú y yo muy probablemente no nos volveremos a ver nunca, ¡es triste!”, y se abalanza a darme un beso sorpresivo en el cuello.

La gente que espera –muchas de ellas mujeres– se alebrestan un poquito y ríen con ello. Yo me quedo perpleja y busco a alguien conocido. La más cercana es Laura Manzo. Camino hacia ella y lo primero que me dice es: “¿Por qué no escribes tu cena con Alain Delon para Quién?”.

A la mañana siguiente, subí al restaurante y desayuné con Laura, a quien me he encontrado apenas entré. Mi celular empieza a sonar, y en el restaurante me pasan una llamada. Las organizadoras del evento me están llamando de nuevo.

“Cecilia, Alain nos tiene buscándote por todo Las Brisas porque no se quiere ir sin despedirse de ti!”, me dice Magdalena. “Voy”, respondí. Es la Casita Delon. Me recibe de pie y con un gran abrazo. “¿Quién pensó que no nos volveríamos a ver?”, le digo a Alain y nos reímos.

Me da su e-mail y le pregunto si es él quien lo checa. “Yo y mi asistente, pero si quieres escribir. I love you. ¡No hay problema!”. Me pide que le envíe uno para que él reciba mi dirección. Le pregunto: “¿Sabes cómo me llamo?”. Me contesta: “Cecilia Suárez. Es un nombre muy español”. Alejandra, su hermana y yo nos reímos.

Pide fotos con la bahía de Acapulco al fondo. Nos las toman. Le digo que tengo que salir al aeropuerto. Nos abrazamos de nuevo y salgo. Justo antes de desaparecer, el eterno galán me avienta un beso.

¡Gracias, Marisela! ¡Gracias, Acapulco!

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