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OPINIÓN: Las trabajadoras del hogar en México deben recibir un trato digno

El trabajo doméstico debería ser objeto del mismo trato que cualquier otro, aunque por ciertas características efectivamente sea diferente
trabajadoras domesticas
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Nota del editor: Marisol Gasé es actriz, cantante, locutora y activista. Egresó del Centro Universitario de Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y trabaja como locutora del programa de radio El Weso. Puedes seguirla en su cuenta de Twitter @marisolgase

(CNNMéxico) — Dicen quienes saben que escribir es compartir, que la palabra es diálogo y comunidad, que permite expresar dolores y esperanzas. Así que yo comparto aquí mis palabras también, sumándolas a las demás. Confieso que no era mi intención, en principio, comenzar planteando un panorama desolador, pero no hay de otra si tomamos en cuenta que al hablar de las trabajadoras del hogar, de inmediato viene a la mente la idea de que nada las protege y, hasta hoy, continúan en condiciones de inferioridad, en términos generales. Una vez aclarado el punto, y dado que insisten en continuar leyendo, trataré de analizar por qué considero, por lo menos en mi entorno, que seguimos haciéndonos de la vista gorda sobre este tema y su posible transformación desde nosotros mismos.

Tengo en la mente imágenes de muchas trabajadoras del hogar con las que he convivido a lo largo de mi vida. La más importante –y la más querida– es Vicenta, mi nana... Ése fue el mejor término que encontramos para referirnos a ella. Ya saben, una que dizque empezaba (¡o pretendía!) a ser políticamente correcta, pues nos sonaba feo eso de muchacha o sirvienta; al contrario de como había sido en mi familia materna, donde las sirvientas eran eso, sirvientas, y había que enseñarles y regañarlas “para que no se salieran del huacal”, como decía mi abuela. Con Vicenta comienza mi historia, mi nana Viz llegó a casa antes de que yo naciera, mi hermana Paloma tenía sólo un par de meses de haber nacido y mi madre era maestra normalista en un jardín de niños. Viz era menor de edad, tenía quince años y era oriunda de Metepec, Estado de México. Los recuerdos más lejanos que tengo con ella son mis trágicas lágrimas sobre las rejas de aquella casa en la colonia Jardín Balbuena, cuando cruelmente se iba los fines de semana a su casa. Ésa fue mi primera huella de abandono, le lloraba tanto que mi madre tenía que salir por mí y meterme arrastrando a la casa. La pobre Viz incluso tenía que regresar un par de veces, cargando su cajita de cartón amarrada con un lacito, sólo para prometerme que regresaría el lunes de Metepec, donde vivían sus padres y sus seis hermanos. Ella era la mayor y por lo tanto tuvo que salir a trabajar desde muy pequeña.

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Los papás de Viz tenían una tienda de abarrotes y parecía que no les iba “tan mal”. En su casa aprendí a hacer tlacoyos a mano y vi por primera vez, en vivo y a todo color, cerdos, gallinas y olotes. Ahí comí las tortillas azules más ricas de mi vida y ese inolvidable mole con pollo y arroz que hasta la fecha sigo comiendo año tras año en su cumpleaños. Viz me enseñó a bordar. Recuerdo muy bien las horas que pasábamos mi hermana Paloma, Viz y yo en el cuartito de la tele bordando. Me encantaba verla: metía la aguja y hacía con puntos de cruz perfectos manteles enormes con flores, servilletas para las tortillas, fundas para las almohadas, que iba apilando lentamente, algunas las vendía y otras eran “para la casa”. Una puntada por aquí, pasaba el hilo por acá, y así pasaban los días, los meses, los años, las fuerzas y las ganas.

Hablar de la historia de las empleadas del hogar en la Ciudad de México es remitirse a una historia inexistente, porque a lo largo del tiempo han sido trabajadoras sin estatus legal. No firman contrato, no tienen seguro social ni seguro médico y son el sector laboral con mayor desamparo de la estructura social mexicana. El trabajo doméstico suele considerarse diferente de un empleo “normal”, suele pretenderse que las trabajadoras domésticas son como “miembros de la familia”. En ello radica, a mi parecer, uno de los problemas de desigualdad que enfrentan: la creencia de que tenemos una relación cuasi familiar con la trabajadora doméstica desvía hacia otro lado la atención de una relación de empleo. Así, en el caso de mis padres, se justificaba que mi nana trabajara por más horas o, si decidía no tomar descanso los domingos, trabajaba ese día sin cobrar extra, porque estaba “en casa”, chambeando sí, pero en casita, tendiendo las camas, lavando los trastes de la comida, etcétera.

Siempre he pensado que mis padres eran bien intencionados y que para ellos tener una empleada doméstica, para una clase media, era más bien un lujo. Le pagaban bien y mi madre la motivaba mucho para que siguiera estudiando, pero Viz nunca quiso, le daba mucha pena y se sentía poco preparada para esa misión. “Nomás le falta el rebozo”, hubiera dicho mi abuela. Como si estudiar la secundaria o terminar una carrera te asegurara la economía y felicidad futuras, como si terminar la secundaria te diera más dinero. Conozco, y muy bien, a muchas personas que no pudieron terminar la secundaria y ganan el doble que yo, porque el puesto que desempeñan no necesita escolaridad y aquí es donde me pregunto: ¿Por qué no valoramos el trabajo doméstico, desde todas sus aristas?

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Hace un par de años fui a España y me quedé con unos tíos políticos. En su casa trabajaba una señora muy elegante que hacía la limpieza, iba al mercado y cocinaba la comida. Ganaba veinte euros por hora, llegaba en coche último modelo y llevaba veinticinco años trabajando con mis tíos, ése era el tiempo que lleva de vivir dignamente. Salía de vacaciones tres o cuatro veces al año, tenía seguro médico y se veía realmente contenta con el trabajo que realizaba. Claro, era España, claro, es primer mundo y claro, allá el trabajo es bien remunerado y las cosas se hacen diferente. ¡Y claro que ella tampoco había terminado la secundaria! Así que no me digan que es necesario estudiar o dedicarse a otra cosa para ser tratado dignamente.

Si hablamos de los sueldos de una empleada doméstica, pocas veces coinciden con las labores que desempeñan, sobre todo en el caso de las que trabajan de planta, quienes pueden ser explotadas por sueldos que van de 1,500 a 3,500 pesos mensuales, por los que realizan trabajos no sólo de limpieza, sino en ocasiones de cocineras, niñeras, mandaderas, enfermeras, educadoras, bomberas y hasta cantantes.

Me pregunto qué pasaría si las trabajadoras domésticas fueran hombres. Siempre he odiado la frase aquella de que si los hombres se pudieran embarazar ya estaría despenalizado el aborto y la cuarentena sería de cinco meses, pero tiene mucho de realidad, porque los hombres hacen y deshacen las leyes, siguen siendo los tomadores de decisiones, y deciden hasta en el cuerpo de una, con el pretexto, hasta hoy en día, de que ellos son los proveedores, y casi casi con un: “Y lo hago por tu bien”. A mi entender, si esto fuera sólo un asunto de roles, la solución de muchas situaciones sería mucho más fácil de lograr. El problema estriba en que, precisamente por no ser así, la complejidad de la dinámica social es difícil de comprender y, sobre todo, de modificar. Y seguimos en la misma: el trabajador doméstico que trabaja en mi edificio gana casi lo doble que la señora que hace la misma chamba otros días. Cuando pregunté la razón me contestaron que porque él llevaba cinco años más. La sociedad fomen ta comportamientos, reprime otros y transmite ciertas convicciones sobre lo que significa ser hombre.

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El trabajo doméstico debería ser objeto del mismo trato que cualquier otro trabajo, aunque por ciertas características efectivamente sea diferente... ¿Así o más complejo? De paso, tendríamos que modificar el concepto de trabajadora doméstica en la estructura social, en la que deberían reafirmar su postura y expresar en alta voz que también ellas tienen derechos, no solo como empleadas, sino como seres humanos. Las trabajadoras domésticas forman parte de una realidad que nos puede ser cercana o lejana, cómoda o molesta, pero lo cierto es que están ahí, a nuestro lado, y no las vemos. Me pregunto, cuando entramos a una casa, ¿somos conscientes de ellas?, ¿miramos a la persona que trabaja ahí?, ¿o pasamos como transeúntes, observadores laterales de vidas ajenas que apenas nos separan?, ¿acaso nos detenemos tantito y escuchamos lo poquito o mucho que tienen que decir? Personalmente, con el paso de los años y el trabajo que realizo, he aprendido a observar con atención, escuchar con profundidad y cuestionar con cuidado. La verdad es que damos por sentado que están (y debieran estar) ahí, sin más. La realidad es otra: son trabajadoras domésticas. No quisiera estereotipar, pero creo (creo) que solo mujeres con ciertas necesidades y limitantes infranqueables pueden soportar ser trabajadoras domésticas. No les quedan muchas opciones y tienen que aguantarlo. Los hombres tienen acceso a otro tipo de oportunidades laborales; por eso no vemos trabajadores domésticos, al menos no de la misma forma que las mujeres. 

Yo me he dejado atravesar por esas mujeres y por muchas de sus voces, porque “mi nana” habita en mí, dice lo que tiene que decir, lo que puede decir. La vida la llevó a tomar una elección que a ojos de buena tequilera me parecía la peor, pero ahora hago una pausa ante mis dudas y asombro y reconozco que no era así. Es más, hoy lo entiendo como un trabajo como cualquiera, que exige una remuneración justa. ¡Mucho más tratándose del trabajo de limpiar la mugre del mundo! No puedo dejar de pensar en la diferencia que nos separa y sólo quiero correr y enseñarles a todas el bello arte de poner límites y enfrentar la discriminación y denunciarla.

Vicenta me educó, pasó horas y horas conmigo, la hizo de mamá muchos años, tantos que hasta la fecha me sigue presentando como su hija, porque en eso nos convertimos. Por lo que he escuchado, al hablar del tema con amigas cercanas, casi todas las trabajadoras domésticas se convierten en parte de la familia y se solidarizan más cuando hay conflictos familiares. Me acaban de contar el caso de una mujer que necesitaba un trasplante de riñón. El esposo y los hijos se hicieron güeyes y la trabajadora doméstica levantó la mano y dijo: “Yo le doy mi riñón”. Una lección de amor para todos los miembros de esa casa.

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Pero vuelvo al punto, Viz me educó, me enseñó a rezar el padre nuestro y, cuando tenía miedo en las noches, corría a su recámara y me acostaba con ella. Todas las personas necesitan una respuesta humana íntima. La mayor causa de las dificultades emocionales, de los problemas de comportamiento e incluso de las enfermedades físicas, según la psiquiatría, es probablemente la falta de amor. La falta de afecto daña la capacidad de supervivencia de las personas. La mayor parte de las sociedades dependen casi por completo de la familia para obtener una respuesta de afecto. En mi caso, esa función también la ejercía mi nana.

La pobreza y la miseria son situaciones determinantes que profundizan las desventajas económicas frente a otros. “Como no tienes opciones, aquí te vas a quedar a trabajar para siempre, no te quejarás, no te importará quiénes tengan agandallada la riqueza, te dará igual divertirte con lo que te has divertido, una telenovela, un paseo rápido por la alameda, ir de compras al mercado de Sonora y así, sucesivamente”. Sin necesidad de tener que escribirlo como hago ahora, las habitantes de esa desigualdad lo saben perfectamente. 

Actualmente Mary trabaja conmigo. Es una mujer joven, madre de dos niños que estudian la secundaria; está tratando de comprar el terreno para su casa. Lleva casi seis años conmigo, viene una vez a la semana y desde hace dos años le pago la carrera de Belleza. Acaba de terminar y ya buscó trabajo en una estética donde no le pagan porque “está aprendiendo”, cosa nada fuera de lo común porque necesita experiencia antes de que tuse al primer individuo que se siente por una despuntadita. Pero para una mujer que necesita el trabajo y el dinero se vuelve complicado cumplir horas gratuitas para “practicar” el nuevo oficio.

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Yo prefiero irme a dar función al teatro que quedarme a lavar el baño, pero ¿por qué Mary merecería ganar menos dinero por las mismas horas de trabajo? Cuando he platicado con trabajadoras domésticas empoderadas me dicen que un pago justo por día sería de trescientos pesos (por ocho horas de trabajo), lo que equivaldría, si trabajan los cinco días de la semana, a seis mil pesos al mes. Para el promedio nacional sigue estando de la fregada, sin olvidar al brillante exsecretario de Hacienda y exaspirante a candidato a la presidencia Ernesto Cordero, quien afirmó que se puede tener coche, casa y niños en escuelas particulares con ese sueldo.

Pero si felizmente tengo hoy a Mary, se preguntarán qué sucedió con Viz. Pues tras ires y venires con mi padre, que quedó viudo —y yo sin madre— hace trece años, Viz finalmente se mudó a trabajar con una amiga de mi hermana. Ahora es la nana de dos chamacos como de diez años con los que peleo y celo su cariño. Lo bueno es que cuando le preguntan ¿Quién es tu consentida? Ella, muy cómplice de mis celos, responde orgullosa: ¡Pues Marisol!

A Viz la veo un par de veces al año, pero a partir de la reflexión que he hecho ahora, le llamaré más seguido, sólo pa’ recordarle que la quiero y regresarle un poco del tiempo y la juventud que me dio. Y claro, continuaré con mi lucha por el derecho de las trabajadoras domésticas y de las mujeres en general que seguimos viviendo violencia en México.

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Nunca sabremos cuántas de estas mujeres ya conocen sus derechos y este misterio estadístico no es uno de los menores encantos de este país. Concluyo que el asunto atiende en gran medida a costumbres que se mantienen, desgraciadamente no se transforman a pesar de los cambios sociales y se van agregando (o permaneciendo) al acervo de lo cotidiano.

Sin embargo habrá que entender que no es un asunto que dependa de la buena voluntad, hay una responsabilidad por todos compartida en el asunto de la desigualdad que sufren las trabajadoras domésticas y eso sí no es negociable. Tiene que haber un movimiento de responsabilidad cívica a favor de una legislación clara (y claro, bien aplicada, para que realmente sirva) y una atención responsable al respecto, que hoy yo desgraciadamente no veo.

¡Ah, por cierto! Si usted conoce alguna empleada doméstica que trabaje para un diputado, delegado o cualquier funcionario o figura pública, que no cuente con contrato, seguro médico y otras prestaciones, le suplico me lo informe a mi cuenta de Twitter @marisolgase .

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Las opiniones recogidas en este texto pertenecen exclusivamente a Marisol Gasé. CNNMéxico.com presenta un fragmento de una colaboración escrita por la locutora para la publicación Dos mundos bajo el mismo techo, trabajo del hogar y no discriminación, una iniciativa del Conseo Nacional para Prevenir la Discriminación (CONAPRED).

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