Al mismo tiempo, esta transformación abre oportunidades para aquellas organizaciones capaces de anticiparse, ya que la protección y restauración de los ecosistemas pueden impulsar nuevas soluciones, productos, servicios y modelos de negocio. En este sentido, comprender el capital natural no consiste únicamente en reconocer su importancia ambiental sino en identificar cómo la naturaleza está vinculada con la capacidad de una empresa para crear y mantener valor en el largo plazo.
Por lo tanto, las empresas necesitan identificar de qué elementos de la naturaleza dependen, qué impactos generan sobre éstos y, a partir de ello, determinar cuáles son los riesgos y oportunidades que pueden afectar su estrategia y desempeño. Este enfoque coincide con las recomendaciones de la Taskforce on Nature-related Financial Disclosures (TNFD), que plantea analizar las dependencias, impactos, riesgos y oportunidades relacionados con la naturaleza e integrarlos a aspectos fundamentales de la gestión empresarial como la gobernanza, la estrategia, la administración de riesgos, las métricas y los objetivos.
En este contexto, la medición se convierte en un elemento indispensable para pasar de la preocupación a la gestión, y herramientas como el Natural Capital Protocol permiten identificar, medir y valorar las dependencias e impactos de una organización sobre el capital natural utilizando metodologías de valoración económica e indicadores físicos como el consumo y disponibilidad de agua, el uso de suelo, las emisiones, los residuos o las afectaciones a la biodiversidad, entre otros.
Lo importante es que esta información sobre capital natural no sólo se quede en un reporte más, sino que sirva para mejorar la toma de decisiones del negocio y permita entender qué consecuencias tendría para éste si se continúa operando de la misma manera, ya que una empresa que comprende su dependencia de la naturaleza puede rediseñar procesos, fortalecer sus criterios de selección de proveedores, invertir en eficiencia hídrica, desarrollar modelos de economía circular, proteger ecosistemas estratégicos, innovar en productos menos intensivos en recursos, etc.
Esta perspectiva también está ganando relevancia para los mercados financieros, debido a que los riesgos relacionados con la naturaleza pueden tener consecuencias sobre los flujos de efectivo, el acceso al financiamiento y el costo de capital. En esta dirección, las normas del International Sustainability Standards Board (ISSB), particularmente IFRS S1, buscan que las empresas comuniquen información relevante sobre riesgos y oportunidades de sostenibilidad que puedan afectar sus perspectivas financieras.
La pregunta estratégica, entonces, ya no es solamente cuánto impacta una empresa al medio ambiente, sino también de qué manera depende de él, qué consecuencias tendría su deterioro y cómo puede convertir ese conocimiento en mejores decisiones. Por esta razón, el capital natural no debería ser entendido como una responsabilidad exclusiva de las áreas ambientales o de sostenibilidad, ya que su gestión requiere involucrar al consejo de administración y a las áreas de finanzas, operaciones, compras, innovación, riesgos y recursos humanos, porque las decisiones que determinan la relación de una empresa con la naturaleza ocurren a lo largo de toda la organización.
Incorporar el capital natural a la estrategia empresarial implica reconocer que no puede existir generación de valor sostenible en el largo plazo si se deterioran las condiciones naturales y sociales que hacen posible esa generación de valor. Por ello, medir el capital natural permite comprenderlo, gestionarlo ayuda a reducir riesgos y aprovechar oportunidades, pero integrarlo verdaderamente a la estrategia permite convertir la sostenibilidad en una fuente de innovación y competitividad empresarial.